martes, 17 de abril de 2012

Los judíos en la España medieval II


2-Cristianos y judíos. Imposible convivencia armónica: La reconquista y la repoblación fueron factores de enorme importancia en el aumento y en la influencia social y política de la minoría judaica en los reinos cristianos. Si la reconquista se hubiera llevado a cabo despaciosa pero ininterrumpidamente y sobre un país sin despoblar cuyos moradores hubiesen seguido habitando las plazas conquistadas, los hebreos no habrían alcanzado el número y el relieve que lograron en León y Castilla y también en los otros estados peninsulares. Pero la reconquista se realizó a saltos y siguió a repetidos vaciamientos mas o menos intensos de la zona que de pronto caía en poder de los conquistadores, o los provocó en las tierras ganadas por la espada al obligar a sus moradores a abandonarlas y a emigrar. Esa conquista a saltos, precedida o seguida de la despoblación radical o de la merma intensiva de la población estable del país, creó en repetidas ocasiones la angustiosa precisión –y no hay hipérbole en el calificativo- de poblar, rápidamente, las regiones conquistadas a los moros.

En esas horas, cuando urgía volver a la vida grandes zonas despobladas y atraer pobladores a ciudades abandonadas hacia tiempo o que entonces quedaban vacías, el diablo en persona habría sido aceptado como repoblador, según he dicho ya dos veces. Alfonso VII llamó a Oreja a toda clase de delincuentes, homicidas y raptores e incluso a los incursos en la ira regia...; sólo a los traidores se negó la entrada. ¡Con cuanto mas placer se aceptaría como colonizadores a los laboriosos judíos y aun se les invitaría a acudir a la ciudad recién ocupada, ofreciéndoles solares y aun barrios enteros, otorgándoles garantías jurídicas y concediéndoles autonomía administrativa y judicial!

Por ello, cuando en la población tomada a los moros había de antiguo una aljama hebrea, lejos de perseguirla, se la mimaba, para que siguiese habitando en la plaza conquistada, junto a los nuevos pobladores cristianos de la misma. Atestiguan las dos realidades muchos fueros municipales –desde el de Castrogeriz (974) al de Carmona (1247) y los repartimientos de las grandes ciudades ganadas por Fernando III y por Jaime I durante el siglo XIII. El antisemitismo de la España almorávide –en el tratado sevillano Ibn ‘Abdun se equiparó a hebreos y leprosos- y las terribles persecuciones de los almohades movieron a emigrar a muchedumbres de judíos. Los reyes cristianos les abrieron las fronteras de sus reinos, gozosos de ver incrementar así la población de sus ciudades. Alfonso VII llegó a situar en Calatrava a Yehudá ibn Ezra, para canalizar la emigración hebraica a sus estados. El historiador judeo-español Abraham ha-Leví ben David afirma que le nombró gobernador, pero su testimonio es discutible. La legislación alfonsí prohibía a los judíos ejercer autoridad sobre cristianos y la situación fronteriza de la plaza, cuya defensa exigió en seguida la organización de una orden militar, exigirá ya su gobierno no por un almojarife sino por un hombre de armas.

En todo caso es seguro que desde el reinado de Alfonso VI, el conquistador de Toledo (1085), al de Alfonso VIII, el vencedor en las Navas (1212), entraron en Castilla millares y millares de judíos. Y su establecimiento en ella fue considerado tan beneficioso para el reino, que Fernando III obtuvo de Honorio III, en 1219, la anulación de la orden conciliar sobre las señales de los trajes de los hebreos, porque éstos habían amenazado con volverse a tierras de moros si eran forzados a llevarlas. Obligados los cristianos a la defensa de las ciudades que habitaban y a acudir a la hueste regia para proseguir la reconquista, las industriosas masas hebraicas podían prestar buenos servicios en la restauración económica de la comunidad. Grupos numerosos de cristianos fueron entregándose entretanto en las ciudades hispano-cristianas a las tareas de la paz y pronto constituyeron importantes núcleos de laboriosos menestrales. Los nuevos pobladores judíos y los viejos pobladores cristianos habrían podido vivir en amistosa convivencia orgánica. Sus diferencias religiosas no habrían bastado a alzar entre cristianos y judíos grandes sañas. Porque no vivían enfrentados en una gran pugna exclusiva y dramática; con ellos convivían también los mudéjares, y esa triple presencia de gentes de tres credos distintos habría a la postre suavizado las aristas de la natural oposición entre todas.

