martes, 17 de abril de 2012

Los judíos en la España medieval V

5-Riqueza, orgullo y poder hebraicos: Durante el medioevo ningún español dejó de aspirar a hacer fortuna. Pero mientras en los cristianos esa aspiración se entrecruzaba con otras muchas apetencias que constituían otros tantos cauces para el derramar de su vitalidad, en la casi totalidad de los judíos el deseo de enriquecerse se convertía en meta esencial de su existencia y en radical diana de sus actos todo. Esa hipertrofia de su apetito de riqueza se producía a costa de la depresión de todas las posibles proyecciones de su alma. Interesaban a ésta demasiado los resortes por los que podía conseguir el logro de su anhelo de poder y las emanaciones lógicas del medro conseguido: el orgullo de su nueva posición social, su altanero placer de hacerse adular, el lujo con que exteriorizaban la fortuna granjeada y su osado enfrentamiento de la fe y del culto cristianos. No es difícil adivinar la resaca de odios que había de suscitar la unívoca inclinación de los judíos españoles hacia los bienes materiales. Las cortes obtuvieron de Alfonso X en 1253 y 1268 la orden de que no pudieran ser prendados los bueyes y los aperos de labranza de los campesinos ni destejadas sus casas ni arrancadas las puertas de las mismas, a fin de evitar que los recaudadores de los impuestos los tomaran en prenda para cobrarse en ellos sus cuotas tributarias. Pero la pobreza de los labradores llegó a ser tal que, como acabamos de comprobar, en bastantes lugares los preceptores de las rentas reales no hallaban qué prendar. La situación de los pecheros se agravó cuando los cogedores judíos al servicio de los judíos arrendadores reemplazaron a los cogedores cristianos.


A veces los contribuyentes resistían o burlaban el pago: en una ocasión –reinando Sancho IV- sólo gracias a la ayuda de los alcaldes pudieron los agentes fiscales percibir los impuestos en Ávila; y en otra –durante el reinado de Juan II- los campesinos abulenses quemaron sus eras para que los recaudadores no pudieran tomarles su trigo. Y a fin de librarse de la opresión fiscal los pecheros aprovechaban cualquier ocasión para alcanzar un privilegio de hidalguía, aunque tuvieran que seguir practicando oficios humildes –por ello aparecen hidalgos como mozos de mulas en las huestes de Enrique IV el Impotente. Mientras los pecheros eran explotados y arruinados por los agentes fiscales y mientras caballeros, menestrales y labradores dejaban entre las garras de la usura sus bienes, sus bestias de trabajo y hasta sus propios vestidos, año a año crecía la riqueza de las comunidades hebraicas peninsulares. Queda dicho que es posible seguir en los documentos mozárabes de Toledo, de fines del siglo XII, el enriquecimiento continuo de Ibn Xuxan, almojarife de Alfonso VIII; y esas escrituras solo han guardado memoria de una parte pequeña de los negocios jurídicos de los toledanos, puesto que se refieren a los realizados por la minoría que había permanecido fiel a Cristo desde la conquista de Toledo por los musulmanes en 711.

Sabemos qué fortuna amasó don Çuleman Pintadura en unos veinticinco años. Sevilla se vació en 1248 y Alfonso X en 1274, al morir su almojarife, donó a la iglesia sevillana –ignoramos qué pudo ocurrir para que el rey dispusiera de las propiedades del muerto- los siguientes bienes de don Çuleman: “El Alcaria que dicen Ayelo que es carrera de Heznalcaçar, et otra Alcaria que dizen Puslena, et las ataffonas que son a sant Nicolás de Seuilla ala cal de Rodrigo Alfonso, et un fforno que auie que es entre la puerta de Goles, et la de biua ragel, entre el muro et el Rio”. Y el rey Sabio dio a su portero mayor de Castilla, Juan Alfonso de Areniellas, las casas bienes y bodegas que don Çuleman poseía en Écija. Si poseyéramos abundantes documentos privados no eclesiásticos de los siglos XII al XV, podríamos multiplicar estos ejemplos. Consta a lo menos que allegaron inmensas fortunas: don Samuel ha-Leví, tesorero de Pedro I, a quien éste tomó cientos de miles de doblas –luego registraré la cuantía exacta de los bienes que le fueron confiscados- y don Yuçaf Pichon, tesorero de Enrique II, que en veinte días pagó al rey una multa de cuarenta mil doblas de oro, doble cantidad de la que redujo a la miseria a la judería de Toledo, como luego veremos. Mediante la honesta recaudación de los impuestos, cualquiera que fuese el legítimo beneficio de ella obtenido, nadie habría podido alcanzar rápidamente tantas riquezas.



