martes, 25 de octubre de 2011

Magos y adivinos en la España visigoda

Para redactar este texto me he basado principalmente en las etimologías de San Isidoro de Sevilla, escritas a comienzos del siglo VII y en los concilios del siglo VI-VII. Las etimologías, valiosísima enciclopedia, no solo nos habla de los tipos de magos existentes en la época, sino lo que era la opinión sobre la misma de su principal rival: La iglesia.

Bajo mi punto de vista lo mas bonito de este documento es que mostraré textos de la época, sin manipulaciones ni interpretaciones modernas. Esto nos sumerge de modo profundo y veraz en la salvaje mentalidad de la época y sus costumbres. Podreis ver la titánica lucha de la Iglesia contra los restos del paganismo antiguo, mas importante en esta época de lo que muchos creen.

Algunos campesinos de época visigoda se disfrazaban de orcos en festividades (mal visto por la iglesia), desde al menos época romana. Orco era el dios de la muerte (similar a Hades o Plutón) de los etruscos y romanos. La palabra ogro viene de orco. Entre los siglos V-XV, en el País Vasco, las mujeres adornaban las tumbas de sus muertos con flores y velas. Dichas tumbas eran también adoradas como si fuesen Dioses, evitando ir a la iglesia. La iglesia trató de corregir esta costumbre. Entre el 510 y el 520, en el noroeste peninsular se encendían velas junto a los peñascos, arboles, fuentes y encrucijadas de los caminos. Desde tiempo inmemorial, el culto al fuego existió en Galicia. En el 825, los vascos de Álava eran adoradores del fuego. Desde al menos la época romana, se daba en la península el culto a las encinas y a los árboles. Había fuentes milagrosas que curaban enfermedades e incluso los maleficios. También había pozos conocidos como lugares malditos y solitarios, que los caminantes evitaban. Se han encontrado enterramientos junto a las aguas milagrosas.

Aunque el arrianismo había sido oficialmente anulado en el 589, este no había sido erradicado del todo (especialmente entre los cristianos godos). Siendo reemplazado por el catolicismo. Las persecuciones de judíos y paganos eran frecuentes. En el extremo sur de España se encontraban aún los bizantinos mientras que en el norte se hallaban las feroces tribus de los paganos astures, cantabros y vascones. La costumbre de disfrazarse con pieles de animales (ciervo, cordero o novilla entre otros) entre los hispanos estaba muy extendida según San Isidoro. Estas costumbres eran de origen indígena, al igual que el uso de máscaras y cornamentas de ciervo para entregarse a prácticas inmorales. También menciona los amuletos en forma de luna, que llevan principalmente las mujeres.

San Martín Dumiense condena en Galicia durante el siglo VI varias prácticas que coinciden con los concilios (las tres primeras):

1-Hacer encantamientos con hierbas.
2-Nombrar las mujeres a Minerva al tejer.
3-Poner ramos de laurel.
4-Encender velas a las piedras, a los árboles, a las fuentes y a los caminos.
5-Observar los idus, las fiestas de Vulcano y las kalendas.
6-Adornar las mesas.
7-Echar vino y cereales sobre el hueco de un tronco.
8-Arrojar pan a las fuentes.
9-Observar el día de Venus al casarse, y el pie al salir.
10-Hacer encantamientos con nombre de diablos.

San Isidoro escribe que el ceraunio que se producía en las costas de Lusitania, cuyo color era similar al del carbunclo, servía para defenderse de los rayos. Solino habla de estas piedras casi con las mismas palabras que San Isidoro: en las costas de Lusitania existe en gran cantidad una piedra preciosa, llamada ceraunio, superior a la de la India; es de color carbunclo y su cualidad experiméntase con la luz, pues resiste a la acción de ésta. Dícese que tiene virtud contra el rayo. Supersticiones semejantes perviven en el oeste de la península.

En sus etimologías, escritas hacia el 625, San Isidoro dedica un capítulo completo a los magos:

El primero de los magos fue Zoroastro, rey de los bactrianos, a quien Nino, rey de los asirios, mató en un combate. De él escribe Aristóteles que compuso dos millones de versos (Nt: La noticia de los 2 millones de versos, con un total de 10 millones de palabras, pertenece al acervo legendario en torno de este personaje, donde no se cita a Aristóteles, sino a Hermipo.), como lo prueban sus volúmenes. Muchos siglos después desarrolló Demócrito este arte, en tiempos en que también Hipócrates sobresalió en el cultivo de la medicina. Numerosas eran entre los asirios las artes mágicas, según testimonio de Lucano:”¿Quién conocer podrá el destino, consultando entrañas de animales? ¿Quién por las aves descubrir los hados? ¿Quién observar los relámpagos del cielo y escrutar los astros con la atención propia de un sirio?”. Y así esta vanidad de las artes mágicas, emanada de los ángeles perversos, estuvo vigente durante muchos siglos en todo el orbe de la Tierra.