Pero esa pacífica convivencia fue imposible. Castro ha pretendido con error que los judíos ocuparon solícitos el lugar dejado vacío por los cristianos en la vida de la nación y que constituyeron la base económica de la sociedad medieval peninsular. No negaré yo que hubo muchos menestrales judíos en las ciudades españolas durante el medioevo; pero no podrá negar él que fueron minoría dentro de las masas industriosas e industriales de las mismas. En prueba de su aserto alega el número de trabajadores hebreos que aparecen en el inventario de los bienes de la catedral de mi ciudad de Ávila al comenzar el siglo XIV. He hecho publicar íntegramente ese inventario en los Cuadernos de Historia de España y en él es fácil hallar los nombres de muchísimos menestrales cristianos. Las firmes disposiciones de Fernando III, de Alfonso X y de Pedro I contra la formación de cofradías o gremios no habrían tenido razón de ser, si no hubiera habido una masa numerosa de trabajadores nacionales. Y los hubo en verdad, no mas pero no menos, eso sí, de los precisos para la satisfacción de las mínimas necesidades industriales de los núcleos urbanos y de sus extensos términos rurales; porque nunca conocieron los reinos cristianos –ni siquiera Cataluña- una industria de importancia.

Pero, con esas limitaciones, no hubo ciudad en que no existieran abundantes artesanos cristianos. Lo acredita la documentación de sus archivos a medida que va publicándose –ya en la Sevilla recién conquistada aparecen documentados menestrales cristianos de los mas varios oficios: sastres, zapateros, talabarteros, recueros, caldereros, albarderos, lorigueros, armeros, joyeros...- y lo acredita también la pugna misma que fue surgiendo en las ciudades entre judíos y cristianos, pues no fue iniciada por los caballeros ni por los labradores sino por los artesanos. Fue mucho mayor el desarrollo del comercio en todos los reinos cristianos españoles medievales y muy grande el de Castilla. Nadie podrá discutir las actividades mercantiles de los judíos en los centros urbanos de la Península. Pero a medida que pasaban las décadas crecieron intensamente las de los cristianos y en manos de cristianos españoles estuvo al cabo el comercio internacional, incluso el castellano; lo hemos probado por caminos distintos mis discípula María del Carmen Carlé y yo.

Es necesario rechazar la imagen de una minoría judaica realizando sin competencia tareas económicas, desdeñadas por las masas españolas, incapaces de interesarse sino por el integralismo y señorío de su persona. Hasta la paralización de la reconquista los cristianos pudieron vivir soñando en alcanzar la riqueza a punta de lanza. Después no. Y si por el lastre que ese largo soñar y conseguir dejó en la psicología peninsular –salvadas las naturales excepciones- nunca tuvimos durante el medioevo una industria digna de consideración y nunca llenaron con sus actividades económicas esa falla de nuestra vida nacional. La prolongación de esa realidad a lo largo de nuestro medioevo, es la mejor prueba de lo dicho. Si los hebreos se hubieran consagrado pacíficamente a la agricultura, a la industria y al comercio, nunca habrían surgido entre ellos y los cristianos los abismos o las montañas de odio que hicieron imposible su convivencia histórica. Entre los cristianos vivieron también masas numerosas de labradores, de artesanos y de comerciantes musulmanes y nunca hubo sañas entre ellos.

Sus relaciones fueron con frecuencia amistosas; según refiere la Crónica de la población de Ávila, los caballeros abulenses llegaron a armar a medio centenar de jinetes y medio millar de peones moros y a llevarlos consigo a pelear contra Jaime I de Aragón, a la sazón enemistado con su yerno, el castellano Alfonso X. Y las cortes, sensible barómetro de las apetencias, ilusiones, quejas y enemigas del pueblo, y gran amplificador histórico de la opinión pública de las masas populares, apenas alzaron protestas contra los industriosos y pacíficos mudéjares, que al cabo eran, sin embargo, nietos de sus encarnizados enemigos de la víspera. La convivencia entre judíos y cristianos fue siempre difícil y llegó a ser imposible porque los hebreos intentaron dominar, y lograron a lo menos explotar, al pueblo que les había dado asilo cuando, huyendo de las persecuciones que padecían en la Europa cristiana o en la España islamita, fueron admitidos en su seno.