Solo mediante extorsiones y abusos podían los publicanos judíos enriquecerse fabulosamente. Ese enriquecimiento de los almojarifes hebreos fue paralelo y sincrónico del también documentable de los hebreos usureros. Gracias a los documentos mozárabes de Toledo conocemos, por ejemplo, la cuantía de los beneficios obtenidos en las postreras décadas del siglo XIII por muchos prestamistas judíos de la ciudad, miembros de las familias mas ilustres de la aljama toledana: los Nehemías, los Barchilon, los Estaleha, los Banu Ziza y los Xuxan. Los vemos también devorar en colaboración la fortuna de sus deudores convecinos y la de sus fiadores. E investigadores de los archivos de protocolos, de diversas poblaciones de Aragón y de Andalucía, brindan cada día nuevos datos sobre los sustanciosos negocios crediticios de los hebreos de los siglos XIV y XV. El gran historiador judío contemporáneo Baer reconoce que familias hebreas arrimadas a la corte y beneficiadas por concesiones, monopolios, inmunidades y exenciones, llegaron a ser poderosas y a constituir una verdadera oligarquía. En esa aristocracia, dueña de las riquezas –escribe Millás y Vallicrosa siguiendo a Baer-, hacía estragos el averroísmo o racionalismo filosófico, tal como era profesado por los mas extremados seguidores de Maimónides. “El contenido bíblico quedaba [en ellos] reducido a un simple deísmo y lo demás se explicaba por un simbolismo alegórico; la linea moral se deprimía... vivían su vida de placeres en tratos inclusive con siervas o mancebas moras o cristianas”.



El diván poético, no hace mucho descubierto, de Todros Abulafia –uno de los agentes fiscales de Alfonso X y de Sancho IV-, es testigo elocuente y fiel, según los hebraístas, del epicureísmo escéptico y de la acomodaticia moral de la clase pudiente judía. Y es seguro que en cada ciudad o villa del reino –los hebreos no solían vivir en las aldeas, entre los campesinos- se destacaría también el grupo hebreo enriquecido. Esa oligarquía hebrea hacía ostentación de gran lujo, se hacía servir por cristianos; y algunas de sus mas prepotentes figuras, incluso por nobles. En la crónica de Alfonso XI se lee :”aquel don Juzaf de Écija... que era almojarife del rey, traía gran facienda de muchos caballeros e escuderos”, y Salomón ben Verga escribe de él: “Tenía por ministros a los hijos de los nobles, los cuales comían a su mesa, gozaba del servicio de carruajes y caballos y cincuenta hombres le abrían paso en su marcha”. Al conocer la conversión al cristianismo del rabino burgalés Salomón ha-Leví –Pablo de Santa María-, su discípulo y amigo Josué ha-Lorquí, luego también converso –Jerónimo de Santa Fe-, escribió a su maestro una larga epístola en que trataba de inquirir las causas de su mudanza; recueda en ella su última visita a Burgos y dice: “Por aquel entonces ya habías comenzado a ocuparte en los asuntos de estado y a proporcionarte carroza, caballos y escolta especial”.



