domingo, 9 de octubre de 2011

Encantadores III: Nigromantes y Necromantes

Nigromantes: La nigromancia es el arte de adivinar el futuro por medio de encantamientos (prestigio o sueño demoniaco). Es por ello propio de brujos y pitonisos. Se valen para ello de difuntos (necromancia) o de demonios no divinos. Los nigromantes son opuestos a los adivinos, los cuales presagian por medio de entidades divinas. Nigromante fue a menudo sinónimo de necromante, mago o brujo desde el siglo XIII, pero la necromancia -como la propia palabra indica- se basaba en los muertos exclusivamente, mientras que la nigromancia (adivinar con magia negra) incluía todo tipo de entidades no divinas, difuntos incluídos.

El filósofo neoplatónico Jámblico (ss III-IV d. C) en su obra "Sobre los misterios egipcios" comenta sobre la nigromancia o forma de adivinar de los encantadores (goetas):

El fabricante de imágenes no se sirve de las revoluciones mismas de los astros o de los poderes inherentes a ellas ni es capaz en absoluto de alcanzarlos; artificial y no teúrgicamente él se aproxima a los poderes que fluyen últimos de forma visible desde su naturaleza a la parte extrema del universo. Estos poderes, en efecto, creo, la materia particular, mezclándose con ella, pueden, unas veces de una manera y otras de otra, modificarla, cambiar su forma y figura, y ciertamente admiten también traslación, de unos a otros de los elementos materiales, de los poderes que están en las substancias particulares; una tal variedad de actividades y combinación de numerosos poderes materiales no difieren solo por completo de la demiurgia divina sino también de la producción de la naturaleza.

¿Por qué, pues, el fabricante de imágenes, que hace esto, reniega de sí mismo, él que es mejor y de origen mejor, y parece tener completa confianza en imágenes inanimadas, las que se insunfla solo apariencia de vida, mantenidas externamente por una armonía artificial y multiforme, simplemente efímeras? ¿En ellas está lo verdadero y genuino? Pero nada de lo plasmado por el arte humano es sincero y puro. Pues una vez que se ha echado el incienso sobre el fuego, al punto se forman ellas a partir de los vapores ascendientes, pero una vez que él se ha mezclado con todo el aire y se ha desvanecido, también la imagen se disipa al punto, y por naturaleza no puede durar ni un instante (Nt del libro: Este tipo de piromancia interpreta las imágenes formadas por el humo del incienso sobre carbones encendidos).

Así es, pues, la verdad. Sin embargo, es preciso añadir las causas que dan lugar en ocasiones a los males, cuántas son y cuáles; y en efecto, su especie no es simple, sino que, siendo múltiple, determina el nacimiento de males múltiples. Si en efecto, era verdad lo expresado reciéntemente sobre las imágenes y los malos demonios que simulan la presencia de los dioses y de los buenos demonios, resulta bastante claro que de ahí fluye la raza maléfica, en cuyo ámbito suele darse tal oposición. Ella considera conveniente, en efecto, que el que venera sea justo, pues simula ser como la especie divina, pero ella sirve a la injusticia, pues es por naturaleza perversa. La misma argumentación, pues sea sobre lo falso y lo verdadero, sobre lo bueno y lo malo. Lo mismo que, en efecto, en los oráculos solo atribuimos a los dioses la verdad y, cuando vemos que en ellos se profiere mentira, la remitimos a otro tipo de causa, a los demonios, así también, en el ámbito de lo justo e injusto, es preciso atribuir a los dioses y a los buenos demonios solo lo bello y lo justo, mientras que lo injusto y vergonzoso lo llevan a cabo los demonios por naturaleza perversos.

Lo completamente concorde, lo que está en armonía consigo mismo y que es siempre idéntico a sí mismo conviene a los seres superiores, mientras que lo opuesto, lo no armónico y nunca idéntico es la característica de la disidencia demoniaca, en cuyo ámbito no causa asombro encontrar las disputas; lo contrario, si no fuera así, causaría más asombro.

El poeta anglonormando Wace (1100-1175) cita el vocablo "nigromancia" por primera vez, relatando la conquista del duque Guillermo:

Un clers esteit Duc venus ainz ke de Some fust mèuz: D’Astronomie, ço diseit, e de nigromancie saveit: Por devinéor se teneit, de plusurs coses sortisseit.

Habiendo predicho el viaje seguro para Guillermo, y habiéndose cumplido la predicción, el duque se acordó de su nigromante, y ordenó que se buscase a este docto clérigo. Pero el pobre sujeto se había ahogado en la travesía.