Los documentos recogidos por Baer, completados con los últimamente publicados, permiten presentar el cuadro de las libertades y autonomías que los hebreos lograron en los reinos cristianos, a raíz de su emigración en masa a ellos durante el señorío almorávide y almohade de Al-Ándalus. Vallecillo Ávila ha estudiado no ha mucho el panorama de la situación jurídica y social de los judíos en León y Castilla, hasta la época de las grandes conquistas. Fueron equiparados legalmente a los pobladores cristianos de las ciudades, se les otorgó el mismo valor penal que a todos –a veces fueron protegidos con el peculiar de los nobles-, su testimonio tuvo la misma validez que el de los cristianos, juraban sobre la Tora, jueces hebreos juzgaban de los procesos civiles y penales que surgían entre los israelíes e incluso dictaban penas de muerte, y jueces de las dos religiones fallaban las causas entre judíos y cristianos. Sólo fue habitual prohibir que los primeros tuvieran autoridad sobre los últimos, señal clara de que pretendieron ejercerla. En ningún país de Europa gozaron los hebreos de una pareja equiparación legal con la población cristiana entre la que vivían, ni de una autónoma organización judicial y administrativa remotamente semejante a la que disfrutaban en la España cristiana y especialmente en León y Castilla.

Esa equiparación y esas libertades –resultado como queda dicho de las imperiosas necesidades de la repoblación- causaban enorme asombro a los judíos europeos que llegaban a la Península. Lo mostró muy explícito el rabí Asser al llegar a Alemania. Es posible que algunos de los hebreos que emigraron de Al-Ándalus lograsen salvar en el éxodo algunas de sus riquezas muebles, en particular sus joyas y sus metales preciosos. Pero es seguro que la gran mayoría llegarían a la España cristiana sin otro capital que el de sus posibilidades de trabajo. El cronista Abraham ha-Leví ben David dice que algunos de los judíos perseguidos por los almohades apostataron, pero otros “huyeron mal vestidos y descalzos”. El mismo cronista escribe de Yehudá ibn Ezra –como queda dicho, colocado por Alfonso VII en la plaza fronteriza de Calatrava para canalizar la entrada de judíos inmigrantes en Castilla-: “Sacó a los aprisionados a su costa..., en su casa y en su mesa encontraron mantenimiento los hijos del destierro; sació a los hambrientos, dio de beber a los que tenían sed y vistió a los desnudos; a todos los débiles se les condujo en bestias hasta que... llegaron a la ciudad de Toledo con honor, por causa de la reverencia y la prestancia que poseía en la España cristiana”.

Llegados los mas sin recursos, al cabo de unas generaciones hubo en todos los reinos cristianos peninsulares judíos fabulosamente ricos y gran número de judíos acomodados; empezaron a poseer gran cantidad de bienes raices y a amortizar la mayor parte del numerario del país y lograron ocupar puestos de mando en la vida política y fiscal del reino. Es posible comprobar incluso la rapidez de su enriquecimiento y de su ascensión social. Antes de que pasaran muchas décadas de su éxodo de Andalucía a Castilla, a fines del siglo XII –Alfonso VII murió en 1157- aparecen en tierras toledanas comprando y poseyendo heredades, otorgando préstamos usurarios, ejerciendo el almojarifazgo regio y adelantando fuertes sumas al monarca. Numerosos documentos mozárabes de Toledo de entre 1185 y 1210 ofrecen abundantes testimonios –si poseyéramos otros fondos diplomáticos cabría multiplicar esas informaciones- de la riqueza de los judíos de la ciudad y del ejercicio por ellos de la usura.

Esas escrituras acreditan la continuada adquisición de propiedades por Ibn Xuxán, almojarife de Alfonso VIII; y éste confiesa en su testamento deberle 18.000 maravedíes –a la sazón monedas de oro de gran tamaño, de excelente ley y de gran valor- que había recibido de él en préstamo. Ese rápido enriquecimiento de los judíos y su rápido trepar hasta las altas jerarquías gubernativas del reino constituyen la clave de las sañas con que pronto los gratificó el pueblo. Los hebreos emigrantes no se resignaron a vivir pacíficamente entre los cristianos como los mudéjares. De prisa aguzaron el ingenio para explotar y dominar a quienes los habían recibido entre ellos. No fue de los judíos toda la culpa. Al obligarlos a vivir a la defensiva en medio de masas hostiles, el destino los había forzado a desarrollar la fuerza de la razón, la astucia y el disimulo; una extraña capacidad de adaptación a las circunstancias históricas en que les tocaba vivir y un talento sutil para sacar provecho de cualquier flaqueza o de cualquier necesidad de sus dominadores. Y son muchos mil años para que una comunidad humana normal –y el viejo pueblo hebreo ha demostrado en el curso de los siglos una fuerza de pensamiento apenas igualada por los otros pueblos de la tierra- no llegue a articularse vitalmente conforme a las posibilidades de acción que la historia le ha impuesto.

