martes, 17 de abril de 2012

Los judíos en la España medieval VI


6-El desenlace trágico: Se acercaba el fin de la tragedia. A la par habían crecido la riqueza, el orgullo, el poder y la osadía hebraicas y el odio popular contra “aquella mala y atrevida gente” de los hebreos. El asesinato de don Yuçaf Pichon y su castigo implacable debieron alentar en el pueblo los deseos y las esperanzas de obtener venganza pronta de la explotación usuraria, de las extorsiones fiscales y de las humillaciones y agravios que los judíos les habían hecho padecer. El rey nuevo no rompió sin embargo con la tradición de sus mayores; y usureros y recaudadores judíos siguieron viviendo a sus anchas. Pero no cedió la hostilidad antijudaica de las masas. No fue muy firme la situación del soberano. Sufrió las acometidas sincrónicas del duque de Lancáster –casado con una hija de Pedro el Cruel- y del rey de Portugal con él aliado; enfrentó la revuelta de su hermano bastardo Alfonso, conde de Noreña, y vio fracasar en Aljubarrota (1385) sus campañas portuguesas en defensa de los derechos de su mujer. La debilidad de la Corona –Juan I fue el rey mas parlamentario y constitucional de Castilla- y la conciencia que de ella tuvo el pueblo, contribuyeron a que arreciase el ímpetu y la enemiga contra los judíos, coincidiendo con una vacilación en el apoyo que solían prestarles los príncipes.

El rey hubo de ceder a las eternas pretensiones de las cortes contra la grey hebraica, y como los cristianos empezaban a traducir en obras su saña contra ella, don Juan hubo de encomendar a su guardia personal, a los “monteros de Espinosa”, la defensa de las aljamas de aquellos lugares donde la corte se detenía en su continuo peregrinar a través del país y la protección de los judíos que acompañaban a la corte en sus viajes. Las masas que solían concurrir a tales poblaciones con ocasión de la presencia en ellos del cortejo real habían comenzado a maltratar de hecho a esos dos grupos de judíos y el rey se veía forzado a proveer a su seguridad. Y no sólo Castilla, España entera había llegado a saturarse de electricidad antijudaica. Los judíos no habían logrado en los reinos de la corona aragonesa una posición tan firme y alta como en los de Castilla. Por la naturaleza no divinal de las guerras mantenidas por los condes-reyes, desde que iniciaron su política de expansión en el Mediterráneo con la expedición de Pedro III a Sicilia, en 1282, había surgido una vivaz fricción entre los soberanos, necesitados de recursos, y las oligarquías nobiliarias y urbanas de Aragón, poco propicias a abrir sus bolsas para sostener aventuras extrapeninsulares.

Esa fricción, que a veces se convirtió en pugna violenta, desarrolló el sentido jurídico de los súbditos del conde-rey y obligó a éste a no herir susceptibilidades. Por ello los soberanos aragoneses no tuvieron almojarifes hebreos; desde el reinado de Jaime I fueron éstos obligados a vivir en barrios separados; desde los días de Pedro III debieron llevar señales sobre sus trajes; los intereses usurarios que cobraban los prestamistas judíos no alcanzaron las cifras que en Castilla y fueron mas perseguidos sus abusos. Pero en la confederación aragonesa también medraron una serie de familias hebreas al socaire de los príncipes: los Caballería, los Alconstantiní, los Perfet, los Rabalía, los Santángel; también sufrió el pueblo los zarpazos de la usura judía; también se concentró de ordinario el numerario en manos de los hebreos en la mayor parte de las ciudades y villas del país y, lo que no había ocurrido en tierras castellanas, hubo a veces bailíos o gobernadores judíos –Salomón Alconstantiní fue baile general de Cataluña en el reinado de Jaime I- y los reyes ampararon a algunos judíos que blasfemaron contra Jesús, la Virgen o los misterios de la fe cristiana. Por todo ello también las masas populares de Cataluña, Aragón y Valencia odiaban intensamente a los hebreos en la segunda mitad del siglo XIV.

En el último tercio del mismo había llegado a ser tan alta la tensión antijudaica en toda España –esa comunidad de sentimientos de los españoles es un síntoma de la unidad del pueblo hispano, olvidado por quienes la niegan- que bastó el motín provocado contra los hebreos de Sevilla por las exaltadas prédicas demagógicas del energúmeno Fenant Martínez, Arcediano de Écija, para que en unos días se extendiera por todos los reinos españoles una oleada de desmanes y de robos contra las juderías. Es bien sabido que Fernant Martínez, quien venía siendo amenazado por las autoridades civiles y eclesiásticas de Castilla, aprovechó la doble acefalía provocada por el accidente que costó la vida a Juan I y por la muerte del arzobispo hispalense Barroso, para lanzar a las turbas contra los judíos sevillanos el 6 de junio de 1391. Pero aquélla chispa alumbró un incendio general. Con una velocidad casi increíble corrió por toda España la noticia del suceso y, con ella, la ola de asaltos, de muertes y de robos –la superior unidad de España se acreditó entonces de modo preciso, porque tales crímenes no se extendieron mas allá de sus fronteras pirenaicas-, realizados a veces enfrentando las medidas tomadas por los reyes, y a veces, como ocurrió en Valencia, sin respeto para las mismas personas de los príncipes. Los odios acumulados en tres siglos por los abusos y exacciones de los usureros y publicanos judíos y por la soberbia y el poder de los privados hebreos de reyes y señores, habían provocado una de las mas graves crisis de la historia española.

No para disculpar tales atrocidades, sino para situarlas en el ambiente histórico en que ocurrieron, importa consignar que mas allá del Pirineo, en la dulce Francia, muy pocos años antes el pueblo había arremetido contra los judíos con extrema barbarie. Habían sido expulsados dos veces del país, pero seguía habiendo hebreos en París, en Rouen y en muchas otras ciudades francesas, pues no solo en España dejaban de cumplirse las leyes apenas dictadas. Les habían sido tomados sus hijos para ser bautizados; entre las acusaciones de la universidad y la clerecía de París que ocasionaron la caída del preboste Hugo Aubriot, figuró la de habérselos devuelto. Durante la oleada demagógica que estalló tras la reunión de los Estados Generales del 14 de noviembre de 1380, el pueblo se lanzó contra los judíos. Los nobles, para librarse de sus deudas, alentaron a los amotinados; fueron asaltadas y robadas las casas de los hebreos, sus libros de cuentas destruidos y sus hijos bautizados a la fuerza. Y otro tanto ocurrió en Chartres, Monterau, Nantes, Senlis, Rouen. Para obtener subsidios de los estados, el gobierno tuvo que dictar duras disposiciones antisemitas: se limitó el interés legal de los usureros judíos, se prohibió a todos los hebreos poseer inmuebles y se suprimió la jurisdicción especial que les había concedido Carlos V. Pero estos acuerdos (marzo de 1381) no fueron bastantes para impedir nuevos asaltos y saqueos a los judíos de Rouen y de París en los primeros meses de 1382.