El Canciller Ayala describe así la caída del almojarife de Pedro I: “mandó prender en Toledo a Don Simuel el Levi su Tesorero mayor e su privado, e del su consejo: e fueron presos él e sus parientes en un dia por todo el Regno. E ovo del e Rey grandes tesoros, asi luego de los que falló en Toledo, como después por tiempo. E segund se sopo por verdad, fueron falladas estonce a don Simuel en Toledo ciento e sesenta mil doblas, e quatro mil marcos de plata, e ciento e veinte e cinco arcas de paños de oro e seda, e otras joyas e ochenta moros e moras e moreznos [esclavos]. E ovo el rey de sus parientes de don Simuel trescientas mil doblas”. Con esa fortuna bien podía un almojarife real tener séquito de caballeros y escuderos –entre los que formaban el séquito de don “Juzaf” de Écija figuró el futuro Maestre de Alcántara, Gonzalo Martín. Pero si el rabino y luego obispo de Burgos, apenas iniciado en los asuntos de Estado, tenía ya carroza, caballos y escolta especial, es seguro que no sería menor el fasto de los aristócratas judíos que en todo el reino –recordemos el caso de los parientes del suave y melifluo don Samuel ha-Leví- se enriquecían a costa del pueblo.



El historiador judeo-español Salomón ben Verga reconoce el lujo desplegado por los hebreos peninsulares y confirma con su testimonio las acusaciones de las cortes. Hace al sabio Tomás decir al rey estas palabras: “Cuando los judíos entraron en vuestros dominios venían como siervos y desterrados, vestidos de andrajos, y continuaron muchos años sin vestir trajes preciosos y sin mostrar deseo alguno de ensalzamiento sobre los demás... y en aquel tiempo en que los judíos no despertaron la envidia del común del pueblo, fueron queridos por éste. Mas al presente los judíos se engrandecen; en cuanto uno de ellos posee 200 doblones, trata en seguida de vestirse con trajes de seda y a sus hijos de vestidos recamados, cosa que no hacen los nobles aunque tengan una renta anual de mil doblones”. Mientras fuera de España los judíos estaban obligados a vestir ropas especiales o a llevar señales sobre sus vestidos, en las Cortes de Jerez de 1268 Alfonso X trató de limitar el lujo de los hebreos castellanos mediante este precepto: “Ningunt judio non traya penna [piel] blanca, nin çendal, nin çapatos escotados en ninguna guisa, nin silla dorada nin argentada, nin freno dorado nin argentado, nin espuelas doradas nin argentadas, nin calças vermejas, nin pannos tintos en pennas blancas con perfil de nutria, et non vistan escarlata nin naranje, nin penna vera, nin armiño trayan, nin cuerdas con oro, nin orofres, nin çintas nin tocas con oro, nin çueco, nin çapato dorado, nin bocas de mangas con oro nin con seda”.



Junto a la riqueza y al fasto de los aristócratas judíos el pueblo topaba con frecuencia con el inmenso poder y con el orgullo y la osadía que habitaban en sus ciudades. Apenas subido al trono Alfonso X hubo de conminar a los judíos de Badajoz a pechar al concejo las oncenas del producto de sus ventas, porque se negaban a ello. En 1285 Sancho IV, ante las quejas del concejo de Burgos, ordenó se hiciera pagar a los judíos por las heredades pecheras que comprasen, como solía hacerse en los reinados anteriores; y en 1295 mandó a los alcaldes, jurados, jueces... del obispado de Ávila que obligasen a los judíos a dar diezmo del pan y del vino por los bienes comprados a los cristianos, pues durante la vacante de la mitra no lo habían pagado. En 1301 Fernando IV, que había otorgado a la ciudad de Burgos 12.000 mr de la renta real de la aljama judía a cambio de Montes de Oca, donado por él a doña Juan Núñez de Lara, mujer del infante don Enrique, avisado de la resistencia de los hebreos a pagar al concejo, dispuso cómo habían de ser compelidos a cumplir su mandato.



