miércoles, 4 de abril de 2012

Unos fantasmas muy pesados


Existe una clase de fantasmas muy molestos aficionados a fastidiar a los vivos en sus hogares. Tienen en común la capacidad de provocar pesadillas, en ocasiones se dejan ver en la vigilia del sueño aferrados al pecho de la víctima. Todos alguna vez hemos visto alguna figura extraña en el transcurso de una pesadilla (aunque normalmente se olvida) y una sensación de ralentización y pesar. Aunque estos fantasmas tienen nombres diversos, básicamente son el mismo ser en muchísimos países europeos y adivino que en otros continentes. Sería imposible describirlos a todos, así que nos centraremos en los más conocidos, dando preferencia a los españoles.



Debido a que les complace bastante aparecerse, entran en la familia de los fantasmas, aparte que los textos históricos los llaman así también. La llamada fantasma era una aparición femenina que saltaba y brincaba exageradamente, más adelante veremos la relación entre saltar y pesadilla. Parece que el aspecto sexual es importante para ellos, pues causar pesadillas les provoca a estos espíritus el mismo placer que el coíto. El íncubo (masculino) y el súcubo (femenino) es otro claro ejemplo de demonización por parte de la Iglesia de seres paganos aprovechando las trastadas que a veces cometen, comparándolo con otros seres de características similares será posible separar lo verdadero de lo "moralizante".  



Dice Isidoro (s.VII) del íncubo:



Los peludos (pilosi), en griego, se llaman panitas; y en latín, íncubos, o bien “inuos”, derivado de “inire”, del trato carnal que acá y allá mantienen con animales. Del mismo modo, los íncubos toman su nombre de “incumbere”, esto es, de fornicar. A menudo estos desalmados cohabitan también con mujeres, con quienes tienen relación carnal. A estos demonios los galos los llaman “dusios”, porque viven continuamente en esta inmundicia. A quien el vulgo da por lo común el nombre de íncubo, lo conocen como “Fauno higuero”. De él dice Horacio: “Fauno, amador de las ninfas que te huyen, acude benevolente a recorrer mis dominios y mis soleados campos.



El DRAE de 1734 define al íncubo:



Llaman los médicos un género de accidente, que da en sueños, con que se comprime y aprieta el corazón, soñando alguna cosa triste y melancólica, que regularmente llaman pesadilla.



El tardo: "Tardo" viene del latín tardus (entorpecer, impedir, obstaculizar), en el sentido de "carga que enlentece", y es esa precisamente la especialidad del tardo: allá donde se apoya deja sentir su enorme peso. Es de origen gallego, también conocido como "demo burlón" "o das botas" "papá xarriña" "o das arandelas", etc. El tardo suele tomar forma de numerosos animales: perro, carnero, caballo, oveja, cerdo, polluelos, raposa, etc. Otro rasgo que lo caracteriza es su tendencia a provocar pesadillas nocturnas, oprimiendo con su peso el pecho de las mujeres. Los tardos tienen las manos agujereadas, gustan de rondar especialmente por las cocinas, aunque a veces se les ve en caminos y molinos.



A veces se reviste de forma humana, corpórea o fantasmal; alta y delgada si toma figura femenina o como hombre pequeño, gordo con gorro y chancas de correas y como niño pequeño tiritando de frio (con intención de que las mujeres lo acurruquen). Suele ser usado como asustaniños en su forma de figura femenina o de hombre pequeño. Dentro de las casas es bastante revoltoso pues le encanta hacer ruido con las tazas, platos... pero a la mañana siguiente debe dejarlo todo como estaba. Como no puede recoger el agua caída, algunos aldeanos le dejaban tazas llenas de agua en la cocina para que se marchara. Otra de sus bromas favoritas es transformarse en tronco de árbol que el leñador al cargarlo va notando que el peso se incrementa hasta tener que dejarlo en el suelo. En otras ocasiones, según las leyendas, se transforma en rebaño de ovejas que come la hierba de noche, haciendo daños en las fincas de los campesinos.


Para conjurarlo solía dejarse en una mesa cercana a la cama un puñado de centeno, mijo, maíz o alpiste, con objeto de que se entretenga contando los granos, a lo que es muy aficionado. Como solo sabe contar hasta cien, al llegar a esta cifra se equivoca irremisiblemente, volviendo a contar de nuevo, estando toda la noche entretenido, por lo que dejará tranquilo a los durmientes. En algunos lugares aparece como un humanoide pequeño, peludo, lleno de dientes, de color verdoso y con penetrantes ojos redondos y negros.