Habían padecido los judíos tantas horas crueles en todos los países durante los largos siglos que duraba ya su exilio, que ni los hebreos españoles, castigados por la persecución, ni los peninsulares entre los que vivían apreciaron, entonces, la gravedad que para unos y otros tenía lo ocurrido. Muchos miles de hebreos, llenos de pánico, pidieron y obtuvieron el bautismo. Ese gran número de apostasías que no permite atribuir a los judíos españoles demasiada firmeza en su fe ni demasiado valor martirial, ha sido atribuido por el historiador israelí contemporáneo Baer al triunfo, en grandes sectores de la población hebraica peninsular, de un morboso racionalismo averroísta y de un epicureísmo decadente. Tales racionalistas y epicúreos, los que no siéndolo se dejaron ganar por el miedo en 1391 y los que por serlo se convirtieron luego libremente –tras las disputas de Tortosa o al correr del tiempo- dejándose arrastrar por la corriente, constituyeron en adelante un elemento híbrido, enquistado dentro de la sociedad cristiana española y por largo tiempo no asimilado por ella. En su gran mayoría los conversos permanecieron fieles a su fe, no cambiaron, claro está, en 24 horas su hábitos temperamentales, no renunciaron a su gusto por los negocios crediticios, fiscales y mercantiles, y como en su calidad de cristianos nuevos adquirieron los derechos y prerrogativas de los viejos sin mudar de vida ni de credo, el pueblo español se encontró en el siglo XV con que los odiados judíos podían ahora seguir extorsionándole y explotándole como antaño, y no sólo desde fuera de sus cuadros sociales sino desde fuera y desde dentro de sus filas.

Sus falsos hermanos de fe pudieron ahora gobernarles desde los puestos de mando que llegaron a ocupar cerca de los reyes y en el regimiento de las ciudades. Pudieron escalar las altas jerarquías nobiliarias, por los matrimonios con ricas hebreas de muchos aristócratas o que se enamoraban de algunas beldades hijas o nietas de conversos. Y pudieron ascender a las altas jerarquías eclesiásticas, porque llegaron a recibir las órdenes sagradas algunos judíos recién convertidos y muchos hijos y nietos de judíos. Como junto a tales cristianos nuevos, de estirpe y de psiquis judías, siguieron viviendo en España miles y miles de hebreos fieles a sus tradiciones y a su fe, el problema de la convivencia de judíos y españoles se complicó sobremanera para siempre. Y al correr de la décadas se anudó, de prisa, el nudo trágico de la futura historia religiosa española. Los reyes siguieron como hasta allí protegiendo a los judíos y sirviéndose de ellos. Continuaron utilizándolos para ordeñar las fláccidas ubres de la miseria plebeya en provecho de su erario.

Continuaron arrancándoles, cuando llegaba el caso, buena parte del fruto de sus rapiñas a los cristianos, mediante la exigencia de fuertes contribuciones ¡voluntarias! Y a las veces continuaron utilizándolos como médicos y como agentes oficiosos. Aunque buen número de los mas destacados hebreos de Castilla habían sido asesinados o se habían hecho cristianos, poco después de 1391 encontramos otra vez personajes judíos en la corte o en la administración financiera de Enrique III. Tuvo como médicos a Mosé ben Zarzal y a don Mayr Alguadés; Yosef ben Verga fue su almojarife en el reino de Toledo y otros hebreos como don Salomón ben Arroyo ocuparon diversos cargos fiscales. Don Abraham Benveniste de Soria sirvió como tesorero a Juan II. El filósofo R.Yosef ben Sem Tob fue contador mayor de Enrique IV y su enviado en Portugal para negocios matrimoniales, y el rabino Jacob ben Núñez, su médico. En Aragón, Hasday Crescas gozó de la confianza de Juan I, y a la muerte de Fernando de Antequera, cuyo celo proselitista es conocido, los judíos volvieron a acercarse a la corte y otro Crescas, médico y astrólogo sirvió, por ejemplo, a Juan II.

Queda dicho y probado antes que después de 1391 los judíos siguieron ejerciendo a sus anchas el repugnante oficio de usureros, no obstante las prohibiciones de las leyes castellanas y a pesar de las reglamentaciones restrictivas de los reyes aragoneses. Y en Castilla sobre todo siguieron siendo recaudados por judíos buena parte de los impuestos indirectos y aun de todos los ingresos del erario; fueron judíos los almojarifes, arrendadores y cogedores de muchos estados señoriales, y-novedad que irritaba a los castellanos- judíos arrendaron o recaudaron las rentas de iglesias o concejos. Las Cortes de Ocaña de 1469 protestaron airadas contra todas las actividades de los hebreos; y de la mas novedosa de entre ellas dan noticia los documentos locales: recordemos, como ejemplos, casos de Burgos y del Puerto de Santa María. El deseo de los reyes de explotar al máximo la potencia tributaria de su pueblo continuó moviéndolos a fijar precios tan elevados a los arriendos de los impuestos, que solo los judíos, maestros en el arte de esquilmar a los pecheros, se atrevían a pujarlos. “Creemos –dijeron los procuradores en Ocaña a Enrique IV- que sy vuestras rentas estouisen en rrazonables preçios, avria christianos quelas tomasen e a estos se devria dar avn por menores preçios, avria christianos quelas tomasen e a estos se devria dar avn por menores preçios segund quieren las leyes de vuestros rreynos”. Desde hacía casi un siglo venían prohibiéndose en los Ordenamientos de Cortes las actividades fiscales de los hebreos, pero como los reyes habían accedido siempre de mala gana a las peticiones de los procuradores contra los judíos, nunca hicieron cumplir sus propios mandatos, sin embargo de las continuas protestas de los representantes populares. Y los éxitos de los arrendadores y recaudadores judíos de las rentas reales y el tufillo a pecado hebraico que el arriendo y recaudación de impuestos había adquirido, acabaron poniendo en manos de hebreos los ingresos de señores, iglesias y concejos, como queda dicho.

No se interrumpió tal estado de cosas con la muerte de Enrique el Impotente. Los usureros y arrendadores judíos siguieron extorsionando a las masas populares hasta durante el reinado de los reyes católicos. Éstos continuaron velando por la seguridad de las juderías y prosiguieron arrancándoles fuertes sumas, ahora para la guerra de Granada. Don Abraham Senior aparece como cobrador mayor de Castilla y tesorero de la Santa Hermandad; don David Alfacar fue arrendador de los impuestos en Murcia; los hermanos Abraham y Vidal Benveniste, en Guadalajara. Siguieron muy arrimados a los reyes otros varios judíos: R. Mayr, R Yehuda ben Verga, Ishaq Arbanel... Éste, que intentó hacer revocar el decreto de expulsión, en su comentario al Libro de los Reyes refiere: “Yo estaba allí en la corte... Imploré a mis amigos que gozaban del favor real para que intercediesen por mi pueblo y los mas principales celebraron consulta para rogar al soberano con todas sus fuerzas que retirara las órdenes de cólera y furor y abandonara su proyecto de exterminio de los judíos”.

