sábado, 9 de junio de 2012

Artificios del mago III: Fascinación


"Fascinar" es palabra de origen etimológico incierto, sin embargo lo más probable es que su raíz sea dhe- (poner, arreglar), del latín facio "hacer" con derivación facies "haz", "cara", "aspecto". Es pues, una expresión o gesto que se pone con el rostro para provocar algún efecto en la víctima. Comparte raíz etimológica con "hechizo", con lo que podemos afirmar que se trata de hechicería, además "fascinar" es sinónimo de "enhechizar"; y aojado o fascinado es lo mismo que enhechizado. Todos sabemos bien el alto grado de fascinación (engañar, alucinar, ofuscar) que puede provocar un rostro horrible o atractivo. Nadie desconoce como la culebra, al mirar con fijeza al sapo, lo atrae hacia ella hasta venirle a la boca; y se cree también que el gavilán, al divisar un pájaro desde cierta distancia, lo paraliza hasta el momento que se arroja sobre él. Es lo que se conoce como mirada hipnótica o hipnosis.



El órgano de la faz con mayor capacidad de fascinación es el ojo, tanto es que "fascinador" ha sido históricamente sinónimo de "aojador". El mal de ojo es conocido desde la Prehistoria en toda la cuenca Mediterránea, y según algunos estudios en más de medio planeta. Los métodos tradicionales para combatirlo más frecuentes son los amuletos con forma de falo (llamados fascinum) u otros colgantes fabricados con azabache (collares, pendientes, esculturas, etc.). Se dice que los antiguos árabes se hacían nudos en la barba para conjurar el mal de ojo. Hay innumerables modos supersticiosos para combatirlo. Eran las hechiceras o desaojadoras las especialistas en quitarlo, aunque también lo eliminaban los curas y algunas brujas. Quizá debido al carácter envidioso del español, el mal de ojo fue en la Península tan frecuente como dañino.



Había dos formas de aojamientos: Uno por curso natural (bacterías o virus) y la otra es por hechicerías de maleficios diabólicos. No se trata de mal de ojo si se sospecha que “aquel doliente ha sido maleficiado por maliciosas hechicerías de nigrománticos o de bruxas, o de otras malditas personas”. "Aojar" es también conocido como "atravesar", "enhechizar" o "fascinar". Suele culparse a las brujas y meigas sobre este "arte", aunque en el occidente europeo hubo un tipo de hechicera especializada en aojar: la fascinaria. Hay un estrecho vínculo entre la envidia y el mal de ojo, de hecho como su etimología indica la envidia (videre) entra por los ojos.



1-La enfermedad producida por “aojo” se puede presentar de distintas formas, manifestándose, en general, como afecciones que interesan al aparato digestivo y a la cabeza. Los trastornos se caracterizan por síntomas de inapetencia, desgana, decaimiento, ojos caídos, dolor de cabeza en sus múltiples facetas, etc. Cuando un individuo ha sido víctima del mal de ojo, lo que le sucede es que “se le para la comida en el estómago”; esto de denomina “empacho” o “asiento”. No obstante, dicho trastorno puede ser debido a causa distinta del “mal de ojo”.



Entre los efectos perniciosos más comunes que provoca el mal de ojo en las personas se encuentran los traspiés, piojos, enfermedad, no comer, quedarse parado, impedir viajar, manchas en brazos y pecho, delgadez extrema y volverse medio loco. Según un estudio de Carmelo Lisón Tolosana en Galicia, entre los animales domésticos los efectos son los siguientes:



No dan leche (en su lugar sangre) 35%

Enferman 21%

Se paran, se sueltan, vuelcan el carro 14%

No andan 12%

Cornean, dan patadas 7%

No aran 5%

Abortan 4%

No comen 2%



2-Respecto a quienes pueden ser víctimas del mal, el criterio es unánime: se trata de niños, animales y personas adultas, siguiendo este orden en cuanto a frecuencia de casos. El objeto de la envidia o aojo suelen ser las mejores vacas o las que más leche dan, el niño más guapo, el cerdo más cebado, la persona afortunada, en definitiva todo aquello digno de envidia. Abajo tenemos unas estadísticas sobre las víctimas del aojamiento en Galicia:



Animales domésticos (principalmente vacas) 72%

Personas (sobre todo niños) 24%

Objetos (se dañan o estropean) 4%



3-La facultad de echar mal de ojo la posee cualquier persona, si bien, algunas tienen mas fuerza que otras para “esa gracia”. En general, se trata de un acto involuntario, es decir que no existe intencionalidad en el que provoca la enfermedad, aunque también se dan casos en los cuales existe voluntad de hacer daño. En definitiva, se puede concluir que existen tres tipos de aojadores que pueden agruparse en dos categorías: aojadores involuntarios desconocidos, aojadores involuntarios conocidos y aojadores voluntarios desconocidos (en el caso de existir aojadores voluntarios conocidos, se les habría expulsado de la comunidad, castigado u obligado de cualquier forma a no repetir dichos actos, por tanto no se considera esta opción). Algunas personas instaban a los aojadores involuntarios conocidos para que mirasen hacia abajo o se taparan el "ojo maligno" con una venda para evitar desgracias, incluso en algunas localidades gallegas se les ha obligado a llevar gafas oscuras en pleno siglo XX.



El carácter de los que provocan el mal de ojo de forma voluntaria se identifican con: malas personas, envidiosos, avaros, hipócritas, entrometidos, chismosos, rencorosos, coléricos, pendencieros, personas con mala suerte personal, carácter fuerte, poco cívicos y maleducados. Es alta la estadística entre ancianos, pobres, extranjeros, solitarios y marginados. Es de destacar que son mayoritariamente mujeres las causantes del aojo. El aojador suele tener una mirada brava que provoca un desconcierto en la víctima. A decir de algunos testigos y textos históricos, si el que ha sido objeto de un aojamiento por parte de una meiga es consciente de ello y trata de amenazarla o gopearla, el aojamiento desaparece al instante. Como puede comprobarse el aojo voluntario es provocado por los que carecen de bienes o fortuna y marginados de la sociedad (como las meigas), aquellos que tienen motivos reales para envidar al prójimo y a sus posesiones. A menudo el aojamiento viene precedido de un insulto o maltrato verbal al aojador.