En las Partidas de Alfonso X (siglo XIII) se dice:

Nigromancia dicen en latín a un saber extraño que es para escantar los espíritus malos. Et porque de los homes que se trabajan a facer esto viene muy grand daño a la tierra et señaladamente a los que creen et les demandan alguna cosa en esta razón, acaeciéndoles muchas ocasiones por el espanto que reciben andando de noche estas cosas atales en los lugares extraños, de manera que algunos dellos mueren, o fincan locos o demuniados; por ende defendemos que ninguno non sea osado de trabajarse de usar tal nemiga como ésta, porque es cosa que pesa a Dios et viene ende muy grant daño a los homes.

Para Sto Tomás de Aquino (siglo XIII):

En los encantamientos de los nigromantes muchos invocan a los demonios apelando a cosas divinas, es decir, a los conjuros. Si por tanto fuese lícito conjurar demonios, sería lícito recurrir a los encantamientos de los nigromantes. Lo cual es falso.

Hay dos modos de conjurar, el primero bajo la forma de oración o de persuasión a cambio de cualquier cosa sagrada; el otro por el contrario bajo la forma de imposición. Ahora bien: conjurar los demonios de la primera forma no es lícito; porque este modo de conjurar presupone cierta benevolencia o amistad, que no se puede tener para con los demonios. Por el contrario, el segundo modo de conjurar, el de la imposición, es lícito para unas cosas e ilícito para otras. Pero no es lícito conjurarlos para aprender u obtener de ellos alguna cosa; porque esto entrañaría cierta comunicación con ellos; a menos que lo haga un santo por inspiración o revelación divina; como se lee de Santiago, que se hizo de conducir por los demonios ante Hermógenes.

Fray Eimeryc escribió en el siglo XIV:

En tercer lugar conoce el Santo Oficio de los que invocan al diablo, los cuales se dividen en tres clases:

Los de la primera son los que tributan culto de latría, sacrificándole, arrodillándose, cantándole himnos, guardando castidad, o ayunando en gloria suya, alumbrando sus imágenes, o dándoles incienso, etc. Por lo común se conocen con mucha facilidad los que invocan al demonio por su mirar horroroso, y su facha espantable, que proviene de su contínuo trato con el diablo.

Un texto anónimo hispano del siglo XVI condenó a un tipo de magia que encaja con la nigromancia:

Que alguno haya hecho pacto expreso con el demonio, o encantamientos del arte mágico con instrumentos, cercos y hechizos, trazando o dibujando caracteres o signos diabólicos, invocando y consultando diablos, esperando y creyendo sus respuestas, dándoles incienso y otros sahumerios de buenos o malos aromas, ofreciéndoles sacrificios, poniéndoles por culto candelas encendidas, abusando de los santos sacramentos o cosas benditas, prometiendo obediencia, rindiendo adoraciones, hincando las rodillas o dándoles culto y veneración en otra cualquier forma.

Sobre la nigromancia comenta el Maestro Ciruelo hacia 1530:

Es luego, la magia o nigromancia aquella arte maldita con que los malos hombres hacen concierto de amistad con el diablo, y procuran de hablar y platicar con él, para le demandar algunos secretos que les revele, y para que les de favor y ayuda para alcanzar algunas cosas que ellos desean. Y para hacer estas invocaciones, el diablo les tiene enseñadas ciertas palabras que digan y ciertas ceremonias que hagan de sacrificios, de pan y vino y viandas, de sahumerios con diversas hierbas y perfumes. Y el demonio tiene concertado con ellos por estos servicios que le hacen, que con estas ceremonias les aparecerá y hablará por palabras o por señas con que se entiendan. Y estas artes son en muchas maneras, que algunos nigrománticos llaman al diablo haciendo un cerco o círculo en tierra con ciertas señales. Otros en una redoma llena de cierta agua; otros en un espejo de alinde; otros en piedras preciosas de anillos, y aún algunos de ellos en la vislumbre de las uñas de sus manos; y de otras infinitas maneras por las cuales, invocado el diablo, les aparece en muchas y diversas maneras por las cuales, invocado el diablo, les aparece en muchas y diversas maneras.

La primera es cuando se aparece en figura de hombre, que lo ve el nigromántico y le habla. Otras veces en figura de alguna ánima ensabanada, que dice que anda en pena; otras veces el diablo, aunque le aparece en figura de hombre, no le habla, más hácele algunas señas por donde se entiende con él. Otras veces le aparece en figura de perro, gato, lobo, león, gallo o de otro animal bruto; y háblale o por palabras o por señas que se entiendan.