Y estas palabras que copia Salomón ben Verga en la Vara de Judá, atestiguan que en 1492, como en los días del Canciller Ayala y como siempre, los judíos poderosos contaban con la amistad y ayuda -¿bien pagado, como en los tiempos del Rimado de Palacio y en los de Fernán Pérez de Guzmán?- de los privados y familiares de los reyes. Ni los príncipes, ni los grandes, ni los judíos habían escuchado la terrible lección que los terribles progromos de 1391 les gritaron al oído. Continuaron como si nada hubiese ocurrido. Los reyes contemporizaron con las cada vez mas sañudas peticiones antihebraicas de las cortes, pero, apenas otorgadas, se burlaban del pueblo no imponiendo su cumplimiento. Los privados de los reyes no interrumpieron su tradicional protección a los judíos, en algún caso por sincero deseo de aprovechar sus saberes, la mas de las veces guiados por intereses menos elevados. Y los hebreos no supieron cambiar su estilo de vida y se limitaron a hacer –como siempre habían hecho, según Castro- “lo que les acarreaba provecho económico o prestigio social”.

Ante aquella perduración de las viejas prácticas de reyes, grandes y judíos se acrecentó el odio del pueblo hacia la grey mosaica. En 1406 los cordobeses se alzaron otra vez contra ella, y Enrique III de Castilla impuso una multa de veinticuatro mil doblas a los justicias de Córdoba por negligencia en la defensa de los judíos. Fracasaron los de Juan I de Aragón de restaurar las aljamas de sus reinos: los barceloneses se negaron, con firmeza, incluso a que volvieran a vivir judíos entre ellos y llegaron a obtener un privilegio de Alfonso V reconociéndoles el derecho de que no hubiese judería en la ciudad. De vez en cuando –lo reconoce la pragmática de Juan II de 1443- siguieron estallando aquí y allí motines contra los hebreos. Y en los días de Enrique IV, por ejemplo, los guipuzcoanos mataron al judío don Gaon, natural de Vitoria y recaudador del pedido de aquella tierra. Obsérvese cómo seguían coincidiendo en su pasión antijudaica todos los españoles: de Cataluña a Andalucía y de Andalucía al País Vasco. Entretanto progresó en proporción geométrica la infiltración de los conversos en el regimiento del estado y de la iglesia. Los Santa María burgaleses adquirieron una influencia enorme en Castilla.

Don Pablo –confieso que no veo claro en el problema de la data de su conversión y por ende en lo piadoso o interesado de la misma- llegó a ser, como es sabido, obispo de Cartagena y de Burgos, y luego canciller mayor del reino... y alcanzó tal poderío que en una ocasión doce de las veintidós sedes episcopales castellanas estuvieron en manos de sus familiares, amigos y protegidos. Sus hijos y hermanos escalaron también muy altos puestos: obispados, embajadas, regimientos urbanos, procuradurías a cortes, prebendas eclesiásticas...; don Alonso de Cartagena llevó la voz de Castilla en Basilea; don Álvar García de Santa María fue encargado oficialmente de historiar el reinado de Juan II.... y todos lograron reunir pingües fortunas –las obras del P. Serrano y de Cantera permiten ampliar tales noticias. Y como el bautismo no había privado a los judíos de sus talentos y habilidades, ni de su devoción por la riqueza, ni de su sutileza para captar la voluntad de los príncipes, los conversos siguieron enriqueciéndose con sus negocios tradicionales, consiguieron cada día mayores y mas firmes posiciones en la corte, en el gobierno central, en el de las ciudades y en el de la misma iglesia, y llegaron a conseguir señoríos y mandos militares. Parece seguro que continuaron practicando sus tradicionales negocios de préstamos: Cantera ha dado noticia de los numerosos créditos dinerarios de Álvar García de Santa María, y en las Coplas del Provincial se dice del converso Álvar Pérez de Castro: “daba de continuo a logro ciento por ciento e cinquenta”.

Los graves sucesos de Toledo de 1449 se iniciaron con el asalto a la casa del converso Alonso de Cota, que hacía cabeza de los recaudadores del empréstito solicitado de Toledo por don Álvaro de Luna. Durante el reinado de Enrique IV rigió la hacienda de Castilla el converso Diego Arias Dávila, secundado por un cuerpo de contadores, en su mayoría también conversos. En 1480, al establecerse la inquisición en Sevilla, los mas comprometidos conversos de la ciudad gozaban de sustanciosos arriendos: Juan Fernández Abolafia tenía arrendadas las aduanas reales; Ayllon Perote, las salinas; los hermanos Sepúlveda y Cordobilla, las almadrabas de Portugal... Y podrían multiplicarse los ejemplos de las actividades fiscales de los “marranos”. Basten algunos para acreditar la riqueza de los mismos. Pedro Sarmiento sacó en Toledo en 1449 doscientas acémilas cargadas del oro, plata, tapicerías, brocados... fruto de sus saqueos a algunos mercaderes conversos de la ciudad. El enriquecimiento de Diego Arias Dávila le permitió casar a su hijo con una nieta del primer marqués de Santillana, sobrina del primer duque del Infantado. En 1480, Diego Susan, sin duda descendiente del almojarife de Alfonso VIII, Ibn Xuxan, poseía una fortuna valuada en diez millones de maravedís. Y no menos poderosos eran otros conversos judaizantes: Manuel Saulí y Bartolomé de Torralba. Diego Arias Dávila llegó a ser señor de Torrejón y Álvar Gómez de Cibdat-Real, de Maqueda.

Diversos conversos aragoneses llegaron a tener mando de tropas; sirva de ejemplo el ejercido mas de una vez por Ximeno Gordo. Los conversos castellanos formaron a modo de un partido político durante el reinado de Juan II. Y producen estupor las noticias que recogió Amador de los Rios –pueden hoy ser muy ampliadas- sobre los cargos que los conversos desempeñaron en los reinos de Castilla y de Aragón. La máquina política y administrativa del estado se hallaba cada día mas en sus manos: desde los consejos reales hasta los regimientos de los concejos. Los reyes católicos gobernaron rodeados de conversos. Un converso aragonés, Mosen Pedro de la Caballería, negoció su matrimonio, el matrimonio que iba a hacer a España. De los cuatro que en sus días, según la copla, traían al reino al retortero: “Cárdenas y el Cardenal –y Chacón y Fray Mortero”, el último era converso. Conversos eran los tres secretarios de la reina: Hernando Álvarez, Alfonso de Ávila y Hernando del Pulgar, y éste fue su cronista de cámara. Los Caballería, los Santángel y otros conversos ocuparon cargos de la mayor confianza cerca de don Fernando- uno de ellos, Luis de Santángel, escribano de ración, prestó a los reyes parte de las sumas empleadas en el descubrimiento de América. Eran numerosos los conversos en el consejo de ambos soberanos.