Por medio de cierta ciencia de las cosas futuras y de los infiernos, así como la evocación de éstos, se idearon los auspicios, los augurios, los llamados “oráculos” y la necromancia. Y no hay que admirarse de la reputación de los magos, cuyas artes para realizar maleficios experimentaron tan enorme progreso, que llegaron a presentar prodigios similares a los que Moisés realizaba, transformando varas en serpientes y las aguas en sangre (Nt: Pero luego no pudieron realizar los prodigios efectuados por Moisés y Aarón en la plaga tercera y en la sexta.). Se cuenta que maga famosísima fue Circe (Agustín alude al mito de Circe y de los árcades. Cuando alguno de éstos pasaba a nado al otro lado de un cierto estanque, se convertían en lobos), que metamorfoseó a los compañeros de Ulises en bestias. También se lee respecto al sacrificio que los árcades ofrendaban a su dios en el monte Liceo, que cualquiera que tomaba algo del mismo adquiría el aspecto físico de un animal. De aquí se desprende que no resulta totalmente falso lo que aquel noble poeta escribe refiriéndose a una mujer que destacaba por sus artes mágicas: “Promete aquélla liberar con sus hechizos los espíritus que quiera, y en otros infundir crueles desvelos, detener el curso de los ríos y hacer que los astros retrocedan. A los manes evoca por la noche. Debajo de tus plantas verás mugir la tierra, y a los olmos descender de las montañas”.

¿Qué mas si es lícito creer que la pitonisa hizo salir al alma del profeta Samuel (Nt: Se refiere a la consulta que hace Saúl a la pitonisa de Endor tal como lo encontramos en I Sam. 28,7-25.) de las entrañas del infierno y presentarse ante los ojos de los vivos; a no ser que creamos que fue el alma del profeta y no alguna fantasmogórica ilusión realizada por la falacia de Satanás?. Refiriéndose a Mercurio, dice también Prudencio: “Se dice que con el movimiento de su vara hacía volver a la luz los espíritus de los difuntos, pero que a otros los condenó a la muerte”. Y un poco mas adelante añade: “Pues con su mágico murmullo era capaz de que comparecieran tenues figuras y encantar hábilmente las cenizas sepulcrales. Su arte criminal supo asimismo despojar a otros de vida”.

Magos (magi) son aquellos a quienes la gente suele dar el nombre de “maléficos” (malefici) por la magnitud de sus crímenes. Ellos perturban los elementos, enajenan las mentes de los hombres, y sin veneno alguno, provocan la muerte simplemente con la violencia emanada de sus maleficios. De ahí Lucano: “La mente, sin estar inficionada por la inoculación de veneno alguno, parece encantada”. Conjurando los demonios, se atreve a airear la manera de cómo uno puede eliminar a sus enemigos sirviéndose de malas artes. Se sirven también de sangre y de víctimas, y a menudo tocan los cuerpos de los muertos.

Los necromantes (necromantii) son aquellos con cuyos encantamientos (praecantationobus) se aparecen los muertos resucitados y adivinan y responden a las preguntas que se les formulan. En griego nekrós significa “muerto”, y manteía, “adivinación”. Para evocarlos se emplea la sangre de un cadáver, pues se dice que a los demonios les gusta la sangre. Por eso, cada vez que se practica la necromancia, se mezcla sangre con agua, para hacerlos aparecer mas fácilmente mediante la roja sangre.

Los hidromantes (hydromantii) derivan su nombre del “agua”. La hidromancia consiste en evocar, mediante la observación del agua, las sombras de los demonios, ver sus imágenes o espectros, escuchar de ellos alguna información y empleando sangre, buscar información en los infiernos. Se dice que este tipo de adivinación fue introducido por los persas. Varrón afirma que hay cuatro clases de adivinación (Nt: La adivinación partiendo de objetos sin vida tiene formas muy variadas. Las que recoge Isidoro, tomadas de Varrón, son sugestivas, pero sujetas al esquema de los cuatro elementos de la cosmología antigua), según se utilice la tierra, el agua, el aire o el fuego. De acuerdo con esto se denominan, respectivamente, geomancia, hidromancia, aeromancia o piromancia.