Hay otras maneras de esta nigromancia, en que el nigromántico no ve al diablo, mas oye sus palabras o señas que le hace, y esto es en muchas maneras. La más común es cuando el mal espíritu se enviste en algún hombre u otro animal bruto vivo y habla en él. Otra manera es cuando le aparece durmiendo entre sueños y le dice algo. Otras veces hace estruendo por la casa, y oye el hombre sus palabras y entiende sus señas. Otras veces el demonio hace algunas señales en el aire, o en el rio, o en el fuego, o en las entrañas de las reses que mata el carnicero. Otras mil maneras que el diablo tiene demostradas a los hombres malos que le sirven y tienen hecho pacto de amistad con él, para como se entiendan por sus palabras y señas, de la manera que los ladrones y rufianes se entienden cuando se hablan delante de los otros en su jerigonza, que ellos se entienden y los otros no. Así es el concierto del nigromántico con el diablo.

A esta nigromancia pertenece el arte que el diablo ha enseñado a las brujas o jorguinas, hombres o mujeres, que tienen hecho pacto con el diablo, que untándose con ciertos ungüentos y diciendo ciertas palabras, van de noche por los aires y caminan lejos a tierras a hacer ciertos maleficios. Mas esta ilusión acontece en dos maneras principales: que horas hay que ellas salen realmente de sus casas y el diablo las lleva por los aires a otras casas y lugares; y lo que allá ven, hacen y dicen, pasa realmente ansí como ellas lo dicen y cuentan. Otras veces ellas no salen de sus casas, y el diablo se reviste en ellas de tal manera que las priva de todos sus sentidos y caen en tierra como muertas y frias, y les representa en sus fantasías que van a las otras casas y lugares y que allá ven y hacen y dicen tales y tales cosas; y que nada de aquello es verdad, aunque ellas piensan que todo es así como ellas lo han soñado; y cuentan muchas cosas de las que allá pasaron. Y mientras que ellas están así caídas y frías, no sienten más que muertas, aunque las azoten y hieran y quemen y les hagan cuantos males quieran por acá de fuera en el cuerpo; más pasadas las horas de su concierto con el diablo, él las deja y les suelta sus sentidos y se levantan alegres y sanas, y dicen que han ido acá y acullá y cuentan nuevas de otras tierras. Y aún en algunas de éstas que se caen como muertas, el diablo les mueve las lenguas, y estando así echadas dicen muchos secretos de ciencias y de otras cosas sutiles y delgadas, de que se maravillan no solamente los legos y simples, más aún los grandes letrados. Y algunas de éstas son tenidas por profetas, porque en sus razonamientos allegan muchas autoridades de las Santas Escrituras, y les dan entendimientos muy extraños y fuera del común parecer de los santos doctores de la Iglesia Católica.

Esta potestad sobre los demonios se da a los clérigos cuando el obispo les da las órdenes; y por ende, los puros legos no la tienen de común ley de Dios o de la Iglesia. Y entre los sacerdotes de misa uno de ellos no tiene mayor potestad que el otro sobre los demonios. De este principio claramente se sigue, que cuando alguno lego puro, aunque sea de prima corona y no de grados, se muestra por sacador de espíritus malos de los hombres endemoniados y usa este oficio públicamente, hay grande sospecha de él que debe ser nigromántico hechicero, y que lo haga por pacto de amistad que tiene con el diablo, o claramente o solapada y encubierta. La misma sospecha, aunque no tan grande, hay del clérigo o fraile que ejercita este oficio como suyo más que de otro clérigo, diciendo que en este caso él tiene más virtud natural o sobrenatural que los otros que son de las mismas órdenes como él; que de cierto son nigrománticos éstos como los otros, y el diablo para más los engañar, les ha enseñado ciertos conjuros casi semejables a los que se usan en la Iglesia Católica contra los demonios, para los compeler a que salgan, aunque no quieran, de los cuerpos de los hombres.

En estos conjuros diabólicos con algunas palabras santas y buenas están mezcladas otras malas. Y también algunas vanas supersticiones. Y aunque los tales conjuros no tengan virtud para compeler al diablo a que salga de los hombres contra su voluntad; más estos malos conjuradores fingen que hacen fuerza al diablo y lo compelen a salir; y esto es por concierto secreto que hay entre ellos dos, como entre dos malos hombres que fingen que riñen y se amenazan y entre ellos se entienden, porque cuando el uno diga esto, el otro responde lo otro, etc.