Lo singular de la nuestra, durante el medioevo, facilitó la exaltación entre la grey hebraica de las condiciones temperamentales que mas podían conducir a la explotación y dominación de los cristianos, a cuyo amparo se habían acogido. Y temporalmente lograron su propósito, pero a costa de su persecución frecuente y de su final expulsión. En la España mora habían ya aprendido a explotar hasta el máximo de sus posibilidades las fallas que la contextura orgánica de los hispano-musulmanes brindaban a su ingenio. Habían aprendido medicina y con los médicos cristianos habían curado a los islamitas peninsulares. En el tratado de Ibn Abdun, donde se describe la vida en la Sevilla almorávide de principios del siglo XII, se execra el ejercicio de la medicina por los cristianos y los judíos.

Lo mejor sería no permitir a ningún médico judío ni cristiano que se dedicase a curar a los musulmanes, ya que no abrigan buenos sentimientos hacia ningún musulmán; que curen exclusivamente a los de su propia confesión, porque a quienes no tienen simpatías por los musulmanes, ¿cómo se les ha de confiar sus vidas?

No cabe dudar de que entre los mozárabes emigrantes al reino de León figurarían algunos capaces de ejercer la misma profesión practicada por sus hermanos en el Sur en competencia o en colaboración con los judíos. Pero llegaron éstos al Norte y el gusto snob de reyes y príncipes por las novedades foráneas –el mismo gusto snob de las aristocracias de todos los tiempos y países- los inclinó a solicitar los cuidados médicos judíos. Alfonso VI depositó ya la atención de su salud en uno de ellos, en Yosef ibn Ferrusel (Cidellus). Los hebreos comprendieron de prisa los horizontes que ese curar a los grandes cristianos les brindaba –como médicos podían ganar la intimidad y la confianza de quienes gobernaban los reinos hispanos. Muchos se consagraron a estudiar medicina o a fingir el conocimiento de la misma; poco a poco desplazaron a los cristianos de la práctica de tal profesión; y al cabo de los siglos casi monopolizaron su ejercicio en España.

Ese triunfo no habría logrado suscitar contra los hebreos la saña de las masas populares, pues suelen ésta padecer un incurable mimetismo y gusta de seguir las modas y los hábitos de las minorías dirigentes. A lo sumo les habría atraído la emulación de los cristianos que empezaran a estudiar medicina en las universidades que fueron creándose en los reinos hispanos desde el siglo XIII en adelante. En Al Ándalus los judíos estudiaron también astronomía. Sus esperanzas mesiánicas los movieron quizás originariamente a ello; queda dicho con qué exaltada ilusión trazaron cómputos y hasta se dejaron seducir por los anuncios astrológicos, en su desesperado anhelo de que con la llegada del Mesías terminara su cautiverio y llegara su reino terrenal sobre todas las naciones. Después hallaron en los estudios astronómicos, con sus deslizantes conexiones astrológicas, un camino para ganar la atención de los señores cristianos, su confianza y su influencia. Porque si en las estrellas estaban marcados los rumbos de la vida de los hombres –y eran legión en el mundo medieval quienes creían en ello-, los “estrelleros” podían descubrir sus destinos a los príncipes y a los grandes, y al socaire de sus presagios y anuncios optimistas o fatídicos era posible insinuarse en su voluntad y conseguir ricas tajadas de la riqueza nacional.