El nombre de adivino (Divini) viene a significar “lleno de Dios”: fingen estar hechidos de Dios y con artificios engañosos predicen el futuro a los hombres. Dos son los tipos de adivinación: el arte y el delirio.

Los llamados encantadores (Incantatores) practican su destreza sirviéndose de palabras.

Los ariolos (Arioli) reciben este nombre porque formulan abominables plegarias ante las aras de los ídolos y les ofrecen funestos sacrificios, después de cuya realización reciben las respuestas de los demonios.

El nombre de arúspice (Haruspice) significa algo así como “observadores de las horas” (Nt: Haruspices son los que examinan las entrañas de las víctimas. A veces se omite la h inicial, que también a veces reaparece en ariolus, que podemos considerar como un derivado. Haruxpex sería un compuesto híbrido etrusco-latino), y es que ellos tienen muy en cuenta los días y las horas en la ejecución de los asuntos y trabajos, y establecen que es lo que el hombre debe cumplir en cada momento. Examinan también las entrañas de los animales y por ellas predicen el futuro.
Los augures (Augures) son los que observan el vuelo y canto de las aves, así como otras señales de las cosas o sucesos imprevistos que acontecen al hombre. Se los denomina también “aúspices”, pues los “auspicios” es lo que observan quienes emprenden un viaje. Se llaman “auspicios”, como si dijéramos “observación de las aves”; y “augurio”, algo así como “parloteo de las aves”, haciendo naturalmente referencia al canto y lenguaje de las aves. De la misma manera “augurio”, puede interpretarse como avigerium, “lo que las aves llevan”. Hay dos clases de auspicios: uno que está relacionado con los ojos, y el otro que lo está con los oídos. Con los ojos, como el vuelo; con los oídos, como el canto de las aves.

Las pitonisas (Pythonissae) derivan su nombre de Apolo Pitio, inventor de este tipo de adivinación.

A los astrólogos (Astrologi) se los llamó así porque hacen sus augurios fijándose en los astros.

A los genetliacos (Genethliaci) se les dio tal nombre porque prestan suma atención al día del nacimiento. Describen el horóscopo de los hombres siguiendo los doce signos del cielo; y de acuerdo con el curso de las estrellas intentan predecir las costumbres, hechos y acontecimentos de los nacidos, es decir, bajo que sino ha nacido uno y que efecto va a tener en su vida. La gente suele darle el nombre de “matemáticos”. A este tipo de adivinación, los latinos la denominan “constelaciones”, es decir, “posiciones de los astros”, en que situación se encuentran cuando alguien nace. En un principio, los intérpretes de las estrellas eran conocidos como “magos”, como puede leerse acerca de los que, en el Evangelio, anunciaron que Cristo había nacido; mas tarde se los denominó simplemente “matemáticos”. La ciencia de este arte le fue concedida al hombre hasta la predicación del Evangelio, de manera que, una vez nacido Cristo, nadie en adelante tratará de interpretar el nacimiento de otra persona fijándose en el cielo.

A los horóscopos (Horoscopi) se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

Sortílegos (Sortilegi) (Nt: El sortilegio –a veces convertido en rapsodomancia- conoció una gran difusión. Así se nos han conservado la sortes Homericae, las sortes Vergilinanae- solamente en la Historia Augusta encontramos ocho casos- y, con los cristianos, las sortes Biblicae.) son los que so capa de una falsa religión, practican la ciencia adivinatoria sirviéndose de lo que ellos llaman “suerte de ángeles”, o bien prometen descubrir el futuro mediante el examen de determinadas escrituras.

A los salisatores (salisatores) se les aplica este nombre porque, por el movimiento de algunas partes de sus miembros, predicen que algo va a resultar próspero o desfavorable. A todas estas prácticas pertenecen también los amuletos de remedios execrables condenados por los médicos y que consisten en ligaduras, en marcas, encantamientos o en objetos diversos que han de llevarse colgados o atados.