El doctor Pablos, también converso, fue embajador en Londres durante las mas difíciles horas londinenses de la todavía infanta Catalina... Amador de los Rios escribió: “Con razón decía Fray Alonso de Hojeda que los conversos lo llenaban todo”. La creciente riqueza y el creciente poder de los conversos no podían ganarles la simpatía del pueblo, pero no sé si habrían sido bastantes para alzar contra ellos el odio popular. La diferencias religiosas habían suscitado, claro está, la inicial antipatía de los cristianos contra los judíos y habían contribuido sin duda a agriar las relaciones entre ellos; por obra, muchas veces, de las prédicas de clérigos y frailes, sobre todo. Pero no cabe negar que habían sido: la explotación usuraria, comercial y fiscal del pueblo por los prestamistas, revendedores y publicanos hebreos, el escándalo de sus riquezas y de su lujo, y los trallazos de su soberbia, las principales causas de saña antihebraica de las masas. Solo a ellas aluden de continuo las cortes; ni una vez elevaron éstas su voz contra los judíos por motivos religiosos. A ellas atribuye el odio del pueblo contra sus hermanos de raza el historiador hispano-hebreo Salomón ben Verga.

Y las diferencias de credo entre cristianos y mudéjares nunca suscitaron la extrema animosidad de los primeros contra los segundos. Las falsas conversiones de los judíos añadieron mucha cargazón religiosa a las viejas causas de la enemiga antijudaica de los peninsulares. Las palabras de Fernán Pérez de Guzmán sobre los conversos descubren el estado de la opinión pública frente a ellos. Esta defensa, con no pocas reservas, de algunos conversos fervorosos, reconoce que aun de ese fervor dudaban muchos y ni oculta la realidad de la hipocresía de los mas ni la educación en ella de sus descendientes; Fernán Pérez de Guzmán no se habría atrevido si no a proponer la drástica medida de apartamiento de padres e hijos para lograr la catequesis de los últimos. Nadie ignoraba por tanto la apenas disimulada adhesión de los conversos a su vieja fe mosaica. Se sospechaba incluso que algunos de los que parecían mas piadosos y no pocos de los que habían recibido órdenes sagradas se burlaban de los dogmas en que simulaban creer y de los ritos que aparentaban practicar. Y las sospechas eran ciertas. Parece seguro que incurrieron en tal doblez algunos conversos de los mas destacados por su aparente celo religioso; personajes de tal relieve como Pedro de la Caballería, autor de la obra Zelus Christi contra judaeos, sarracenos et infideles. Y consta en verdad que algunos clérigos “marranos” se pintaban una cruz en la parte de la camisa llamada a cubrir las posaderas; y que otros, en lugar de la fórmula de la consagración, pronunciaban palabras sarcásticas. Habrían debido anticiparse muchos siglos a su época las masas populares hispanas para que hubieran podido admitir como normal su tolerante convivencia con los falsos conversos y para que hubieran asistido indiferentes a la burla de los misterios de su fe por ellos.

Las sospechas y las certezas de tales falsías y de tales burlas dieron un matiz marcadamente religioso a la fricción entre cristianos nuevos y viejos. Esa fricción fue agriada por los mismos conversos que habían llegado a sentir auténtico fervor cristiano –luego recordaré a otro propósito lo mucho sabido sobre ellos- y también por los mismos fingidos y protervos conversos, porque se sintieron firmes en su condición de cristianos nuevos y se atrevieron a enfrentar, y a las veces a provocar, a los cristianos viejos. Y la multisecular pugna entre judíos y españoles acabó convirtiéndose en cruenta batalla; y en batalla la mas áspera, a la par social y religiosa. Son de antiguo conocidos algunos de los sangrientos comienzos de esa batalla entre cristianos viejos y nuevos. En 1449 la recaudación del empréstito extraordinario impuesto a Toledo por don Álvaro de Luna dio pretexto para el asalto, saqueo e incendio de las casas de los mercaderes conversos de la ciudad; iniciaron el movimiento unos canónigos, los secundó el pueblo, la resistencia armada de los “marranos” agravó la situación, perdieron la vida algunos de ellos, el rey fue impotente para reprimir el motín y se llegó a dictar un cruel Estatuto-Sentencia contra los vencidos. En 1467 fueron los conversos quienes iniciaron el combate. Uno de ellos, Alvar-Gómez de Cibdat-Real, hizo apalear a unos judíos que habían osado pujar unas rentas del cabildo en su villa de Maqueda.

El cabildo lanzó un entredicho, los marranos entraron en la catedral, asesinaron en ella al clavero y se apoderaron de las puertas de la ciudad; pero las campanas de la iglesia primada tocaron a rebato, llegaron en auxilio de los cristianos viejos los labriegos de los alrededores, los conversos y su valedor el conde de Cifuentes fueron vencidos, ardieron sus casas y fueron colgados algunos de ellos: el licenciado Franco entre otros. En 1473 se alzó contra los conversos el pueblo de Córdoba, excitado porque no habían adornado sus casas al paso de una procesión y porque, a lo que dijeron, involuntariamente una muchacha de su estirpe arrojó agua al paso de una imagen. Don Alonso de Aguilar y su hermano Gonzalo Fernández de Córdoba, el futuro Gran Capitán, que intentaron contener a las turbas, fueron obligados a acogerse con su gente a la fortaleza. La matanza de conversos se propagó por algunas poblaciones andaluzas. Y en Jaén la defensa de los cristianos nuevos costó la vida al condestable Miguel Lucas de Iranzo. Y en 1474 el alcaide del alcázar de Segovia, Andrés de Cabrera, logró vencer, en lucha feroz, el asalto sangriento por las turbas de las casas de los conversos.

Todos estos choques mas o menos casuales, a veces provocados por la irascibilidad de los mismos conversos –en Aragón aprovecharon el fervor de los zaragozanos por sus fueros y libertades para, seduciendo al pueblo, atropellar a los aristócratas que a veces se atrevieron a enfrentarles- arrojaron mucha leña al fuego de la pugna entre cristianos viejos y nuevos. Creció la saña a la par social y religiosa que el pueblo sentía contra los marranos, y entre el pueblo es forzoso incluir no sólo a las masas sino a aquella parte de la baja nobleza y de la clerecía menor que, al cabo, pueblo eran. En algunos lugares los conversos fueron mas odiados que los mismos judíos fieles a la ley mosaica. Y el reverso del desprecio con que las masas se vengaban de su explotación por los hebreos –calificar a alguien de judío constituyó legalmente en Castilla una injuria grave- fue ahora el arraigo de la idea nueva de la limpieza de sangre, con que intentaban distinguirse los cristianos lindos de los execrados marranos. El problema llegó a ser insoluble. Los conversos no podían volver al culto de que habían renegado y no podían enfentarlos como judíos ni podían convivir con ellos como hermanos de fe. Ni unos ni otros eran responsables de su ingrato destino. Era imposible que se mudaran de prisa en sinceros cristianos los judíos que en 1391, o después, al correr de los años, habían recibido el bautismo por cobardía, por interés o por la fuerza. Pero no lo era menos que los cristianos viejos soportaran con pía mansedumbre, al cabo de las décadas, la farsa de los fingidos cristianos nuevos que, a mas de seguir fieles a su credo religioso y de burlarse de los dogmas y ritos cristianos, unían a la sazón el poder a la riqueza.