Y lograron sus deseos: Pedro III de Aragón tuvo por ejemplo a su servicio a un hebreo nigromántico; su tataranieto Juan I, a un astrólogo judío; el padre del Rey Católico, a otro; y como ellos, se sirvieron de estrelleros hebreos diversos reyes y magnates. Pero tampoco la astronomía pura ni la astronomía aplicada o astrología habrían concitado el odio popular contra los judíos. Físicos y estrelleros habrían logrado, al contrario, si no la simpatía, la benevolencia de las masas para los judíos, porque también el pueblo gustaba de cuidar su salud y de leer su porvenir en las estrellas. Algunas prácticas que el Talmud imponía a los judíos irritaban a los cristianos. El historiador hispano-hebreo Salomón ben Verga se hace eco por dos veces de tal irritación. “Yo juro por nuestro Salvador que me ha hecho rey –hace decir a un monarca de Castilla, probablemente a Alfonso XI- que una vez se encendió mi ira para exterminar el linaje de los judíos o para expulsarlos, a causa de que oí que si cae un animalillo en una copa de vino que está bebiendo el judío, arroja al bichillo y bebe el vino; y si por el contrario uno de nosotros ha tocado aquella copa, vierte el vino; por donde se ve que a sus ojos somos considerados como un pueblo inmundo”.

Y en la misma Vara de Judá se recogen las murmuraciones del pueblo contra el rey por tolerar tan injuriosa costumbre. El normal ejercicio de la industria y del comercio no les habría ganado sino, a lo sumo, la natural rivalidad de los menestrales y comerciantes no judíos. Pero sus empresas mercantiles no fueron siempre muy escrupulosas y ellas les acarrearon ya la enemiga del pueblo. En la España goda y en la musulmana se habían dedicado al tráfico de esclavos. El concilio X de Toledo les prohibió ejercerlo, pero después de la conquista árabe de España se consagraron a él libremente y en gran escala. Los importaban hasta de tierras eslavas –de los comprados en ellas procede el nombre que vino a sustituir al de siervo. Y llegaron en sus empresas hasta Polonia y Bohemia. Debemos las primeras noticias sobre tales países a un judío español, Ibrahim ibn Yaqub, el Turtusí, tratante de esclavos.

Los judíos hispanos hicieron algo mas. Dozy dio noticia de su próspero comercio de importación de eunucos. Los traían sobre todo de una horrenda “manufactura” de tal mercancía que existía en Verdún; y si importaban la primera materia humana aún no elaborada, se encargaban de prepararla los médicos hebreos de Lucena. También traficaron en Castilla. Después de la batalla de Uclés hubo en Toledo una matanza general de judíos. Parece muy dudoso que fuera ocasionada por haber atribuido los toledanos la derrota a la defección de los hebreos, porque no es probable que participaran en la lucha: Baer cree que los judíos nunca demostraron en la España medieval dotes militares; el historiador hispano-hebreo Salomón ben Verga reconoció dos veces en La Vara de Judá la cobardía de sus hermanos de raza; y cuando el duque de Medina Sidonia pensó establecer en Gibraltar a los judaizantes fugitivos de Sevilla, le representaron la inutilidad de aquella gente para la defensa de la plaza. Mas verosímil es que la matanza se debiera a la compra por los mercaderes judíos después del desastre, en el mismo campo de batalla, de los cristianos cautivados por los almorávides y por ellos vendidos como esclavos.

Sabemos a lo menos por Al-Maqqari que después de la rota de Alarcos, de 1195, muchos judíos compraron en el teatro de la lucha los guerreros castellanos caídos en poder del enemigo, naturalmente para venderlos con ganancia en los mercados andaluces. Esta presencia de los hebreos mercaderes en los campos de batalla, como predecesores de los cuervos que tras ellos caían sobre los malheridos o los muertos, no era demasiado a propósito para conciliar a los judíos las simpatías populares. Tampoco pudo serlo su actuación como revendedores, siempre encarecedores de los alimentos y el vestido; ni su aprovechamiento de las ocasiones que se les presentaban para practicar el agio y hacer subir las provisiones, mientras los cristianos peleaban con los moros. Por el Fuero de Usagre sabemos que se dedicaban a acaparar pescado los viernes –día de vigilia en que los cristianos debían comerlo-, sin duda para elevar el precio.