En todo ello se evidencia el arte de los demonios, emanado de una pestilente sociedad de hombres y ángeles malos. De ahí que el cristiano deba evitar todo esto, y repudiarlo y condenarlo y condenarlo con todo tipo de maldiciones. A los frigios se debe la práctica de los augurios por medio de las aves. Se dice que el inventor del prestigio (praestigium) fue Mercurio. Se llama prestigio porque “engaña” a nuestros ojos. (Nt: Cicerón nos ha conservado unos versos de Cecilio alusivos a esta etimología: praestigium: praestringere oculos.)

Se cuenta que un tal Tages (Nt: Tages es una de las importantes figuras de la mitología etrusca) que transmitió a los etruscos el arte de la aruspicina (aruspicinae): dictó con sus propios labios la ciencia de los arúspices (aruspicinan), y nunca mas fue visto. Cuenta la fábula que en una ocasión en que un campesino se encontraba arando, surgió súbitamente de entre los terrones y le dictó la ciencia aruspicial, muriendo ese mismo día. Los romanos tradujeron esos libros de la lengua etrusca a la latina.

En adelante me voy a concentrar en los concilios en los que se trata el tema de la magia, por orden de fecha.

En el II concilio de Braga en el 572, en el canon 59 se dice:

Que no sea lícito a los obispos o clérigos hacer encantamientos (incantaturas) o ligaduras.

No está permitido a los clérigos -cualquiera que fuera su dignidad- ser encantadores (incantatores) y hacer ligaduras, esto es, uniones de almas. Si alguno practicase estas cosas sea arrojado de la iglesia.

El canon 71, prescribe penitencia durante cinco años a los que

Siguiendo la costumbre de los paganos, introdujeren en sus casas a adivinos y sortílegos, para que hagan salir fuera al espíritu malo, o descubran los maleficios, o realicen las purificaciones de los paganos.

El canon 72 prohibe a los cristianos el conservar las tradiciones de los gentiles ni festejarlas, ni tampoco tomar en cuenta los elementos, o el curso de la luna, o de las estrellas, o la vana falacia de los astros para la construcción de casas, o para la siembra o plantación de árboles, o para la celebración del matrimonio.

El 73, advierte que no están permitidas celebrar las perversas fiestas de las calendas ni entregarse a las diversiones gentiles, ni cubrir las casas con laurel o con el verdor de los árboles, pues todas estas prácticas son del paganismo. En el siguiente canon, el 74, impide recoger hierbas medicinales para uso de algunas superticiones o encantamientos (incantationes), y por último el 75, advierte a las mujeres que no les está permitido el entregarse a alguna fórmula supersticiosa al tejer la lana.

En el 589 se celebró concilio en Narbona, el canon 4 ordena

Que ningún hombre, sea ingenuo, siervo, godo, romano, sirio, griego o judío, haga ningún trabajo en domingo. No se unzan los bueyes, a no ser que sobreviniere una necesidad de cambiar de lugar, y si alguno se atreviere a hacerlo, si se trata de un ingenuo, pague al conde de la ciudad seis sueldos, si de un siervo, recibirá cien azotes.

En el canon 14 se manda que

Si fueren hallados hombres o mujeres adivinos de los que dicen que son sortílegos (sorticularios) en casa de algún godo o romano, sirio, griego o judío, o si alguno se atreviere de ahora en adelante a consultar sus engañosos cánticos y no quisiere acusar esto públicamente, por haberse atrevido a ello no solo será separado de la iglesia sino también deberá pagar al conde de la ciudad seis onzas de oro. Y aquellos que llenos de esta maldad echan suertes (sortes) y adivinaciones (divinationes) y engañan al pueblo con sus prevaricaciones, dondequiera que sean hallados o halladas, sean libres o siervas, sean duramente azotados en público y vendidos y su precio repartido entre los pobres.

En el IV concilio de Toledo del año 633, presidido por San Isidoro de Sevilla, en el canon 29 se establecía que

Si se descubriera que algún obispo, presbítero o diácono, o cualquier otro del orden clerical, consultaba magos, arúspices, ariolos, augures, sortílegos (sortilegos) o a los que profesan artes ocultas o a algunos otros que ejercen cosas parecidas, depuestos del honor de su dignidad sean encerrados en un monasterio, consagrados allí a una penitencia perpetua lloren el crimen cometido de sacrilegio.

El XII concilio de Toledo en el 681, que coincidió con la subida al trono de Ervigio, el rey entregó un largo escrito a los obispos en el que les indicaba a estos que pusieran gran interés en desatar las ligaduras de los culpables, corregir las costumbres deshonestas de los pecadores. Mostrarán su celo fervoroso contra los infieles, acabarán con la morbosidad de los soberbios, aliviarán el peso de los oprimidos y, lo que es mas que todo extirpad de raíz la peste judaica que siempre se renueva con nuevas locuras y pedía añadieran a las leyes, ya establecidas contra ellos, una clausula confirmatoria.