El Diaño burlón: "Diaño" procede del latín damnum (daño) cuya raíz es da- (dividir) con sufijo dap-no (daño [dar a cambio]), incluye las palabras dañar, condenar, indemne, indemnizar. Es de notar que la raíz es la misma que la de "demonio". Tradicionalmente se cree que "diaño" viene de "diablo", pero esto se debe más a sus maldades demoniacas y parecido aparente de las palabras que a la realidad. "Diaño" es en Galicia eufemismo de demonio (demo), pues se creía que nombrar al maligno podía atraerlo o causar algún mal. El llamado "demo burlón" era conocido también como "tardo", debido a ello y sus parecidas costumbres podemos afirmar que diaño burlón es sinónimo de tardo.



Pesanta, pesadillo, pesurole, pesadiello: En ciertas zonas catalanas se la equipara a una bruja o una indefinida forma animalesca. Su hobby favorito es trastear de noche por la cocina para luego sentarse en el pecho del durmiente y causarle pesadillas. La propia palabra "pesadilla" viene de "pesar", pues antiguamente creían que estas entidades las provocaban. Una de sus formas favoritas que elige para aparecerse es la de perro negro. Para expulsarla se solía dejar mijo, centeno u otros granos para que se aburriera contándolos.



Manonas: En Castilla, Extremadura y Asturias existen mitos sobre un ser en forma de horrorosa mano que perturba todo en una casa, trastornando todos los aperos del ganado y útiles de labranza. En las Hurdes se presenta ante los durmientes como una mano fría que de noche recorre una a una las vértebras produciendo angustias y escalofríos. Cabe destacar que "mampesadilla" o "mampesada" es sinónimo según el DRAE de pesadilla. Se confunde con el pesadillo en muchos lugares, pues además a veces aparecía como perro negro.



El elfo y la mahr: En antiguo alemán, “elfo” (alp) designa la pesadilla, y actualmente ésta recibe el nombre de “presión del elfo” (Alpsdruck) o “sueño élfico” (Alptraum). De hecho, elfo y la entidad que los germanos denominaban mar, masculino y femenino en todos los idiomas germánicos, son distintos al principio. Detengámonos un instante en la forma en que se operó su vinculación. Para mayor comodidad, emplearemos el sustantivo Mahr, plural Mahren, que encontramos en la denominación francesa de la pesadilla: cauche-mar. En inglés, nightmare (literalmente "fantasma nocturno") es pesadilla,  añadámos que mare es también en inglés "yegua", la relación con "montar" o "cabalgar" queda clara. La raíz etimológica es mer- (borrar, dañar, agarrar).   



“Cauchemar” entra tardíamente en el léxico francés, a comienzos del siglo XVI, y se admite generalmente que está formado del medio neerlandés mare, al que se atribuye el sentido de “fantasma” y del determinante cauche-, para el que se consideran dos etimon: el latín calcare, “pisar, prensar”, o calceare, “calzar”. La forma cauche cabe suponer que viene del cruce del francés antiguo chaucher y del picardo cauquer. Antes del siglo XVI, los franceses llamaban a la pesadilla appesart, palabra emparentada con la italiana pesuarole, la española pesadilla y la portuguesa pesadela, derivadas todas de un verbo con el significado de “pesar”. En el caso de los dialectos italorromanos y galorromanos, R. Riegler ha mostrado que la pesadilla saca su nombre de verbos y sustantivos que expresan nociones de peso y opresión, así como la idea de saltar o montarse sobre alguien.



Así pues, en el mundo románico, el o la Mahr es una criatura que nos asalta y deja sentir su peso sobre nosotros; debido a ello, es etimológicamente un pariente cercano del ephialtes griego, literalmente “que salta encima”, y del incubus romano, es decir: “que se acuesta encima”. La noción de pisoteo, ajena al mundo románico y que encontramos en cauche, está tomada de las tradiciones germánicas. Allí, la pesadilla te pisa, tema más antiguo, y más tarde te cabalga. Señalemos de pasada que, en la literatura medio-latina, la pesadilla es llamada phantasma, término que dio “fantasma”, detalle que tiene su importancia. La primera huella de fusión entre los elfos y los Mahre se encuentra en el Laeceboc, redactado hacia 950-1000,  y en el que leemos, en la medida en que el texto permite la traducción:



Remedio contra todo hechizo pagano, contra la magia de los elfos (aelfsidenne), es decir, encantamiento para una especie de fiebre, y polvo, filtros y un ungüento; y si esta enfermedad ataca a los bovinos, si aflige a un hombre o si a éste lo cabalga y lo golpea una Mahr.