De la compra por los tenderos judíos a los mercaderes cristianos de diversos productos, “para rreunder e ganar con ello”, da noticia el ordenamiento de las Cortes de Burgos de 1367; los procuradores se quejaron además a Enrique II de que los revendedores hebreos compraban a crédito y de que luego hacían “muchas encubiertas... por no pagar las debdas” –los pagarés diríamos hoy-, “e por eso los mercaderes... auien perdido en pierden todo quanto les ffiauan”. Y de sus especulaciones en casos de guerra, especulaciones que provocaban el alza del coste de la vida, sabemos por una prohibición de los regidores de Burgos de 2 Marzo de 1484; abiertas ya las hostilidades con Granada, ordenaron que ningún judío comprase; vendiese o trocase “cosas algunas de mantenimiento para las tornar a revender”. Fueron sin embargo su creciente y desaforado enriquecimiento y su rápido y continuado trepar a cargos de confianza en la administración pública, los que encendieron el fuego de la saña popular contra los hebreos, en la España islamita primero y en la España cristiana después. Porque se enriquecieron a costa de la miseria del pueblo y por añadidura le trataron con altivez y orgullo, desde los puestos de confianza que ocuparon cerca de los sultanes del sur y de los reyes del norte.

Pero otra vez quiero hacer justicia a los judíos descargándolos de una parte de responsabilidad en su explotación y señoreamiento de las masas populares cristianas. Por un extenso círculo se persiguieron durante siglos, en vertiginosa carrera, apremios, necesidades, ambiciones, violencias y sañas. La lucha contra el moro requería fuertes sumas porque era preciso pagar soldadas a los guerreros profesionales mas eficientes, los infanzones o hijosdalgo –he demostrado tal precisión al estudiar el régimen vasallático beneficial castellano- y era también preciso aprovisionar a todo el ejército, en su mayor parte sólo obligado a acudir a campaña con pan de tres días –véanse el estudio de Palomeque sobre el ejército castellano y los fueros municipales de las dos monarquías. Las singularidades de la organización militar de los reinos cristianos de España encarecían extraordinariamente la guerra.

Se han estudiado las gloriosas jornadas que llevaron a Aragón hasta Valencia y Mallorca y a Castilla hasta Murcia y Sevilla; nadie se ha parado a calcular las inmensas sumas que costaron esas campañas iniciadas con la batalla de las Navas de Tolosa. Y los gastos aumentaron en seguida cuando necesitaron armar o costear escuadras: Aragón para su expansión por el Mediterráneo y Castilla para cortar el paso del Estrecho a las huestes africanas. Se nos ha conservado el presupuesto de lo que podría costar el sitio de Algeciras durante medio año, presupuesto elevado a Sancho IV poco antes de su muerte, por Juan Mateo, su camarero mayor, y por Ferrand Martínez, su “chanceller de la poridat”. Calcularon ambos que solo para pagar la flota y los “ingenios” serían necesarios poco menos de dos millones de maravedís; y sus cálculos fueron enormemente superados por la realidad, cuando Alfonso XI sitió Algeciras desde agosto de 1342 a marzo de 1344.

Sí; la lucha contra el moro exigía sumas colosales. De las páginas de las crónicas brincan datos precisos: de la angustiosa situación financiera en que los reyes se hallaban con frecuencia en muchas de sus campañas, y del fracaso de algunas por falta de recursos. Sólo la cuantía enorme de sus gastos de guerra explica las contribuciones extraordinarias exigidas por los reyes a las iglesias de sus reinos –Alfonso VII tomó varios miles de doblas del tesoro del Apóstol, Alfonso VIII recaudó el tercio de todas las rentas eclesiásticas en vísperas de las Navas, Sancho IV requirió con violencia fuertes cantidades a todos los obispos del reino para hacer frente a los Benimerines... Y también necesitaron los reyes sumas enormes para comprar la lealtad de los inquietos y rebeldes magnates durante las largas y difíciles guerras civiles que agitaron Castilla en la tardía Edad Media, el Padrón de Huete de 1291 señala una parte de las soldadas que percibían los nobles castellanos en tal fecha.

Apremiados por tales angustias de dinero, los reyes no podían sentir demasiados escrúpulos para aprovechar al máximo la capacidad tributaria de su pueblo y en particular la que les ofrecían las riquezas de la grey hebraica. Convertidos los judíos en agentes fiscales de los príncipes por obra de una serie de infelices coincidencias históricas que estudiaré después, bajo el regio patrocinio los judíos explotaron por duplicado a los cristianos. Por duplicado, porque les tomaban con creces los tributos que recaudaban para el erario y porque, para levantar sus propias cargas tributarias sin merma de sus fortunas, aumentaban ellos los intereses usurarios o las ganancias comerciales que obtenían de las masas adoradoras del Crucificado. Y esas masas al sentirse doblemente apremiadas por los hebreos recaudadores y por los hebreos prestamistas y comerciantes, les regalaban con una saña creciente, gritaban al rey sus agravios y, en cuanto flanqueaba la regia autoridad, entraban a saco en las juderías y hasta se daban el placer de ensangrentarlas.