Castro ha registrado una serie de casos en que judíos aragoneses y catalanes se atrevieron a lanzar terribles blasfemias: En 1305 Açaç ben Çalema escarneció a Cristo e irritó a los cristianos diciendo: “adorades e tenedes por fillo de Dios omne concebido e feyto en adulterio”. En 1318 Lope Abneseyl fue acusado de injuriar a Dios, a la Virgen y a los santos. Antes de 1356 David de Besalú fue condenado por proferir palabras injuriosas contra la fe cristiana. En 1367 estaba detenido en la cárcel de Mallorca Isaac Analde por haber blasfemado de la Virgen. No se que fe puede otorgarse a las repetidas acusaciones de sacrilegios con hostias consagradas y veneradas imágenes que se lanzaron con frecuencia contra grupos de judíos peninsulares a lo largo de los siglos; pero ante estos casos de terribles blasfemias que documentos publicados por Baer acreditan, no creo lícito negar de modo tajante lo fundado de algunas de ellas. No olvidemos que los menestrales y comerciantes judíos hacían ostentación de no respetar el domingo –las Cortes de Valladolid de 1351 pidieron a Pedro I que se les obligara a trabajar a puertas cerradas, y el concejo de Huesca ordenó otro tanto en 1449. Y hasta 1486 los recaudadores judíos de Castilla se negaban a firmar las escrituras de liquidación de rentas, si los escribanos las fechaban consignando el año en que se redactaban.



Sólo respaldados por el omnímodo poder de los suyos, protegidos por los reyes y los grandes podían los hebreos de las aljamas mostrar tal osadía. Era grande el orgullo de los judíos españoles. Mosé Arragel de Guadalajara, traductor de la Biblia al castellano, dijo a su mecenas don Luis de Guzmán, Maestre de Calatrava, que los hebreos de Castilla “fueron los mas sabios, los mas honrados, que quantos fueron en todos los reinos de la su transmigración (sic), en quatro preeminencias: en linaje, en riqueza, en bondades, en ciencia”, y añadió: “e por su dotrina oy son regidos los judios en todos los reynos”. El mismo maestre censura a Mosé Arragel por “su mucha altividad y soberbia”. Y Salomón ben Verga, en su Vara de Judá, escribe: “Es reconocido por todos que los judíos son los mas inteligentes y astutos de todos los pueblos”. Los soberanos de Portugal, Castilla y Aragón, y los infantes y grandes de sus estados dieron pábulo al acrecentamiento de ese orgullo, y a su proyección social, con sus favores y mercedes a los hebreos y con los cargos de confianza que les otorgaron. El historiador Salomón ben Verga hace decir al sabio Tomás: “son odiados por el bajo pueblo, y esto último tiene su razón justificante: los judíos son soberbios y apetecen siempre mando: no piensan que ellos son unos pobres desterrados que andan echados de nación en nación”.



En otro lugar de la Vara de Judá escribe: “Por causa de su orgullo llegaron los judíos en la ciudad de Toledo a tan gran dominio que herían a los cristianos y se atrevían sus propios magnates a pregonar que el judío que hiriese a un cristiano fuese juzgado por su propia ley judaica”. Y entre las siete causas que señala a la gran cólera de los españoles contra los hebreos: “La sexta –dice- es la soberbia, pues se envanecieron algunos de nuestro pueblo y pensaron mandar sobre los cristianos, los habitantes del país, siendo éstos los señores”. Tenían razón los judíos hispanos para tal ensoberbecimiento. Reyes y grandes los mimaban. Desde Alfonso VI en adelante fueron sus consejeros los mas escuchados. Cuando los nobles decidieron la conveniencia de casar a la infanta heredera doña Urraca con Alfonso el Batallador de Aragón, no se atrevieron a declarar directamente al rey su parecer; pidieron al físico y privado de Alfonso VI, Yosef ibn Ferrusel, que le transmitiera su consejo. Y, desde entonces, la extraordinaria ductilidad de su mente y la asombrosa ductilidad de sus maneras dieron a los judíos una tremenda influencia cerca de monarcas y magnates.