Este arte ordenó el diablo para tener mucha plática de palabras con los hombres, porque por oir las razones que dice el nigromántico y cómo le responde el diablo, allégase mucha gente a los oir; y esto desea mucho el diablo: tener grande auditorio para con sus razones sembrar algunos errores contra la fe y contra la religión cristiana; y para mandar que hagan algunas obras vanas y supersticiosas, so color de santas y devotas. Allí procura de difamar a algunas personas de honra, descubrir hurtos y pecados secretos, procura de hacer a los oyentes que cavan en pecados de pensamiento; porque a unos de ellos finge que les ha miedo como a santos, por los hacer caer en pensamientos de vana gloria; a otros procura de encenderlos en amores carnales; a otros en codicias de pecados a que incita a los oyentes con sus palabras y razones. A este fin el diablo desea mucho hablar y predicar en público delante de las gentes, porque allí como dragón, vomita mucha ponzoña en los corazones de los que le oyen, y echa a perder muchas ánimas.

Este grande auditorio le traen estos malditos conjuradores amigos suyos, aunque parece que le fuerzan a hablar y responder, demandándole señal, mandándole salir y tornar a ciertos días y horas para que comparezca delante de ellos a juicio y responda a las demandas que le ponen. Hacen grande proceso por demandas y respuestas; y dura esta causa tantos días, que cuando viene el conjurador a dar la sentencia contra el demonio, a que se vaya de aquel cuerpo y no torne más a él, quedan ya sembrados muchos errores en el pueblo de Dios, y quedan engañadas muchas ánimas que han concebido muchas malas afecciones y perversas intenciones para hacer muchos males. Este es el fruto que hacen los sermones del diablo, procurados por los conjuradores que se hacen sacadores de espíritus.

La razón principal de los nigrománticos es esta: Parece que sea cosa lícita al cristiano servirse del diablo como de un mozo o esclavo y mandarle hacer algunas cosas que vienen en provecho de todo el pueblo de Dios; así como hacer que descubra y revele los secretos consejos de los contrarios en la guerra, las virtudes y propiedades naturales de hierbas y piedras y de otras medicinas para sanar muy fácilmente algunas enfermedades que no las saben curar los médicos; y para saber hacer perfectamente las obras de la alquimia, con que se convierta el azogue y el estaño en verdadero oro o plata; y para que en tiempo de la tempestad de los nublados mande al diablo con sus conjuros que eche las malas nubes de nuestros términos, porque la piedra y el granizo no nos destruya los frutos de la tierra; y para sacar los malos espíritus de los hombres atormentados de ellos; y para descubrir tesoros debajo de la tierra; y para otras muchas cosas buenas. Y confirman esta razón por autoridad del Evangelio, que dice que los cristianos, principalmente los sacerdotes, tienen gracia y poderío de Jesucristo y otros muchos santos que llamaron a los diablos y les mandaron hacer algunas cosas buenas, como parece en las historias del Apóstol Santiago, San Bartolomé, etc. Luego ¿por qué a los otros buenos cristianos será pecado hablar con los diablos y mandarles hacer algunas cosas en sus servicios?

Acusa también Ciruelo a los nigromantes de conjurar tempestades o de hacerlas aparecer por medio de maleficios, que hace cerco e invoca a los diablos para hacer mal y daño en algún lugar.

Siendo inquisidor general Fernando de Valdés (1547-1568) se publicó en Toledo en 1551 el catálogo más importante de libros y papeles prohibidos y reprobados según el juicio que les mereció a los sesudos componentes de la Academia de Lovaina, en el que se recogen los de lengua castellana, entre ellos

“...los libros de nigromancia o para hacer cercos e invocaciones de demonios que sepan manifiestamente a herejía...”

Un cerco o circo es una figura supersticiosa que trazan en el suelo los hechiceros y nigrománticos para invocar dentro de ella a los demonios y hacer sus conjuros. Grimorio especialmente famoso en esta época fue el Tesoro de Necromancia. Los libros de nigromancia fueron usados por gentes de “cultura clerical”, en el sentido más amplio de la palabra, y mucho por clérigos y frailes, hombres de la iglesia desviados.

En España fue común el pequeño colectivo de estudiantes o de estudiosos que se reúnen, como presuntos alumnos del Diablo, en un determinado antro convertido en cátedra algo que ni siquiera merece seguramente llamarse satanismo, aunque se encuentre integrado en el recinto espiritual de una heterodoxia perseguida habitualmente por los tribunales eclesiásticos y hasta civiles. En esta parcela, sólo brujeril en un sentido aproximado, se encuentra la tradición de la Cueva de Salamanca. Muchos llamados brujos o reos de supuesta hechicería durante los siglos de oro no fueron mas que buscadores de conocimientos ocultos, a los que el pueblo primero y los tribunales después les colgaron el sambenito de brujos, partiendo de un esquema tradicionalmente aceptado del pacto fáustico, solo distinto de la santidad reconocida y aceptada por el hecho de la rebelión del sujeto a plegarse mansamente a determinadas exigencias de la autoridad eclesiástica.