Eso hicieron los hombres de Castrogeriz al morir Sancho III el Mayor en 1035; los de Castrogeriz, Cea, Carrión y Valle de Anebra, a la muerte de Alfonso VI en 1109; los de Astorga, Mayorga, Benavente, Toro, Zamora, Salamanca, Granadilla y Ciudad Rodrigo en 1230, el día en que murió Alfonso XI de León; los de Navarra en 1327, durante el interregno que siguió al fallecimiento sin hijos de Carlos IV de Francia; y los de Andalucía y de España toda, poco después de morir Juan I de Castilla, en 1391. “Daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él...” Como en una carrera de galgos la liebre mecánica avanza, siempre inalcanzable, aumentando la velocidad de los sabuesos corredores, así los crecientes gastos de la guerra –de la guerra contra el moro y de las guerras civiles- aceleraban la veloz carrera en que unos tras otros avanzaban, como galgos jadeantes, necesidades, exigencias, abusos, extorsiones, odios: del rey, de los caballeros, de los judíos y del pueblo.

El rey no podía interrumpir la lucha; un desmayo o una pausa podían comprometer el esfuerzo de un siglo o podían hacer perder la mas promisoria ocasión de una centuria. Y tras los apuros fiscales de los príncipes corrían, raudos, la insaciable ambición de rentas y señoríos de los nobles, los brutales abusos y extorsiones de los judíos y las feroces sañas del pueblo. En la multisecular carrera fue el pueblo el único que no obtuvo compensación a sus sacrificios. Los reyes vieron crecer las fronteras de sus reinos a la par que aumentaba su fuerza política en Europa. Los nobles se embolsaron lindamente las soldadas que percibían y acrecentaron su poder señorial con los despojos territoriales ganados al Islam. Una oligarquía hebraica se enriqueció fabulosamente con los arrendamientos de los impuestos y con sus préstamos usurarios y con su comercio al menudeo. El pueblo cristiano tributario consiguió, sí, libertades personales y nuevos hogares en las tierras recién conquistadas a los moros, cuando hubo de soportar la triple succión: de la ventosa señorial –los reyes concedieron a las dos aristocracias clerical y nobiliaria el señorío de cada vez mayor número de poblaciones y lugares; de la ventosa fiscal –los tributos crecían y crecían sin cesar; y de la ventosa de la usura judaica –de la que jamás pudieron liberarse-, porque “los malos años”, frecuentes en León y Castilla, obligaban a caer en las garras de los hebreos a labradores, menestrales y merchantes.

Pero si el rey y el pueblo estaban en el juego por ley del destino, los hebreos habían entrado en él voluntariamente, movidos por su devoción hacia los bienes materiales –obsérvese el orden valorativo con que el piadoso rabí español Abraham ben Salomón de Torrutiel enumera las pérdidas sufridas por algunos de los judíos expulsados de España: “Muchos –dice- se dirigieron al reino de Portugal, bajo el poder del rey don Juan hijo del rey don Alonso, y allí dejaron sus bienes, su plata y su oro, los hijos y las hijas” –devoción que las masas populares peninsulares calificaban de codicia. De haber sido otro temperamento de los judíos, habrían podido vivir como en los primeros siglos de la reconquista, ni envidiados ni envidiosos. Pero la ambición los movió a entrar en la carrera de apremios, exigencias, abusos y extorsiones que llenó la historia de los reinos cristianos españoles. El pueblo vio crecer el contraste entre su pobreza y la riqueza de los hebreos y entre su humillación y el poderío de sus explotadores.