La cancillería aragonesa conocía bien esa influencia; se han conservado la minutas de cartas archiamables dirigidas a los almojarifes y físicos de los reyes de Castilla por los soberanos de Aragón, cuando trataban de negociar asuntos de interés en la corte castellana. El 19 de octubre de 1329 Alfonso IV de Aragón escribía a don Yuçaf de Écija: “Don Alfonso rey de Aragón a vos don Juceff de Ecija, almoxariff del muy noble rey de Castiella, salut como aquel que queremos bien et de quien mucho fiamos. Facemos vos saber, que agora destos dias nos vino un accident de enfermedat, mas, loado sea Dios, somos guarido bien. E enviamos vos lo decir, porque sabemos, que vos place de nuestra salut e buen estado. E porque sabemos, que vos place de nuestra salut e buen estado. E porque queriamos tomar algun placer con aquellos juglares del rey de Castiella, que eran de Tarraçona, el uno que tocava la xabeba et el otro el meo canon, vos rogamos, que quisedes, quel dito rey nos enbie los ditos juglares, e gradecer vos hemos mucho, e vos, que nos end faredes servicio”. ¿Cómo no habían de ensoberbecerse quienes así eran tratados por los mismos reyes cristianos? Don Yuçaf se atrevió a pedir a Alfonso IV que mandase librar a los judíos aragoneses de llevar señales en sus trajes. ¿A que no se atrevería cerca de su soberano, el rey de Castilla, y qué no conseguiría de éste, cuando el aragonés se dirigía a él como queda copiado?



Formaban parte del consejo real; lograron que Fernando IV y Alfonso XI enfrentaran órdenes pontificias –en casos que quedan antes registrados- no obstante la habitual sumisión al papado de la realeza castellana; consiguieron que los reyes rechazaran mas de una vez las apremiantes y machaconas peticiones de las cohortes contra las deudas judiegas y luego contra su presencia en la corte; salvaron a la grey hebraica de la amenaza de expulsión que se cernió sobre ella a mediados del siglo XIV; obtuvieron autorización para construir cuantas sinagogas les vino en gana –en Sevilla había veintidós sinagogas en 1391- y disposiciones legales a favor de su ortodoxia y de su culto –las señalaré luego; mantuvieron en vigor la jurisdicción criminal de los jueces judíos hasta 1379; lograron a veces medidas favorables a los usureros suyos- de Fernando IV y de Alfonso XI, como queda indicado –y, siempre, que no se cumplieran las medidas dictadas contra ellos por todos los reyes a petición del pueblo; consiguieron –caso único en Europa y aun en España- que sus hermanos de fe prosiguieran exentos de llevar sobre sus vestidos los odiados signos que atestiguaban su estirpe; y alcanzaron de continuo la protección regia contra los desafueros de las masas populares.



No ha sido nunca fácil el oficio de privado. Ha requerido siempre, con dotes de inteligencia, tanta obsecuencia como astucia y el dominio de magias o virtudes reverenciadas por el príncipe, o de técnicas y saberes por él estimados o complementarios de los por él poseídos. Los privados judíos a veces iniciaron la captación de la voluntad de los monarcas durante su niñez o en los años tempranos de su adolescencia –tal hicieron don Simuel de Bilforado con Fernando IV, don Yuçaf de Écija con Alfonso XI y don Samuel ha-Leví con Pedro I. Ejercieron profesiones o poseyeron artes o ciencias capaces de atraer el interés de los príncipes- Yosef Ibn Ferrusel y Samuel Abenhuacar fueron médicos, Yuçaf de Écija fue hábil músico, Samuel ha-Leví fue astrólogo. Tuvieron ingenio sutil y gran suavidad de maneras y supieron ganar a cada rey con la obsecuente adulatoria miel de sus labios y sirviendo sus entusiasmos o explotando sus flaquezas.