En el canon 11 trata de los adoradores de ídolos, en el que aduciendo los

Preceptos del Señor que dijo: No te harás obra de escultura, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo de abajo en la tierra; no las adorarás ni les darás culto, y el de: El hombre o la mujer que hace el mal en la presencia del Señor tu Dios, y viola el pacto del Señor, yendo a servir a dioses ajenos y adorarlos, y al sol y a la luna y a toda la milicia del cielo, lo cual yo he mandado, si te dieren aviso de esto, que en oyéndolo harás con toda diligencia una investigación, y si encontrares que es verdad y que en Israel se ha practicado tal abominación, sacarás al varón y a la mujer que ejecutaron un crimen tan malvado, a las puertas de la ciudad, y serán apedreados.

E instituyeron que avisaban a los adoradores de ídolos, a los que veneraban las piedras, a los que encendían antorchas, y a los que adoraban las fuentes y los árboles, que se condenaban espontáneamente; y que

Todo sacrificio de idolatría, y cualquier cosa en contra de la santa fe, que los hombres necios, esclavizados por el culto del diablo practican, por intervención del obispo o del juez, dondequiera que se descubriere alguno de estos sacrílegos, sea arrancado de raíz y una vez arrancados, sean aniquilados; y castiguen con azotes a todos aquellos que concurren a un horror de esta naturaleza, y cargándolos con cadenas los entreguen a sus señores.

De aquel XII concilio de Toledo del 681, dimanaron las primeras leyes civiles, recogidas en el llamado Fuero Juzgo, sobre

Los maléficos y de los que preguntaban a los vaticinadores, y a los que hacen los vergambres. De los adivinos y de los venéficos ponzoñadores, y de los que toman su consejo. De los magos y de los que piden consejo a los astrólogos.

Leyes que por su trascendencia a continuación detallo:

Quien toma consejo de muerte o de vida del rey o de otro hombre con los ariolos, o con los arúspices (Emilian. Arúspices, incantatores), o con los vaticinadores, y los que les responden,, y con los que catan en la espada, o con los agoreros, con todas sus cosas, sean siervos de la corte o de aquel a quien los mandare el rey dar, que los haya mientras vivieren después de que fueren azotados.

Y si hacen sus padres, deben haber toda la buena del padre, y además la dignidad que perdió el padre. Y los siervos que esto hicieren, sean atormentados por muchas maneras y sean vendidos, que los lleven a ultramar, que estos no sean escusados de haber penas, que por su agrado hacen estos adivinamientos.

La segunda ley condena a los que hacían brebajes (venéficos), en estos términos:

Los que hacen pecados de muchas maneras, deben ser penados de muchas maneras. Y primeramente aquéllos que dan hierbas, deben haber tal pena, que si aquel a quien dieran las hierbas muriere, mano a mano deben ser penados los que se las dieron, y morir malamente. Y si por ventura escapara de la muerte aquel que los bebiere, el que se las dio debe ser metido en su poder, para que haga con él lo que quisiere.

La tercera se refiere a los jueces que no pudiendo conseguir con sus investigaciones la detención del reo se valían de los maléficos para lograr sus propósitos; cuyo tenor es el siguiente:

Así como la verdad no es aprendida por la mentira, así se sigue que la mentira no viene de la verdad; que toda verdad viene de Dios, y la mentira viene del diablo, que el diablo fue siempre mentirero. Y porque cada una de estas a su príncipe, ¿cómo debe hombre pesquisar la verdad por la mentira? Que algunos jueces que no son de Dios, y son llenos de error, cuando no pueden hallar por pesquisa a los malhechores van a tomar consejo con los adivinos, arúspices, vaticinadores, augures, y no cuidan hallar verdad si no toman consejo con estos; mas por ende no pueden hallar verdad, porque quieren demandar por mentira, y quieren probar los malos hechos por las adivinaciones, y los malhechores por los adivinadores; y dan asimismos el lugar del diablo con los “adivinadores”.