Seguramente el famoso pacto con el demonio, desvirtuado por la Iglesia, se refiera a la adquisición de demonios familiares a cambio de una especie de acuerdo o bien a la necesidad de contacto con espíritus para ejercer este tipo de magia. No fueron pocos los nigrománticos que adquirieron familiares, éstos cogían formas variadas, desde un animal hasta una calavera capaz de hablar, pasando por un demonio encerrado en una probeta u objeto, una estatua o un homúnculo. En ocasiones los familiares podían comprarse. En el libro “Brujería en Galicia” de Lisón Tolosana hay un caso registrado por la Inquisición de un individuo condenado por nigromante y poseer espíritu familiar.

No olvidemos que la palabra demonio viene del daimon griego. Ya en época imperial romana, el mago solía con frecuencia adquirir un daimon o a una divinidad asistente (páredros daimon) para tenerlo temporal o permanentemente a su servicio. En un papiro de esta época se enseña cómo capturar al páredros y muestra las ventajas de tenerlo a su lado:

Si le encargas algo, inmediatamente lo hará. Envía sueños, conduce a las mujeres y a hombres sin entidad, destruye, resuelve, levanta vientos de la tierra, transporta oro, plata, cobre y te lo da cuando lo necesitas; él libra de ataduras al encadenado, abre puertas, te envuelve en sombras para que no puedan verte de ningún modo; porta fuego, proporciona agua, vino, pan y los alimentos que quieras, aceite, vinagre, excepto únicamente pescados...

En el DRAE de 1734 se dice sobre la nigromancia:

El arte abominable de ejecutar cosas extrañas y preternaturales, por medio de la invocación del demonio y pacto con él. Llámanla también magia negra.

Necromancia: Como vimos anteriormente, es el arte de adivinar por medio de los muertos. Si bien está muy vinculada con la oniromancia (adivinación por sueños), pues en muchas ocasiones la respuesta se recibe de los difuntos en sueños, y de ahí la costumbre de dormir sobre las tumbas para recibir al espíritu del muerto cuya asistencia se invoca.

La necromancia presupone una creencia en la vida de ultratumba, en la que los difuntos siguen una existencia fantasmagórica, como la que se imaginaban los griegos y así aparece en la “Odisea”. Aunque este método adivinatorio no llamó especialmente la atención de los griegos, existían algunos oráculos necrománticos, como el de Ephyra, situado en la Tesprótida, donde el tirano corintio Periandro conjuró el alma de su esposa muerta. Las excavaciones llevadas a cabo en el lugar han puesto al descubierto una estructura arquitectónica del siglo IV a.C., en la que se han podido identificar baños para las purificaciones, salas dedicadas a la incubatio y una cripta abovedada que representaba el mundo de los muertos.

Es antigua la creencia de que los fantasmas pueden comunicarse por medio de sueños con los vivos. De hecho, la palabra fantasma procede del latín phantasma, que significa originalmente ilusión o sueño. Sabemos que en la Edad Media algunas iglesias fueron usadas para practicar la oniromancia (adivinación por sueños), debido al ambiente tranquilo y al hecho de que antiguamente se enterraban los muertos en las iglesias. Curiosamente, eran los clérigos cristianos los que ejercían como “doctores”.

Un oráculo que pertenece asimismo a esta esfera “oscura” de la adivinación es el que presidía Trofonio en Lebadea, Beocia. Según el relato de Pausanias, el devoto realizaba un verdadero viaje al mundo subterráneo. Después de experimentar complejas preparaciones rituales, el consultante era conducido por la noche a una cámara, donde un torbellino de aire le arrastraba por una abertura del tamaño de un hombre que había en el suelo, conduciéndole a la parte más profunda de la caverna donde estaba el oráculo. Allí, en el adyton, en medio de visiones y de extrañas voces, recibía la revelación de Trofonio. Aturdido y bastante indispuesto, el consultante regresaba a la superficie, donde era interrogado por los sacerdotes que redactaban definitivamente el oráculo. Las cuevas constituían un lugar muy apropiado para acoger prácticas adivinatorias, pues las propias condiciones naturales creaban un ambiente muy propicio, aunque no necesariamente tenían que vincularse a la oniromancia o a la invocación de los difuntos.