Conocieron bien la vanidad y el gusto por el saber del Rey Sabio y colaboraron en sus empresas de cultura y le halagaron con la iniciativa de marcar en su reinado el comienzo de una nueva era. Ante la ira de Sancho IV, se prestaron a llevar cartas amenazadoras contra los prelados del reino. Ayudaron a doña María de Molina y a Fernando IV en sus angustias fiscales. El ímpetu guerrero de Alfonso XI los movió a concederle fuertes sumas de dinero para sus campañas. Y procuraron grandes tesoros y adularon con inscripciones laudatorias a Pedro I, para satisfacer su codicia desenfrenada de riquezas y su áspero orgullo. Y con la voluntad regia supieron siempre ganar la voluntad de los grandes señores: la de don Lope de Haro, exultante de poder, con los recursos financieros precisos a su empresa; la de don Juan Manuel, que veía traidores por doquier, con una acrisolada lealtad; la de don Luis de Guzmán, Maestre de Calatrava, sirviéndole en sus aficiones literarias y prestándose incluso a ilustrar con figuras humanas la versión castellana de la Biblia... Y no dejaron de adularlos sin escrúpulos: Mosé Arragel dijo al Maestre de Calatrava que los judíos de Castilla habían sido los mas ilustres y sabios del mundo “memorando la magnificencia de los sus señores”.



Para alcanzar el favor regio y por ende el poder y la riqueza besaron muchas veces el cuchillo que los había herido y adularon a quien los había perseguido con saña. En 1369 Enrique II, para vengarse de la fidelidad de los judíos toledanos a don Pedro el Cruel, decretó medidas terribles contra ellos en un famoso y bárbaro albalá. El terrible decreto del Rey Bastardo redujo a la miseria a la judería toledana. El historiador hebreo José ben Zaddik de Arévalo escribe: “La santa comunidad de Toledo fue oprimida extraordinariamente... Sólo unos pocos sobrevivieron y les impuso el rey tributo tan tiránico que no llegó a quedarles un pedazo de pan”. Meses después de tan cruel medida algunos judíos, olvidando la triste suerte de sus hermanos toledanos, se habían acercado a Enrique II y habían conseguido su privanza. Y el mismo rey que había mandado vender como esclavos a los hebreos de Toledo, nombraba al cabo tesorero mayor al almojarife sevillano don Yuçaf Pichon, quien se enriqueció en seguida de tal modo que, acusado por sus hermanos de raza y encarcelado por orden del monarca, pagó en veinte días una multa de cuarenta mil doblas de oro.



Pero si los judíos se humillaban disimulando agravios, para seguir medrando en poder y en fortuna, y los reyes claudicaban, para seguir ordeñando la riqueza nacional por el dúctil y sutil instrumento de los hebreos de su reino, el pueblo, que no entendía de humillaciones ni de claudicaciones, no olvidó los daños recibidos de arrendadores, agiotistas y usureros y, ganado por la cólera, ante la renovada influencia de los judíos cerca de los reyes y los nobles, se dirigió violentamente al Rey Bastardo. Las olas de la saña popular contra los judíos comenzaban a encresparse. Con los zarpazos de los usureros, de los agiotistas y de los recaudadores el pueblo debía soportar los saetazos del orgullo de los advenedizos hebreos que habían ganado la privanza de los reyes y de los grandes. Era ingrato tener que sufrir exacciones y abusos crediticios, comerciales y tributarios; eran mas duros de llevar los trallazos de la soberbia hebraica. Aquéllos mermaban los caudales y los bienes, éstos tocaban a la honra, y era ésta harto vidriosa en caballeros y villanos, como queda comprobado antes. El orgullo castellano podía vengar con desprecios los abusos y exacciones de prestamistas, revendedores y publicanos, pero no podía tolerar, sin encenderse de ira, el señorío sobre ellos de los mismos judíos que les cobraban crecidos intereses usurarios, les vendían caras las mercadería y les tomaban con creces sus cuotas fiscales.