Pero ni los cristianos nuevos ni los viejos estaban libres de culpa. Cierto que el inicio del torrente de las falsas conversiones había sido resultado de los asaltos del pueblo a las juderías en 1391, pero esos asaltos habían sido a su vez fruto de tres siglos de expoliación, por los judíos, de los peninsulares. Y como la mayor parte de los conversos procedían de la minoría judaica muy devota de la riqueza y del poder y habían en verdad apostatado por salvar sus intereses y conservar su posición –los judíos pobres y trabajadores en general no cambiaron de credo- y siguieron fingiendo su adhesión al cristianismo por amor a sus caudales y por no perder su nueva jerarquía, mayor exculpación merece a la postre la ingenua pasión del pueblo que la interesada apostasía y la interesada ficción religiosa de las oligarquías hebraicas. El mismo historiador israelí contemporáneo, Baer, no ha frenado su pluma al estigmatizarlas. El drama ya multisecular de las relaciones entre españoles y judíos alcanzó por tanto después de 1391 proporciones de tragedia cuya solución no podía ser sino sangrieta y bárbara. Es lícito y hasta es justo anatemizar, en nombre de los nunca caducos ideales de libertad y tolerancia, las sañas populares de los españoles contra judíos y conversos, parejas, por lo demás, de las que sintieron todos los pueblos cristianos de Europa contra ellos, durante la Edad Media. Pero han ganado aun sino a las minorías de mas fina sensibilidad del mundo. No podían ver la realidad social de su tiempo y de su tierra sino conforme a las ideas y emociones generales en su época.

Ideas y emociones de las que participaban también judíos y conversos, quienes no eran, claro está, mas tolerantes y respetuosos que los cristianos con los derechos de los otros españoles, sus contemporáneos. Lo atestiguan: la tradicional intransigencia religiosa de los hebreos peninsulares, las injurias y atropellos que dirigieron y realizaron los judíos apóstatas contra los que permanecieron fieles a su fe, las de éstos contra aquéllos y la enemiga de todos contra los cristianos. Los judíos españoles habían mostrado desde muy temprano una extremada intransigencia religiosa. Hacia los mismos días en que Alfonso VI daba pruebas de una gran tolerancia en sus relaciones con los musulmanes de Toledo y con los hebreos todos de su reino, las minorías dirigentes de la comunidad hebraica castellana perseguían con saña a los herejes caraítas. El cronista hispano-judío de mediados del siglo XII, Abraham ha-Leví ben David refiere que Yosef ibn Ferrusel, Cidello, fisico y privado del rey Alfonso, con autorización de éste “los abatió con toda clase de humillaciones y los expulsó de todas las plazas de Castilla, excepto de una pequeña plaza que se les dio, porque no era lícito matarlos, ya que en aquel tiempo no se podían pronunciar sentencias de muerte (entre los judíos)”. Pero esa persecución realizada en 1088 no acabó con la herejía. A la muerte de Yosef ibn Ferrusel, los caraítas continuaron inquietando a los judíos ortodoxos. Y según cuenta también Abraham ha-Leví, Yehudá ibn Ezra solicitó de Alfonso VII, de quien era privado: “que no dejara abrir boca a los herejes en toda la tierra de Castilla. El rey ordenó que así se hiciera; los herejes fueron oprimidos y no volvieron a levantar cabeza, quedando empequeñecidos y dispersos”.

Fue esta persecución de los caraítas la única realizada contra disidentes religiosos en los días del Emperador. Mientras se llevó a cabo, las fronteras castellano-leonesas se abrían de par en par a los fugitivos hebreos de Al-Ándalus, el rey moro Zafadola y su gente asistían a la coronación de Alfonso VII en la catedral de León, y en Toledo trabajaban juntos y hermanados cristianos y judíos. En el siglo XIII los hebreos siguieron imponiendo con rigidez sus ritos ortodoxos a través de lo que pudiéramos llamar, con palabras de la entonces imprevisible inquisición, el brazo secular de las autoridades cristianas. En el Libro de los fueros de Castilla, 220, se castiga con penas pecuniarias diversas a los judíos que quebrantasen sus fiestas religiosas: se amenaza con multas que oscilan entre doce y treinta sueldos a quien en sábado o día santo llevase armas de hierro, hiriese a otro, llamase a alguien a declarar, se sentara “en astil, en pared o en otro lugar e touyere las piernas colgadas”, cabalgare o dejara “ropa colgada de fuera de su casa”. Y el Fuero Real, IV.2.1 prohibe que ningún judío sea osado de leer libros ningunos que fablen en su ley y que sean contra ella en desfacerla, ni de los tener ascongidos; e si alguno los tuviere o los fallare, quemelos a la puerta de la sinagoga concejeramente”. Tenemos además noticias del lanzamiento de excomuniones por los jueces de los judíos castellanos en el mismo siglo XIII.

Y Alfonso X hubo de decretar en las Partidas, VII.24.6, muy graves penas contra los judíos que apedreasen, hiriesen, matasen o deshonrasen a quien de entre ellos deseara hacerse cristiano o llegara a bautizarse. La aljama hebrea de Barcelona en 1305 se opuso a que los menores de veinticinco años estudiaran la filosofía de los griegos, para evitar que abandonaran luego la fe mosaica. Y a fines del siglo XIV la comunidad judía de Tudela ordenó el castigo de los transgresores de la ley religiosa. Por lo arraigado de esa intransigencia religiosa entre los hebreos españoles no pueden sorprender las injurias y atropellos de los conversos contra los que no habían apostatado y de éstos contra aquéllos. Enrique II se dirigió así a las justicias de Burgos a raíz de los sucesos del verano de 1391: “Sepades que los judíos de la judería de la dicha çibdat enbiaron me faser saber que cuando fueron robados, por pavor de la muerte desampararon sus casas e acogieronse a las casas de los buenos de vos otros en que agora se tornaron christianos los persiguen e les fasen muchos males”. Y es sabido que otros muchos conversos españoles persiguieron e hicieron mucho mal a los hebreos fieles a la ley mosaica: Un hijo de don Pablo de Santa María cuidó de la ejecución en España de los duros decretos de Benedicto XIII contra los judíos; y no olvidemos los palos que el converso Álvar Gómez de Cibdat-Real mandó dar a los hebreos que habían pujado las rentas de la iglesia de Toledo en su villa de Maqueda.

