jueves, 1 de marzo de 2012

Adivinos III: Augures


La ornitomancia era una forma de adivinación a través de los actos instintivos de los animales. Carentes de voluntad, estos últimos eran, según creencia de los antiguos, susceptibles de recibir el impulso divino, pues sus movimientos, caracterizados siempre por la seguridad y precisión con que se realizan, no podían ser sino expresión de la voluntad de los dioses. Sin embargo, no todos los animales gozaban del mismo favor adivinatorio, sino que se establecían diferencias muy rígidas: las aves voladoras, y entre éstas las de rapiña, por su facultad para tocar el cielo, son por excelencia las mensajeras de la respuesta divina. Los hititas y los asirios observaban el vuelo de los animales con frecuencia para adivinar el futuro.

La ornitomancia era en todas partes una ciencia compleja y muy especializada, en la que a la hora de la interpretación se tenían en cuenta gran cantidad de factores. Sin embargo, aunque esta técnica alcanzó en Grecia no escasa importancia, nunca llegó a desarrollarse una auténtica sistemática, al estilo de la disciplina etrusca; además a partir de la época clásica, la ornitomancia pasó a un segundo plano por detrás de otras técnicas adivinatorias. Unos pájaros eran favorables por naturaleza y otros desfavorables, pero teniendo en cuenta que esta diferenciación no era universal, y así la lechuza, ave de Atenea, constituía un buen presagio para los atenienses y malo para los restantes griegos. Se prestaba especial atención al vuelo y así si el ave procedía del este, llevaba un vuelo elevado y las alas desplegadas, por lo general eran signos favorables, mientras que una procedencia occidental y un vuelo bajo y desordenado indicaba malos augurios.

También contaban otros aspectos, como los chillidos que emitían las aves, el revoloteo, si había enfrentamiento entre ellas, etc. En cuanto a los animales terrestres, en líneas generales no gozaron de gran predicamento adivinatorio, sobre todo en Grecia: la serpiente y el lagarto, animales de Apolo, el principal dios de la adivinación, fueron prácticamente los únicos que atrajeron la atención de los griegos, aunque más tarde algunas especies acuáticas, por influencia de Oriente, se vincularon asimismo a santuarios apolíneos de la Grecia oriental.

En Roma, junto a los pontífices, es el otro gran colegio sacerdotal de importancia pública, al tener como misión fundamental la consulta de los auspicios en nombre de la ciudad, y de ahí el nombre oficial que tenía la corporación, augures publici populi Romani quiritum. Su número originario era tres y se elegían por cooptación, igual que los pontífices; los miembros del colegio estaban siempre en relación con las tres tribus “romúleas” de los Ramnes, los Tities y los Luceres, y por tanto su incremento era proporcional a las mismas, hasta que en época de César se estabilizó en 16. Los augures eran expertos en la ciencia que interpretaba la voluntad divina, pero también poseían la facultad para atraer sobre personas y cosas una fuerza sobrenatural.

El término “augur” procede de la raíz auc- que tiene el valor de “aumentar”, “incrementar” y de donde derivan también otras palabras de la terminología política romana, como auctorias y augustus. En este caso, el augur es entonces aquel que procura el aumento, es decir, que mediante una acción ritual confiere a la persona o cosa objteto del rito un poder místico que predispone a la divinidad a su favor. Este acto ritual recibe el nombre de inauguratio y se aplicaba a campos muy diversos, como la investidura de determinados sacerdocios y la legitimación religiosa y política de templos y algunos locales; también la ciudad era sometida a una inauguración ritual.

Ahora bien, quizá la aplicación más importante de este rito, durante la época arcaica que ahora nos interesa, fuese a propósito de la investidura del rey. Una vez que éste había obtenido la aprobación popular y la confirmación del Senado, se procedía a la investidura, que comprendía dos ritos protagonizados ambos por el augur. El primero era la auspicatio, es decir, la observación del vuelo de aves y otros signos que enviaba la divinidad, la cual manifestaba su conformidad con el acto que se iba a realizar; el segundo rito era una operación augural, sobrenatural que le permitiría gobernar de acuerdo con la divinidad.