El pasaje es oscuro, pero vemos con todo que a la mahr la pone en el mismo saco que a los elfos y la entiende como resultado de un sortilegio. El segundo testimonio data también del siglo X y se debe al escaldo Thjodolf Hvinverski y lo recoge Snorri Sturluson en el Orbe del mundo:



Tras haber desposado a Drífa en Finlandia, el rey Vanlandi regresa a Upsala. Antes de partir, promete a su mujer que regresará en el plazo de tres años, pero pasan diez años sin que piense en cumplir su promesa. Drífa convoca a la maga (sejdkrona) Huld y le entrega una suma de dinero para que, con sus sortilegios, haga regresar a su esposo o lo mate. La magia de Huld provoca en Vanlandi un vivo deseo de volver a ver a su mujer, pero sus amigos y sus consejeros lo ponen en guardia: ese deseo se debe a los maleficios de los finlandeses, le dicen. Vanlandi es entonces presa de un sueño –reacción típica de un hombre al que ataca o visita un espíritu-; va a acostarse y se duerme. Despierta poco después gritando que la Mahr lo ha pisoteado. Cogen entonces la cabeza del rey, pero la Mahr se pone a aplastarle las piernas. Le cogen las piernas, pero la Mahr agarra la cabeza de Vanlandi y lo mata.



La maga se llama Huld; pues bien, en las leyendas nórdicas, los espíritus subterráneos, enanos y elfos, son denominados “gente de Huld” (Huldfolk); así pues, podemos admitir que, o bien la Mahr es un ser élfico que obedece a Huld, o bien se trata de un muerto que la maga utiliza como un zombi. En efecto, la etimología ha revelado que el germánico mar- se remonta a una raíz indoeuropea mer- que abarca las nociones de óbito. En el siglo XIV, el fabliau alemán Irregang y Girregar, de Rüdiger de Munre, muestra que se confunden Mahr y elfos:



Dos estudiantes hacen noche en casa de un campesino. Uno de ellos se acuesta con la hija de su anfitrión, se une sexualmente a ella y luego quiere volver a su cama; se equivoca en la oscuridad y se acuesta junto al padre de la joven. Creyendo que se trata de su compañero, le narra su buena fortuna. El anfitrión se enfada, lo golpea y lo saca de la cama. Ante el ruido, su esposa se despierta y, al oír el relato que le hace, le dice a su marido: “¡No pierdas la cabeza, y ten sangre fría! Te ha cabalgado la Mahr, una cosa élfica. Tienes que alejar a esa criatura maligna con la señal de la cruz.



Por aquel entonces, pues, la Mahr forma parte de la familia de los espíritus que los hombres llaman “elfos”, lo que confirma un hechizo de comienzos del siglo XV: “¡Madre de elfo, Trute y Mahr, marchaos por el tejado!”. Trute es sinónimo de Mahr, pero se utiliza en la Alemania meridional y en la Italia del norte. Así pues, vemos que el vocablo “elfo” se ha convertido en nombre colectivo, en término genérico que engloba a todos los espíritus nocturnos y nocivos. Se opone ahora a “enano”, también término colectivo, que designa a las demás pequeñas criaturas de las creencias populares, esta vez benéficas. Entre –digamos- el siglo IX y el XIII, hubo inversión de caracteres: la buena criatura, aquella a la que se dirigían ritos propiciatorios, se ha convertido en maligna, mientras que el ser maléfico se ha transformado en una persona simpática y bondadosa, la que a menudo nos presentan los cuentos y leyendas. ¿Cómo se operó la fusión del elfo y la Mahr?



Se vio favorecida por dos conjuntos de elementos. En primer lugar, la proximidad de esos dos seres con la muerte, el elfo, entre otras cosas, a través de la fiesta de Jól, celebración de los ritos de fecundidad y de conmemoración de los difuntos, muertos más o menos confundidos con nuestras criaturas, puesto que aquella fiesta se llama también “sacrificio a los elfos” (álfablót). Y en segundo lugar, por la noción de magia, de sortilegio, de ilusión: los elfos están considerados un poco brujos, y la Mahr parece entenderse como una personificación de sus maleficios. Pero la Mahr, al principio, era un muerto maligno, y para que podamos convencernos de ello, he aquí una anécdota del siglo XII, que sacamos de la Historia rerum Anglicarum de Guillermo de Newbury:



Tras su deceso, un hombre, gracias a diligentes esfuerzos de su esposa y sus allegados, es enterrado según la costumbre –detalle que tiene su importancia, pues muestra que el difunto no tiene ningún motivo para regresar-. A la noche siguiente a la inhumación, el muerto entra en la habitación de su esposa, la despierta y la aplasta con su peso, que ella apenas puede soportar.