Vendrell ha comprobado que en Aragón, a la inversa, muchos neófitos tuvieron que sufrir la oposición familiar y a veces la del mismo pueblo amonestándolo porque se había enemistado con su hijo el maestro Alfonso de Santángel que acababa de convertirse al cristianismo. Bautizado también Berenguer de Cabra, después de la “Disputa de Tortosa”, durante su ausencia de Calatayud, un grupo de judíos y judías asaltaron su casa y la desvalijaron llevándose cuanto quisieron; y en agosto del mismo 1414 tuvo una cuestión con sus familiares que le retenían sus bienes. Astruch ben Afia también fue robado por sus hermanos de raza después de su bautismo. Al llegar a Barbastro de vuelta de Tortosa el converso Pedro de Santángel hubo de reclamar contra parejas vejaciones. Y la pugna entre judíos y “marranos” prosiguió con violencia: El judío aragonés Salomón Bonafed aguzó sus dardos poéticos contra los hebreos tornadizos. Y el rabino hispano-judío Abraham ben Salomón no sólo apostrofó con ira a los “magnates, príncipes y jueces” que apostataron en 1492; refiere cómo algunos hebreos epicúreos y traidores organizaron la persecución de sus hermanos portugueses –y de los judíos castellanos refugiados en Portugal- bajo el reinado de don Manuel el Afortunado.

A la vista de esta larga serie de sucesos, que cabría multiplicar a capricho, no es difícil adivinar cuál habría sido la conducta de los judíos hispanos contra los enemigos de su fe, si en lugar de ser exiliados tolerados en España hubiesen dispuesto de los resortes del poder. No es lícito por tanto anatemizar a las masas populares españolas porque no sintieran en el siglo XV como sentimos hoy una minoría de hombres en la tierra. Y lo es tanto menos, porque fueron azuzadas desde siempre por los mismos hebreos que habían ido apostatando en la Península al correr de los siglos. Recordemos la controversia celebrada en Barcelona en 1263 por el converso Pau Cristiá contra el rabino Mosé ben Nahman; el ataque polémico del maestro Alfonso de Valladolid, antes de su conversión Abner de Burgos, contra el racionalismo religioso de los intelectuales judíos; la gran “Disputa de Tortosa” de 1412, presidida por el papa Luna, en la cual Jerónimo de Santa Fe, antes de su bautismo Josué ha-Lorquí, enfrentó con violencia dialéctica a los mas famosos rabinos de Aragón; el Hebraeo mastix (Azote de los hebreos) escrito por el mismo Jerónimo de Santa Fe con un cruel propósito exterminador de sus hermanos de raza; el durísimo y sombrío Scrutinium Scriturarum de Salomón ha-Leví –mudado en Pablo de Santa María-, formidable alegato contra los judíos hispanos; el Zelus Christi contra judaeos del converso aragonés Pedro de la Caballería; el Fortalitium Fidei, terrible ariete antijudaico de Fray Alonso de Espina, también de origen hebreo... y cabría ampliar esta lista con textos de menor importancia.

En el porvenir de los judíos españoles mucho mas que estos ataques de sus hermanos traidores influyó una idea muy pronto concebida por algunos otros conversos auténticamente celosos de la fe cristiana o muy celosos de fingir tal celo; idea que fue aceptada por los cristianos viejos y por los mismos reyes. Se atribuyó el persistente fervor de los cristianos nuevos por su viejo credo y por sus viejos ritos, a la presencia junto a ellos de los judíos fieles a la fe mosaica; por el contagio que su ejemplo provocaba en los marranos. Esa idea iba a tener muy sombrías proyecciones históricas. Es posible, como quiere Valeriu Marcu, que la propia voluntad de los conversos mejor intencionados fuera impotente para imponer a su espíritu la sincera adhesión al cristianismo, por el violento contraste de las tradiciones dogmáticas y rituales de su estirpe con los ritos y dogmas cristianos; contraste que alzaba en sus almas una invencible repugnancia a las doctrinas y a las ceremonias de la religión a cuya práctica les forzaba su apostasía. En todo caso Salomón ben Verga declara en “La Vara de Judá” que los tornadizos llegaron a profesar la tradicional fe de sus mayores con mas fervor que antes de su conversión y que cumplieron las leyes judaicas con mas escrúpulo que antes de su bautismo. Ese fervor y esa fidelidad, mas que del contagio de los hebreos apóstatas con los no bautizados, parecen fruto de su íntimo avergonzado remordimiento por la mudanza religiosa a que su cobardía o su interés los habían inducido; e inevitable resultado de la consecuente hostilidad hacia el credo que habían aceptado para conservar su vida, su posición o su riqueza.

Pero la fantasía triunfa a veces de la realidad. No podían adivinar esas íntimas y subconscientes reacciones de los “marranos” ni los cristianos viejos ni los conversos sinceramente fieles a su nuevo credo. Fueron éstos los primeros en pensar que el contagio de judíos y judaizantes perjudicaba en verdad la auténtica cristianización de los últimos. Algunos de los que fingieran un falso celo cristiano adherían a tal idea: parte por cubrir su doblez o acallar su congoja –no puedo dudar de que algunos se sentirían torturados por una lacerante duda interior; parte por una mezcla de vergüenza y de rencor. De vergüenza ante quienes habían tenido el valor de permanecer firmes en su fe. Y de rencor hacia quienes execraban su apostasía y al mismo tiempo constituían para ellos nobles ejemplos de rectitud moral que se alzaban acusadores ante su flaqueza o su interés. Unos y otros conversos propusieron y defendieron con pasión las medidas que les parecieron mas a propósito para apartar a los hebreos apóstatas de los ortodoxos. Y los cristianos viejos, sañudamente hostiles a los judíos desde siempre, por causas que quedan registradas, aceptaron complacidos y esperanzados las indicaciones de los tornadizos y las dieron fuerza de ley. Comenzaron por creer los cristianos nuevos, celosos de su nueva fe, que el encierro de los judíos en barrios especiales y la prohibición de que comunicaran con los cristianos por razones de amistad, servicio, profesión o trabajo, al apartarlos de los apóstatas facilitarían la catequización de éstos.

Esa creencia engendró el brutal Estatuto de 1412. Se legisló en él sobre la habitación, indumento y atuendo de los judíos; se les prohibió mantener cualquier género de relaciones amistosas o afectivas con los cristianos; de servicios fuera de sus propios círculos judaicos; se les negó autorización para tener cualquier clase de servidores o empleados no hebreos y se les privó del derecho a concluir ninguna clase de contratos, incluso los de pura índole laboral, con quienes no fueran, como ellos, judíos. Fue dictado durante la menor edad de Juan II por su madre la reina regente Catalina de Lancáster, una inglesa extraña a la tradicional política de la realeza castellana favorable a los judíos. Era a la sazón canciller del reino el entonces obispo don Pablo de Santa María, antes de su conversión rabino burgalés, Salomón ha-Leví. No puede atribuírsele con seguridad la paternidad del bárbaro Edicto, pero por su cargo y su influencia en la corte no puede eximírsele de responsabilidad en aquella monstruosa disposición contra sus hermanos de raza. Si don Pablo no fue su autor como muchos han creído –Millás entre ellos- y creen aún que lo fue- Américo Castro juzga el Edicto obra de un converso por su dominio del ambiente íntimo de las juderías-, no es dudoso que el canciller habría podido impedir su publicación o mitigar sus rigores.