Parece ser que Egipto fue en la Antigüedad un país en donde no eran infrecuentes los magos ni los necromantes. Un célebre mago egipcio fue Zatchlas, sacerdote de Tebas, que en la novela de Apuleyo propone conversar con el espíritu de un muerto:

Remitámosnos a la divina providencia para conocer la verdad. Aquí está un egipcio llamado Zatchlas, profeta de primer orden. Hace tiempo hemos llegado a un acuerdo él y yo (buenos dineros me ha costado) para sacar del infierno un instante al espíritu del difunto y dar vida a este cadáver, con permiso de la muerte... El profeta, atendiendo propicio la plegaria, aplica cierta hierba a la boca del cadáver y otra a su pecho. Luego, mirando a oriente, invoca en silencio al sol en su majestuosa carrera; con este venerable ritual, hizo subir al máximo la expectación de los asistentes ante el prodigioso milagro que se iba a operar. El cadáver cobra vida, pero pierde paz y no desea hablar... pero el profeta, con mayor calor le dice: “¡No! Has de hablar; has de poner en claro ante el pueblo todo el misterio de tu muerte. ¿Crees acaso que mis encantamientos carecen de virtud para invocar las Furias y atormentar tus miembros agotados?” (Apuleyo, Metamorfosis II, 29).

Estas prácticas eran habituales en Egipto donde eran conocidos ya necromantes famosos como Nectabios (o Nectanebo), cuya reputación no era menor que la del mago persa Ostanes. Algunos autores romanos como Lucano hacen por ello de Egipto la patria de la necromancia, lo que viene confirmado también por numerosos papiros mágicos. No obstante, no siempre los cadáveres eran buscados para obligarles a revelar secretos del pasado o del futuro; también eran utilizados en la magia de execración o para extraer de ellos las entrañas (hígado) y el feto, con los que poder predecir el porvenir.

En sus Etimologías (año 621), San Isidoro define a los necromantes:

Los necromantes son aquellos con cuyas precantaciones se aparecen los muertos resucitados y adivinan y responden a las preguntas que se les formulan. En griego nekrós significa “muerto”, y manteía, “adivinación”. Para evocarlos se emplea la sangre de un cadáver, pues se dice que a los demonios les gusta la sangre. Por eso, cada vez que se practica la necromancia, se mezcla sangre con agua, para hacerlos aparecer mas fácilmente mediante la roja sangre.

Por otra parte, sinónimo de necromanticus es umbrarius (derivado de umbra, sombra); la palabra aparece ya en el año 643 en la compilación de leyes conocida con el nombre de Edictum Rothari.

Para un sacerdote alemán del siglo XII:

Los necromantes evocan a los muertos por medio de cantos y sacrificios.

Se decía que en la escuela de Toledo se enseñaba necromancia, esta escuela estuvo activa entre los siglos XII-XV. Sobre la escuela de Toledo, dijo un escritor europeo a fines del siglo XII o comienzos del XIII:

Complures ex diversis regionibus scholares apud Toletum student in arte necromantica.

En el Malleus Malleficarum de 1484 se comenta al respecto:

En la necromancia se actúa por medio de la aparición y el lenguaje de los muertos. Los que se dedican a ello extienden sangre de hombre o de animal sobre unas figuras, sabiendo que los demonios gustan de la sangre. Pero cuando piensan evocar a los muertos de los infiernos para responder a las interrogaciones, son precisamente los demonios los que aparecen para responder. De esta especie era la gran pitonisa que invocó a Samuel por petición (I Samuel XXVIII, 7) de Saúl. Que nadie crea sin embargo que cosas semejantes son lícitas por el hecho de que la Escritura cuente que el alma del profeta, llamada desde los infiernos por la pitonisa, apareciese efectivamente para decir a Saúl cual iba a ser el desenlace de la guerra futura.

Efectivamente dice Agustín a Simpliciano: No es absurdo creer, que por una permisión de Dios, y por una orden secreta que caía fuera de los alcances de la pitonisa y de Saúl, el alma de un justo, sin sufrir influencia alguna de los artificios y del poder mágico, haya podido mostrarse a las miradas del rey a quien debía hacer presente el juicio de Dios. O bien convendría pensar que el espíritu de Samuel no fue arrancado de su reposo sino que un fantasma y una ilusión imaginativa producidas por los artificios diabólicos fue los que vio Saúl. La Escritura le llamaría Samuel siguiendo el procedimiento común de dar el nombre de las cosas a las imágenes que las representan.