Y por ende mandamos que si algún juez quisiere pesquirir, o probar alguna cosa por “adivinos” o por “agoradores”, o si algún hombre toma consejo con estos tales de muerte o de vida de otro, o demandar que les respondan en alguna cosa, haga la enmienda que dice en el sexto libro de la ley que es en el segundo título en la era primera en la ley que dice: De los que toman consejo con los “adivinadores” de muerte o de vida de otro. Mas los jueces no sean tenidos de la pena de esa ley, los cuales demandan los “adivinadores”, no por probar por ellos nada, mas por demostrar que son a tales ante muchos, y por hacer vengan a ellos. Y porque estos tales agoradores son aborridos de Dios, por ende establecemos en esta ley especialmente que todo hombre que es agorador, o que se guía por agoros o por adivinanzas, reciba cien azotes. Y si después tornare en ello, pierda toda buena testimonia, y reciba otros cien azotes.

La cuarta, hace referencia a los encantadores, y de los que de ellos se aconsejan, la cual dice:

Los proviceros, o los que hacen caer pedrisco en las viñas o en las mieses, y los que hablan con los diablos, y les hacen turbar las voluntades a los hombres y a las mujeres, y aquellos que hacen cercos de noche, y hacen sacrificios a los diablos, estos tales o cualquier que el juez o su merino les pudiere hallar o probar, háganle dar a cada uno doscientos azotes, y señálelos en la frente otros que los vieren sean espantados por la pena de estos. Y porque no hayan poder de hacer tal cosa de aquí en adelante, el juez los meta en algún lugar o vivan, y que no puedan empecer a los otros hombres, o los envie al rey que haga con ellos lo que quisiere. Y los que tomaren consejo con ellos reciban doscientos azotes cada uno de ellos; que no deben ser sin pena los que por semejable culpa son culpados.

Finalmente, otra ley dispone algo así como reza en el dicho popular cuando se toman la justicia por su mano: ojo por ojo y diente por diente, en la cual se establece:

Que todo hombre libre o siervo que por encantamiento o por ligamiento hace mal a los hombres o a las animalias, o a otra cosa en viñas, o en mieses, o en campos, o hiciere cosa porque hagan morir algún hombre, o ser mudo, o que hagan otro mal; mandamos que todo el daño reciban en sus cuerpos, y en todas sus cosas que hicieron a otros.

En el concilio XVI de Toledo, celebrado en el 693, en el canon 2 se dice:

Drecretamos, que todos los obispos y presbíteros y cuantos están al frente las causas judiciales, vigilen con el mayor esmero, donde quiera que se hallaren, a algunos adorando o practicando los referidos sacrílegos, o cualquier otra de las cosas que se prohíben por la ley divina, o vedadas por las determinaciones de los santos Padres, sean personas de cualquier género o condición, inmediatamente, ateniéndose al contenido de las referidas disposiciones, no dilatarán el corregirlos y extirparlos, y además presentarán cuantos dones fueron ofrecidos en el mismo lugar del sacrilegio, a las iglesias vecinas. Y si el obispo, presbítero o juez, a cuya jurisdicción perteneciere aquel sitio, teniendo noticia de un crimen público o privado de cualquier carácter sacrílego descuidare el corregirlo con pronta voluntad, privado de la dignidad de su puesto, será sometido a la penitencia durante el espacio de un año.

También en éste canon se menciona a los adoradores de ídolos, los veneradores de piedras, los encendedores de antorchas, los que rinden culto a los lugares sagrados de las fuentes y de los árboles. Los que se hacen augures y precantadores (praecantatores) y otras muchas cosas que sería largo de narrar. Todas estas prácticas mágicas son consideradas sacrilegios.

El V canon del XVII Concilio de Toledo, celebrado en 694, es decir unos años antes de la crisis revolucionaria del VIII nos enseña en qué grave situación se encontraba la Iglesia por aquellas fechas: Celebraban los obispos una especie de misas negras:

«. . .Muchos obispos que debían ser predicadores de la verdad y de cuya boca debían aprender la ley de la verdad las masas populares..., llegan a celebrar con falsa intención la misa destinada al descanso de los difuntos por los que aún viven, no por otro motivo, sino para que aquel por el cual ha sido ofrecido el tal sacrificio incurra en trance de muerte y de perdición por la eficacia de la misma sacrosanta oblación...».

Durante el siglo VII hasta comienzos del siglo VIII hubo un gran aumento del eremitismo, localizado en zonas mal o no controladas por las autoridades. Volvieron a renacer de los viejos cultos rurales ibéricos, unido a la resistencia campesina a la erección de iglesias.