Benedicto XIII, el papa Luna, reforzó los crueles preceptos del Edicto –decretó la recogida de los libros sagrados de los judíos españoles- en una bula que destila odio; y gran amigo de los Santa María, encargó de la ejecución de sus preceptos a uno de los hijos de don Pablo. El encierro de los judíos en las juderías y la prohibición de que ejercieran sus habituales profesiones, oficios y tareas y de que comunicaran con los cristianos, si no alegró a muchos conversos, no pudo entristecerles demasiado; tales preceptos apartaban de su camino la posible competencia de sus hermanos de estirpe y les dejaba el paso franco para su fácil enriquecimiento. Atenuó la violencia del Estatuto don Álvaro de Luna en 1443: los judíos fueron autorizados a ejercer algunos oficios para provecho de los cristianos y a servirse de éstos en otros para su propio provecho. Y el privado de Juan II gozó de la enemiga de los conversos. Corrieron los años, el apartamiento de hebreos y “marranos” no produjo los frutos esperados. La gran mayoría de los tornadizos siguieron practicando la religión mosaica en la intimidad de sus hogares a veces sin rebozo. Nadie conocía mejor que los conversos de sinceros sentimientos cristianos la doblez de los otros. Y de entre ellos surgió la idea de que era preciso inquirir la hipocresía y pertinancia de quiénes públicamente profesaban la fe de Cristo y en privado se burlaban de ella.

Ese descubrimiento y su condigno castigo, pensaron, podría servir para atajar el mal y para conseguir su remedio. Amador de los Rios había ya señalado la responsabilidad de los conversos, especialmente la de fray Alonso de la Espina, en el surgir y en el corporizarse de la idea inquisitorial. Américo Castro ha insistido con mucha erudición y agudeza en la misma tesis –luego me ocuparé de ella al estudiar el legado de los hebreos a España. Y hoy no cabe dudar de que la inquisición fue una satánica invención hispano-hebraica; se debería a los conversos la idea misma de su establecimiento; el turbio denunciar de sospechosos tendría hundidas sus raíces en las repugnantes denuncias de los malsines judíos, y los españoles habrían redondeado la obra –añado yo- guiados por su agudo sentido jurídico. Parece tener Castro razón al señalar la estirpe hebraica del gran inquisidor Torquemada. La persecución de los judíos y de los judaizantes –es justo confesarlo- fue grata al pueblo. Vino a satisfacer sus viejas y sus nuevas sañas; su secular odio contra los hebreos que le habían explotado y humillado y su nuevo odio contra los cristianos nuevos que seguían explotándole y humillándole y que, dueños de muchos de los resortes de la máquina estatal, se mostraban, con él, mucho mas altaneros que sus antepasados los judíos de los siglos XI al XV. Pero no sé si puede achacarse a esa saña popular la responsabilidad del cruel desenlace de la historia hispano-judía.

Durante el medio siglo que precedió a la expulsión no se atenúan los ecos de la tradicional hostilidad de las masas contra los judíos y atruena el rumor de su nueva enemiga contra los conversos. Eran éstos quienes suscitaban sus cóleras sangrientas; y fueron las proyecciones del problema, insoluble, de la “herética pravedad” de los “marranos” las que crearon el clima propicio para el trágico final. ¡Triste suerte la de los modestos trabajadores de las juderías españolas! La minoría oligárquica de hebreos que había trepado por las escalas de la fortuna, había ganado para ellos el odio del pueblo: por su avaricia, su riqueza, su lujo, su orgullo y su poder. Esa minoría los había traicionado, se había hecho bautizar y los había combatido, a las veces con ásperas palabras y con no menos ásperos hechos. Y era ella, ahora, la que por su hipócrita doblez religiosa atraía el rayo sobre toda la nación. Porque fue en verdad la angustia encolerizada de la baja clerecía y de las gentes fanatizadas por ella, ante la falsía y las burlas de los conversos, la que empujó la triste historia de los judíos españoles hacia su terrible desenlance. La inquisición descubrió la hondura de la flaqueza judaizante de los marranos; unos veinte mil conversos se acogieron en Castilla al Edicto de Gracia de 1481 reconciliándose con la iglesia; de tres mil pasaron los que recibieron la penitencia del sambenito y cuatro mil fueron quemados.

Se centuplicó la fuerza de la idea que hacía pender la definitiva catequesis de los conversos de su total apartamiento de los hebreos fieles al credo mosaico. Y aquella propuesta de destierro que recibió ya Alfonso XI del futuro Maestre de Alcántara, Gonzalo Martín, y que apuntaron a Enrique II los procuradores de las cortes de 1371, lanzada ahora y sostenida con odio estrepitoso por el clero –tampoco tenemos derecho a asombrarnos de que no fueran tolerantes en el siglo XV los tan ingenuos como ignorantes clérigos hispanos- alcanzó a la postre el asentimiento de los reyes. Llegó así el terrible y espantoso desenlace final de la tragedia: el destierro. Ha sido siempre y sigue siendo brutal y cruel el desarraigo de un hombre o de una comunidad de hombres de su solar nativo. No son discutibles la crueldad y la brutalidad de la expulsión de los hebreos de España; como no lo son la barbarie y la monstruosidad de los otros forzados exilios de los judíos de Inglaterra y Francia en la Edad Media, y mas aún, dada la altura de los tiempos, las muchas persecuciones padecidas por los hebreos en diversos países en fechas mucho mas cercanas a nosotros, y en Alemania en nuestros mismos días. Pero tampoco es discutible el horror que inspira al hombre normal el final sangriento de toda tragedia real o fingida, y ese horror no basta a detener las leyes fatales del juego trágico, ni en la vida de los hombres, ni en las creaciones de su ingenio.

Así debemos enfrentar la bárbara, cruel, brutal y horrenda culminación del sombrío drama que había ido trazando el destino –hablo metafóricamente: no creo en el destino, sino en Dios- en torno a las relaciones de judíos y cristianos. Cualquiera que sea el horror que nos inspire debemos enfocarlo históricamente como inevitable. No había otra posibilidad de cortar el nudo trágico que había venido apretándose durante cuatro siglos. Era imposible la prolongación indefinida de aquella pugna feroz. Inglaterra y Francia no habían hallado otra solución a una fricción incomparablemente menos violenta; y durante el señorío de los Anjou, los napolitanos habían puesto un final no mas suave al mismo enfrentamiento. De no haberse decretado la expulsión se habría llegado a la matanza. La marea de la saña popular había alcanzado una fuerza incontenible. Los judíos podían comprar la tolerancia de los reyes, pero no podían apaciguar la furia del pueblo contra ellos. ¿No podían? Habrían podido, sí, pero dejando de ser ellos y los conversos como eran, y eso era... imposible. Los reyes resistieron el odio del pueblo y eran, y eso era... imposible. Los reyes resistieron el odio del pueblo y –digámoslo de nuevo- de algunos conversos vehementemente hostiles a sus hermanos de raza, mientras creyeron que la expulsión podía perjudicar los intereses de sus reinos. Cedieron cuando en su conciencia no hallaron un pretexto para enfrentar las oleadas de la saña popular.