Este difunto se conduce estrictamente como una pesadilla, lo que confirma muy exactamente las revelaciones de la etimología según las cuales la Mahr era ante todo un muerto. Por extraordinaria coincidencia cuyo secreto tienen las tradiciones populares, la confusión entre elfo, el enano y la Mahr dejó huellas duraderas hasta una época reciente. En un notable estudio titulado De Lutins en cauchemars, Christian Abry y Charles Joinsten recogieron un dossier asombroso. Trantando de penetrar el secreto del chaufaton, nombre de un lutin doméstico documentado en las creencias del alto valle de Aulps (Haute-Savoie), estos dos estudiosos recogieron textos y testimonios de los que se desprende que este personaje tiene relaciones estrecha con los animales domésticos y las producciones agropastorales, o sea, con la tercera función. Es servicial, pero también travieso y susceptible, experimenta una profunda aversión por los objetos cortantes, cosa que sin duda es una forma de expresar una idea muy antigua, a saber, que el hierro les resulta insoportable a los espíritus.



Como todo buen lutin románico, trenza las crines de los caballos, se burla del hombre, reside en el henil, el granero del heno, donde se lo oye reír. También es un espíritu pisoteador, que pisotea a los hombres y mujeres acostados en el heno, a un posadero, a niños... A veces, se conduce como una Mahr:



Otras veces, cuando estaban dos o tres acostados sobre el heno, iba el chaufaton y los oprimía y paralizaba con un peso muy fuerte, como si tuviesen una piedra encima, unos tras otros.



Abry y Joisten destacan dos grandes ejes funcionales de los lutins: su domesticidad y su carácter de íncubo, es decir, de pesadilla, de pisoteador. Y se preguntan: “Cabe preguntarse si el papel de la pesadilla no lo desempeñan siempre “ocasionales”. En el siglo XIX y XX, sí, esa es realmente la impresión que se desprende de los textos, pero en la Edad Media la cuestión no se plantea: existe, como mínimo en los países germánicos, la Mahr; más tarde ésta convive con el elfo (alp) hasta que éste la elimina. Creemos que las tradiciones populares conservan el recuerdo de tiempos antiguos: y es que nos parece muy significativo que sea precisamente un genio doméstico, el chaufaton, el que pueda desempeñar el papel de la pesadilla, pues esos genios suelen ser forma que toma el buen ancestro difunto, y su culto se confunde con el de los muertos bondadosos y tutelares. Ahora bien, la Mahr es un muerto maligno. A partir del momento en que cae en desuso el culto a los ancestros, en que ya no se sabe que esa Mahr que lo pisotea a uno es un difunto, es decir, a partir del momento en que se confunde la Mahr con genios, espíritus y enanos, la imagen que, con el nombre que sea, sobrevive en el folklore es sincrética, es una imagen nacida de la fusión de datos dispares, incluso contradictorios, pero de una notable homogeneidad en el plano funcional.



Esos son los grandes rasgos de la decadencia de los elfos, interpretados ad malam partem y confundidos con los enanos propiamente dichos y los Mahren. La palabra elfo se convierte en el nombre de la familia de las criaturas temidas, y el adjetivo que los alemanes sacan de ella (elbisch) sirve hoy para designar a los seres fantásticos que aparecen en las literaturas medievales y, ya más cerca de nosotros, en cuentos y leyendas. “Elfo” connota las nociones de lo maravilloso y sobrenatural inquietantes. Lo mismo ocurre en Inglaterra, donde elf-struck, literalmente “golpeado por el elfo”, significa “embrujado, encantado”. Sin embargo, en Islandia todavía llaman a veces a los elfos luiflingar, es decir: “amigos queridos”... Ni siquiera la morfología de los elfos ha quedado intacta. En Dinamarca, se parecen a los viejos, y en las islas Feroe son personajes de gran estatura (¡), de pelo negro y vestidos de gris.