Si el lector lo desea que vea también la respuesta de Santo Tomás al último argumento de la cuestión sobre los grados de la profecía entre los bienaventurados y una palabra de Agustín que recoge Graciano. Empero todo esto es muy poca cosa al lado de las obras de las brujas: estas no conservan vestigio alguno de piedad, como resulta claro para todo el que considere sus obras; ellas no cesan de derramar sangre inocente; ponen a la luz del día todo lo que está oculto por orden del demonio; no perdonan ni a los vivos ni a los muertos, matando las almas juntamente con los cuerpos.

El padre Barrientos (s.XV) escribe sobre los necromantes:

La tercera especie o manera de adivinar se llama necromancia, por la que con algunas palabras de encantamiento y con alguna sangre que ende se pone, parece que resucitan los muertos y responden a las cosas que les preguntan. Este vocablo es nombre griego por cuanto “necron” en nuestra lengua latina quiere decir “muerto” y “mancia” quiere decir adivinación. Así que suena tanto como si dijéramos que se hace con los muertos y por los muertos.

Y para mayor conocimiento de esto conviene cosa es demandar aquí si es posible que los muertos resuciten con los encantamientos y respondan a las cuestiones que les fueren demandadas. Lo cual entendía parte de este tratado se conocerá claramente como los tales mágicos y adivinos no tienen poder para costrenir a los espíritus malignos y menos para resucitar a los muertos con sus encantamientos y no es esto cosa que ninguno deua creer saluo si del todo perdiese el sentido.

La utilización de los conjuros y las runas grabadas en madera persistió en Islandia hasta época relativamente reciente, y Jón Árnason, en el siglo XIX, recogió en un libro de magia lo que hay que hacer para despertar a un muerto y hacerlo regresar para utilizarlo como emisario (sendingr) o como zombi (upvakningr: “despertado”). Tras haber escrito en una hoja el Padrenuestro al revés con sangre:

Hay que grabar unas runas en un palo e ir al cementerio con estas dos cosas, a medianoche, y dirigirse a una tumba cualquiera, según el gusto de cada cual; sin embargo, sería mas prudente centrarse en las tumbas mas pequeñas. A continuación hay que poner el palo sobre la tumba y hacerlo rodar sobre ella de atrás hacia delante, recitando entretanto el Padrenuestro al revés, siguiendo la hoja, y además algunas fórmulas mágicas que pocos conocen, aparte del brujo, mientras va saliendo lentamente el aparecido, pues eso no es cosa de un momento, y los aparecidos se hacen rogar mucho y dicen: “Déjame descansar en paz”.

Ocho siglos separan este texto de los poemas de la Edda, pero la información ha seguido siendo la misma: conjuro, runas, mala gana del muerto a la hora de regresar, y peligro. ¿No hay que escoger una tumba pequeña, es decir, la de un individuo cuya estatura y fuerza no resulten temibles? Señalemos de paso que sólo Saxo Gramático y el anónimo redactor de una saga presentan mujeres dedicadas a la necromancia; esta arte mágica parece haber estado reservada a los hombres: “necromanticus” no tiene femenino.

Derivada de la necromancia es la hidromancia, ya que también persigue la invocación de espíritus para adivinar el futuro. Su antigüedad y origen deben ser similares. En época imperial romana, la lecanomancia (lekanomanteia) hace uso de un plato o vaso, generalmente de bronce que, en ocasiones suele estar escrito con determinados signos en el fondo o llevar líquidos (agua o aceite):

Cuando quieras tomar oráculo sobre algún asunto, toma un recipiente de bronce, un plato o una taza del tipo que quieras y échale agua: si vas a invocar a los dioses celestes, agua de lluvia, si a los de tierra, agua de mar; si es a Osiris o a Serapis, agua de rio; si a los muertos, de una fuente –y coloca el recipiente sobre tus rodillas; vierte aceite de olivas verdes e inclinándote sobre el recipiente, recita la fórmula acostumbrada e invoca al dios que quieras y te contestará y dará explicaciones sobre todo...

Una variante de la anterior es la phialomanteia, que requiere la utilización de un plato (de Afrodita) lleno de agua y de aceite de oliva y en cuyo fondo se escriben determinadas fórmulas mágicas. Por último, el mago puede suplicar al dios que envíe un sueño profético –para él o para otra persona- durante el que le revelará el pasado o el futuro:

Di... en dos partes... y frota tu cabeza y baja; luego vete a dormir sin dar respuesta a nadie. “Te invoco a ti, Sabaot y Miguel y Rafael y a ti, poderoso arcángel Gabriel no vengáis simplemente trayendo visiones falsas, sino que uno de vosotros venga personalmente y me haga una predicción sobre este asunto “aiai achene Iao”. Escribe esto sobre hojas... de laurel y ponlo sobre tu cabeza.