¿Cómo no había de sentir creciente cólera y creciente odio contra el gremio de los recaudadores y de los usureros judíos, mimados por los reyes, enriquecidos a su costa y a los que veía vivir con lujo sólo equiparable a su miseria? ¿Miseria? ¿Lujo? ¿Protección regia? Cuando se estudie el régimen dietético de las masas populares causará asombro cómo pudieron sobrellevar el hambre crónica. Recuerdo algunas noticias sobre lo que comían los labriegos castellano-leoneses en los días que prestaban sernas, es decir, en los días que trabajaban las tierras del señor y eran por él alimentados –de ordinario recibían pan, vino y condimento para el primero; a veces algunas porciones de queso, y sólo muy excepcionalmente algo de carne –y cabe sospechar que a diario comerían mucho menos. Robos de quesos por gentes de condición humilde atestiguan lo imperioso de su necesidad; sólo ésta podía moverlas a correr los peligros que sus hurtos solían suscitarles. Mucho debía apremiar el hambre a algunas mujerucas de tierras burgalesas para prestarse a ser alcahuetas de los arciprestes por unos celemines de trigo; sabían que de ser descubiertas –alguna lo fue según nos cuenta el Libro de los fueros de Castilla- eran terriblemente castigadas.

Documentos de Celanova de hace un milenio han conservado testimonio de una Casa de Pinna que en los años malos otorgaba renovos –es decir préstamos- a desdichados campesinos que acababan cediendo sus tierras al cenobio citado y convirtiéndose en sus colonos, para poder pagar sus deudas. ¡Los años malos! Los frecuentes y terribles años malos en que la sequía prolongada, la helada a destiempo, el granizo primaveral, la tronada antes de la recolección, una epidemia del ganado... sumían en la miseria a zonas diversas del reino y aun al reino todo. ¡Y todavía los había peores! Los años en que los musulmanes entraban el país a sangre y fuego y quemaban mieses y viñedos, incendiaban frutales, olivos o encinares, robaban ganados, destruían caseríos, aldeas y hasta villas, y condenaban a empezar de nuevo su vida a los moradores en la región visitada por sus huestes –después de la derrota de Alarcos (1195) fue arrasado el valle del Tajo y fueron combatidas Trujillo, Talavera, Escalona, Madrid, Guadalajara... Y los años de discordia civil, en que los magnates castellanos producían en el reino daños semejantes y hambres parejas a las provocadas por los guerreros musulmanes –en las Cuentas de Sancho IV (1292-94) se da noticia de varios pueblos en que no se pudo recaudar ningún tributo, porque habían sido quemados.

El cielo, el suelo y los hombres hicieron en la España medieval áspero y duro el diario existir y llegaron a hacerle terrible y cruel en los años pésimos –algunos anales hablan de los “años inicuos”. Los publicanos y los usureros judíos vinieron a agravar tal situación. Con la ayuda de los reyes. Porque éstos no se limitaron a entregar a los hebreos el arriendo de las rentas del erario, para explotar al máximo la capacidad tributaria del pueblo y poder defenderse de la turbulenta aristocracia y de los asaltos del Islam africano y español. Ganados por la magia de la influencia que los judíos ejercían sobre ellos, colaboraron a su enriquecimiento a costa de las masas populares. A fin de obtener la votación de nuevos recursos fiscales cedían, a veces, a las peticiones de las cortes contra usureros y publicanos, pero nunca hacían luego cumplir las leyes dictadas a petición de los procuradores; y recaudadores y prestamistas seguían cometiendo los abusos y extorsiones acostumbrados.

Algunos soberanos, como Alfonso X y Sancho IV, entregaron a los arrendores judíos derechos de pesquisa y castigo sobre los ciudadanos todos del reino, desde los caballeros a los clérigos. Y otros llegaron a favorecer a los usureros: Fernando IV prohibió a los canónigos de Toledo, so pena de la vida y de confiscación de bienes, excomulgar a los hebreos prestamistas siguiendo órdenes del Papa; y en su tiempo, probablemente ante la resistencia de los cristianos de Miranda a pagar sus deudas a los judíos, se negaron éstos a satisfacer sus impuestos, y los preceptores recibieron órdenes de cobrar los tributos de la aljama embargando, no a los hebreos, sino a sus deudores. Alfonso XI dictó una cruel ley contra los cristianos que debían dineros a los judíos y pospuso de ordinario la miseria del pueblo a las quejas de los hebreos que declaraban no poder pagar los tributos por no poder cobrar sus créditos contra los cristianos. Y Baer ha publicado una carte de Juan I de Aragón a Juan I de Castilla, fechada en 1387, solicitando su ayuda para que dos judíos de la familia de los Leví burgaleses cobrasen los créditos que poseían sobre dos pueblos castellanos. ¡Miseria del pueblo! ¡Lujo y orgullo de los judíos! ¡Usureros y publicanos hebreos! ¡Regia protección a la minoría inasimilable, odiada por sus vasallos cristianos! Veamos.