Dije antes que las necesidades imperiosas de la reconquista habían determinado la exaltación de los judíos hispanos a la posición preeminente que ocuparon durante siglos. La reconquista los salvó también muchas veces. El temor de los reyes a que emigrasen a tierras de moros aquellos de sus súbditos que acumulaban rápidamente grandes riquezas, de las que podían ellos disponer, a su albedrío, cuando les viniera en gana, los movió con frecuencia a ceder a los deseos de los judíos. Recordemos que Fernando III expuso al Papa claramente su temor a que los hebreos volvieran a tierras islámicas, al solicitar de él la necesaria autorización para no imponerles los signos exteriores que se negaban a llevar. Fernando III cedió en verdad a un auténtico chantaje; los judíos de Castilla acababan de huir de las crueles persecuciones de los almohades y no habrían vuelto a meterse en la boca del lobo. Pero sus apremios financieros sugirieron al rey el temor de perder las posibilidades de explotación fiscal de las aljamas y ese temor le inclinó a contemporizar. Se engañó también, y se engañaron como él sus sucesores todos, al juzgar que la acumulación de riquezas por sus súbditos hebreos facilitaba sus empresas reconquistadoras o les ayudaba a salir del pantano de la guerra civil en que muchas veces se hallaron hundidos. Se engañaron porque esa acumulación de riquezas se hacía a costa de la riqueza nacional.
Queda dicho y probado que los judíos no creaban riqueza, la secaban. No aventuraban sus caudales sino en préstamos fiscales o usurarios o en el comercio al menudeo. No crearon ninguna industria, no financiaron la formación de una marina nacional, ni siquiera se arriesgaron de ordinario en el comercio marítimo, siempre expuesto a imprevisibles pérdidas. Hacían sus fortunas como usureros, como revendedores o como publicanos. Y los reyes al favorecerlos, por temor a que se trasladaran a tierras de moros, en verdad ayudaban a esquilmar el potencial de riqueza de sus reinos, haciendo difícil su indispensable industrialización y el alto vuelo de sus empresas mercantiles. Y lo que no era menos grave, al contribuir a monopolizar en manos de judíos el negocio del dinero, le estigmatizaron como pecado nefando, indigno de cristianos, y apartaron a sus súbditos de las prácticas bancarias, creando en ellos un complejo difícil de vencer; la mejor prueba de tal realidad estriba en que fuera de España, en Nantes, por ejemplo, donde no podían ser avergonzados por consagrarse a torpes negocios judaicos, los castellanos, según Mathorez, se dedicaron al cambio y a la banca después de expulsados los judíos de Bretaña. Y los reyes, al presentar las turbias empresas usurarias y fiscales como caminos seguros de fácil y rápido enriquecimiento, ofrecieron a los peninsulares menos escrupulosos y de mayor audacia modelos poco dignos de ser seguidos y los apartaron de las mejores rutas para el desarrollo de la vida económica nacional.

Entre esas desviaciones figuró la plaga que para esta supuso la devoción de los españoles por los llamados “censos al quitar” de que luego hablaré. Creo por todo ello –y no he de callar mi opinión aun a riesgo de escandalizar a muchos y de incurrir en la excomunión mayor de otros- que la expulsión de los judíos hispanos fue tardía. Realizada un siglo y medio antes de 1492, habría cambiado la psiquis de los españoles y la faz económica de España. El giro decisivo de la historia de Inglaterra coincidió con la expulsión de los hebreos: forzó a los ingleses a reemplazarlos en sus empresas económicas y, al liberarse de su terrible ventosa, favoreció el libre y creciente despliegue de su riqueza industrial y mercantil. Y no lo digo yo, lo afirma Trevelyan. De no haber sido expulsados de la Península cuando lo fueron al sur y al norte del Canal de la Mancha, habrían, además vuelto a España cuando lo hubieran deseado, porque no se habrían suscitado contra ellos los tremendos rencores de los últimos tiempos de su vida entre nosotros.

Sí; la inevitable expulsión de los judíos fue tardía, pero en verdad no pudo realizarse antes. Porque sólo entonces, unidas Aragón y Castilla, desapareció el peligro de que los expulsados de uno de los dos reinos huyeran al otro y acrecentaran su población y su potencial tributario. Porque sólo entonces, con la terminación de la reconquista, dejaron los reyes de temer que su ida a tierra de moros fortificara la fuerza económica y por ende la resistencia de sus enemigos. Y porque solo entonces llegó al trono una reina educada entre el pueblo, en medio de los labriegos de la tierra de Arévalo, y por el pueblo ayudada con fervor para asegurar su realeza vacilante, no solo participaba de la exaltada e ingenua sensibilidad religiosa de las masas y de los sentimientos populares, sino que se sentía obligada a defenderlos. Nunca los hubiera expulsado motu propio don Fernando el católico, nieto de judíos por su madre doña Juana Enríquez, como Castro ha recordado, y heredero de la política tradicional de la doble serie de monarcas de Aragón y de Castilla, a la par favorecedores y explotadores de los hebreos. Como sus antecesores, utilizó a los judíos en calidad de agentes fiscales y de agentes diplomáticos oficiosos, obtuvo de ellos cuantiosas sumas para la guerra de Granada y los protegió contra los desafueros de sus súbditos cristianos. En 1481 se dirigió con acritud al prior de la Seo de Zaragoza por su violento proceder contra quienes calificó de “cofres nuestros e de nuestro patrimonio”: contra los judíos.

Fue Isabel, que encarnaba y servía el sentir de las masas, la que primero decidió el establecimiento de la inquisición contra los falsos conversos y luego movió al rey a aceptar la idea de la expulsión de los judíos. Éstos lo sabían muy bien y sobre ella descargaron sus odios los cronistas y los escritores hebreos, tanto lo que permanecieron firmes en su fe como los que apostataron. Abraham ben Salomón escribe, por ejemplo:”Se encendió la ira de Dios contra su pueblo y lo expulsó de las ciudades de Castilla por medio del rey don Hernando y el consejo de su maldita mujer, la perversa Isabel”. La expulsión fue bárbara y cruel y, por lo tardía, inoperante. Coincidió con la mas insospechada coyuntura histórica que jamás se ha presentado a un pueblo; y ese sincronismo lastró terriblemente el despliegue del potencial psíquico y económico de España en el instante decisivo de su historia.

Allí donde emigraron los judíos y los “marranos”, unos y otros fueron, naturalmente, terribles enemigos del pueblo que los había odiado. El día que se examinen al por menor los daños que en todas las actividades a su alcance –desde el espionaje a la financiación de empresas militares- hicieron a España en momentos dramáticos y decisivos de su historia moderna, y se registre su persistencia en la violenta hostilidad hacia lo hispánico a través de los siglos –algo sabemos ya sobre tales daños y sobre tal hostilidad, pero es tema que merece un libro-, se comprenderá con qué razón he hablado de cuentas saldadas. Nuestras persecuciones a los hebreos y sus hijos los conversos de una parte y, de otra, su explotación por ellos del pueblo español durante el medioevo, su sombrío legado a España al salir de ella y sus sañas después de su expulsión, equilibran la balanza.