San Agustín (siglo V d.C) dedica un capítulo a la hidromancia en La ciudad de Dios:

El mismo Numa, a quien no era enviado ningún profeta de Dios ni ángel alguno santo, se vio forzado a practicar la hidromancia para poder ver en el agua las imágenes de los dioses, o más bien los engaños de los demonios, y escuchar de ellos lo que debía establecer y observar en las ceremonias religiosas. Varrón nos informa que esta clase de adivinación había sido importada de Persia, y recuerda que había usado de ella el mismo Numa y después el filósofo Pitágoras. Nos muestra que en ella, haciendo uso de la sangre, se consultaba a los infiernos. Pero llámese hidromacia o necromancia, es lo mismo; lo que aparece allí es la adivinación por los muertos. Qué artes utilizaban para esto, ellos lo sabrán. No pretendo afirmar que antes de la venida de nuestro Salvador acostumbraran las leyes a prohibir y castigar con toda severidad estas artes en las ciudades de los gentiles; no pretendo, repito, afirmarlo, pues quizá estaban permitidas entonces tales cosas.

En estas artes, sin embargo, aprendió Pompilio aquellos misterios cuyos hechos descubrió, enterrando las causas: tal temor tuvo él a lo que aprendió. Y el senado quemó los libros de esas causas. ¿Por qué, pues, Varrón interpreta no sé qué otras supuestas causas físicas de aquellos misterios? Si aquellos libros las hubiesen tenido, seguramente que no hubiesen ardido; digo, ¿habrían mandado quemar de la misma manera los padres conscriptos esos libros de Varrón escritos y editados para el pontífice César? El agua que hizo sacar o transportar Numa Pompilio para la práctica de la hidromancia lo interpretan como haber tenido por esposa a la ninfa Egeria, como se expone en el citado libro de Varrón. Así se suelen transformar, por la dispersión de las mentiras, los hechos en fábulas.

En la hidromancia aprendió el curiosísimo rey romano los misterios que habían de tener los pontífices en sus libros, y las causas de los mismos, que no quiso conociera nadie más que él. Por eso procuró que, escritas aparte, murieran en cierto modo con él, cuando así trató de sustraerlas al conocimiento de los hombres y de enterrarlas. De modo que, una de dos: o eran tan inmundas y perjudiciales las liviandades de los demonios allí consignadas, que toda la teología civil tomada de ellas apareciese execrable aun a hombres que habían aceptado tanta vergüenza en sus ritos sagrados, o todos aquéllos no eran considerados sino como hombres muertos que casi todos los pueblos gentiles, por la antigüedad de tiempo tan largo, habían considerado como dioses inmortales.

En tales misterios, en efecto, se complacían aquellos demonios que se presentaban para ser adorados en lugar de los muertos que, con el testimonio de engañosos milagros, habían conseguido ser tenidos por dioses. Pero la oculta providencia del verdadero Dios permitió que esos demonios, reconciliados con su amigo Pompilio por las artes de la hidromancia, le confesaran todos esos desvaríos; y, sin embargo, no permitió que al morir mandase que fueran quemados en vez de enterrados. Aunque intentaron quedar ocultos, no pudieron resistir al arado con que fueron desenterrados, ni a la pluma de Varrón, que nos ha transmitido esta narración. No pueden hacer sino lo que se les permite. Y se les permite por un justo y profundo decreto del Dios supremo, por los méritos de aquellos que es justo sean afligidos o sometidos o engañados.

San Isidoro (siglo VII) define a los hidromantes en sus Etimologías:

Los hidromantes derivan su nombre del agua. La hidromancia consiste en evocar, mediante la observación del agua, las sombras de los demonios, ver sus imágenes o espectros, escuchar de ellos alguna información, y empleando sangre, buscar información en los infiernos. Se dice que este tipo de adivinación fue introducido por los persas. Varrón afirma que hay cuatro clases de adivinación, según se utilice la tierra, el agua, el aire o el fuego. De acuerdo con esto se denominan respectivamente: geomancia, hidromancia, aeromancia y piromancia.

El maestro Ciruelo la describe brévemente hacia 1530:

Hidromancia quiere decir adivinar por el agua, que en griego se dice “hidros”. Esta usan los adivinos derritiendo plomo, cera o pez sobre un vaso lleno de agua, y por las figuras que allí se forman adivinan lo que ha de ser.