La técnica empleada era la siguiente. El augur se situaba por lo general en un lugar elevado, desde donde se obtenía una buena visión. En Roma existían varios de estos centros augurales, como el Auguratorium del Palatino, vinculado a la leyenda de la fundación de Roma, pues fue allí donde Rómulo observó los signos divinos, y sobre todo el Auguraculum del Arx, en el Capitolio, que a partir del siglo VI a.C. se conviritió en el principal lugar de observación para los augures. La primera operación consistía en la delimitación del espacio sagrado, para lo cual el augur trazaba con su bastón ritual, el lituus, un rectángulo imaginario en la bóveda celeste, llamado templum, cuyo centro geométrico coincidía con la situación del sacerdote, quien miraba normalmente al sur (en ocasiones también al este). Entonces se procedía a la observación de los signos, por lo general el vuelo de las aves, y se tenían por favorables todos aquellos que procedían de la izquierda. Pero también se tenían en cuenta otros factores, como las especies de aves que observaba, las características de su vuelo, los sonidos que emitían, su número, y todo ello servía al augur para determinar cuál era la voluntad divina a propósito de la cuestión que se consultaba.

Los augures constituían un collegium en el sentido estricto del término, es decir todos sus miembros eran iguales y cada uno de ellos poseía todo el valor de su conocimiento, al contrario de lo que ocurría en el colegio pontificial. Sin embargo, conviene hacer una salvedad, pues en la primera etapa de la monarquía los reyes gozaban de la cualidad de los augures pero sin pertenecer al colegio. En efecto, los más antiguos reyes latinos poseían el conocimiento de la ciencia augural e incluso Rómulo y Remo actuaron como augures en su disputa cuando la fundación de Roma. El rey de la primera etapa de la monarquía romana era augur y se le califica como optimus augur, esto es, el más capacitado entre todos los augures, y prueba de ello es el símbolo de su poder, que no es otro que un lituus. A partir de Tarquinio Prisco la concepción de la monarquía cambia y el rey pierde sus facultades augurales, situación que heredarán los magistrados republicanos. El colegio de los augures adquiere entonces un protagonismo muy destacado en la vida política, pues sus componentes gozan de una posición autónoma frente al rey y a los magistrados, con los cuales se enfrenta alcanzando siempre el éxito, pues uno y otros tienen que someterse a sus dictámenes.

San Isidoro define a los augures perfectamente en sus Etimologías:

Los augures son los que observan el vuelo y el canto de las aves, así como otras señales de las cosas o sucesos imprevistos que acontecen al hombre. Se los denomina también aúspices, pues los auspicios es lo que observan quienes emprenden un viaje. Se llaman auspicios como si dijéramos “observación de las aves”; y augurio, algo así como “parloteo de las aves”, haciendo naturalmente referencia al canto y lenguaje de las aves. De la misma manera augurio puede interpretarse como “avigerium”, “lo que las aves llevan”. Hay dos tipos de auspicios: uno que está relacionado con los ojos, y el otro que lo está con los oídos. Con los ojos, como el vuelo; con los oídos, como el canto de las aves.

Los galaicos practicaron entre otras técnicas adivinatorias los auspicios, observando a las aves. Los vascones tuvieron gran fama de agoreros al comienzo del Bajo Imperio, fama que conservarían durante la Edad Media. San Martín Dumiense (siglo VI) alude en general a las adivinaciones y a los augurios, frecuentes en su época, y en particular se refiere a la observación de las aves:

Diuinationes et auguria et dies idolum observare, quid est nisi cultura diaboli?... et alia diaboli signa per auicellos et stornutos et per alia multa adtentis.

En España, los augures fueron un tipo de adivinador habitual, son condenados en los concilios del 633 y 693, así como en el Fuero juzgo del 681. En la literatura medieval hispana (incluido el Poema del mio Cid) y en los documentos jurídicos son muchas las referencias que se hacen sobre ellos y sus prácticas. La intuición de los animales queda desmostrada en casos de catástrofes naturales (tsumanis, terremotos, volcanes, etc.) o no tan naturales (aullidos de perros o gatos antes de un accidente que provoca muerte, aparición de buitres, etc.), el augur trata de aprovechar con sus facultades este don de los animales. Es clara la antigüedad de los augurios en la Península Ibérica.