Ese tener que obedecerlos y hacerles reverencia, y no solo los particulares sino las ciudades y las villas todas del reino, y ese estarles sujetos y como cautivos, por el gran lugar y las honras que les veían tener en las casas del rey y de los grandes, honras y oficios que les llevaban a menospreciar incluso la fe cristiana, encendían la cólera del pueblo. Durante los reinados de Alfonso XI y de Pedro I, los judíos habían logrado escalar posiciones cada vez mas sólidas, al amparo de los dos soberanos. Y por ello en 1371 los procuradores alzaron airadas protestas, de violencia nunca igualada por sus predecesores, contra aquella mala y atrevida gente que por su gusto sería expulsada de Castilla y a la que era preciso en todo caso volver a razón y apartar de las posibilidades de dañar y humillar a los cristianos. Acostumbrados a navegar en medio de fuertes marejadas de saña, los judíos de Castilla no se dieron cuenta de la altura alcanzada por las olas del odio popular contra ellos ni de la cerrazón anunciadora de la tronada próxima. Durante la guerra entre don Pedro y don Enrique habían sufrido robos o muertes las aljamas de Nájera, Miranda, Briviesca, Dueñas, Aguilar, Ávila, Segovia, Valladolid... –lo afirma el rabí Samuel Zarza. Pero “Dios ciega a los hombres cuando quiere perderlos”, dice el adagio castellano, y esto ocurrió en seguida. Sordos al silbar del huracán, siguieron adelante. Se creían seguros al amparo de reyes y señores. Tan seguros que se atrevieron a lo que nunca se habían atrevido hasta allí. Por alta y firme que hubiese sido su posición en la corte ningún privado judío había osado jamás enfrentar la cólera regia. Ahora un grupo de hebreos cortesanos se aventuraron a engañar al soberano y a hacer degollar al mas destacado de entre ellos.



La codicia de los oligarcas judíos había alcanzado tales proporciones que rompiendo los ancestrales vínculos de solidaridad comunal que antes habían unido a los grupos hebreos, había llegado a suscitar entre ellos odios feroces. Queda registrada la enemistad que separó a don Yuçaf de Écija y a don Samuel Abenhuacar, privados de Alfonso XI. Unas décadas mas tarde otra rivalidad entre judíos terminó en un asesinato. Don Yuçaf Pichon había sido denunciado por algunos hebreos a Enrique II, de quien era almojarife mayor; el rey le encarceló y le puso una multa de cuarenta mil doblas de oro; las pagó, recuperó la gracia real y, para vengarse de sus denunciadores –el Canciller Ayala no descubre el contenido de las denuncias que provocaron la temporal desgracia de Pichon, pero no es aventurado sospechar que versarían sobre cuestiones de intereses-, denunció al príncipe a sus émulos. Juan I había ido a coronarse a Burgos. Solían acompañar a la corte en sus desplazamientos trashumantes los notables judíos que esperaban obtener del rey oficios o arrendamientos y que junto a él oteaban posibles negocios futuros. En Burgos estaban en 1379 Pichon y sus rivales. Acudieron éstos al monarca y solicitaron de él un albalá para poder ejecutar a un judío malsín. Don Juan accedió a su ruego, creyendo que trataban de liberarse de un vulgar calumniador embarazoso.



Y los émulos del almojarife mayor fueron con el alguacil del soberano a la posada de don Yuçaf y lo hicieron degollar. Al conocer el rey su crimen mandó matar a los tres principales culpables del suceso y suprimió, para en adelante, la jurisdicción penal autónoma de que hasta entonces gozaban las aljamas. El asesinato de don Yuçaf Pichon muestra a las claras hasta dónde había llegado la osadía de los potentados judíos: Mezclada con su codicia y con su orgullo constituyó una tóxica pócima que envenenó sus relaciones íntimas y quebró la mayor de sus fuerzas contra las frecuentes acometidas de la saña popular: su solidaridad. Si deseais tomar venganza de los judíos –le dijeron a un rey de Castilla, según Salomón ben Verga- ordenad que se reúnan todos en una misma ciudad; pronto, entregados a sí mismos, se matarán unos a otros. El mismo autor hebreo refiere que en la Noche de la Expiación del mismo año de su exilio, es decir, de 1492, los judíos españoles se hirieron entre sí a golpes de cirio, disputando los asientos de la Sinagoga. Y Salomón ben Verga termina así su relato: “Cosas parecidas suceden frecuentemente entre nosotros”.